Recibe en su departamento en el último piso de un edificio en Providencia, un lugar de cielos amplios y curvos donde reinan el arte y el diseño, obra de este actor y, sobre todo, de su mujer, la decoradora Teresa Aguadé, una de las dueñas de Sur Diseño. De las paredes cuelgan trabajos de Mario Carreño, Nemesio Antúnez, Gracia Barrios y, en especial, de Roser Bru —su suegra—, cuadros que muestra orgulloso mientras nos guía por el tour de rigor.

Anda de excelente ánimo a pesar de que no hace mucho sufrió un preinfarto que encendió la luz de alerta para un hombre que –admite— se jura inmortal. “Está Superman y yo”, advierte con esa personalidad desbordante y una voz ronca que resuena en cada rincón de su estiloso penthouse. Está preparando una obra donde actúa de mujer junto a Sergio Hernández y arrasa con un video sobre sex shop en internet.

Hijo de padre alemán-danés y madre italiana, sobre su pasado cuenta: “Mi nonno era dueño de la arrocera Tucapel, pero por razones que no vienen al caso, la vendió… y yo fui pobre”.

Hijo de padre alemán-danés y madre italiana, sobre su pasado cuenta: “Mi nonno era dueño de la arrocera Tucapel, pero por razones que no vienen al caso, la vendió… y yo fui pobre. Sin embargo, mis papás nunca cuestionaron que fuera actor, a lo más me miraron un poco raro”. Así, a los 16 años partió en este oficio nada menos que en un radioteatro con el rol de Tarzán.

“Para el casting tiritaba entero —recuerda—. Luego estudié en la Católica y ya al primer semestre ganaba plata”. Al poco tiempo vendría su gran salto, cuando con Jaime Celedón se integró al Ictus. Fueron tiempos de gloria junto a figuras como el escritor José Donoso, los actores Nissim Sharim, Andrés Rillón, Gloria Münchmeyer y Delfina Guzmán. A esas alturas Jung ya había dejado su perfil tímido y asomaba como todo un conquistador. “Me fabriqué un personaje que me ha acompañado de por vida, uno bajo el cual me escudo, uno vociferante que cada vez vocifera menos…”.

Con esa figura en pleno esplendor Jung se forjó la fama de gran seductor. Una fama que de vez en cuando emerge. “Al principio con las mujeres me iba ‘mahometano’. Todavía no creaba a este personaje, ¿aunque tú sabes lo que es tener una actitud permanente, mañana y noche, de seductor?”.

—Lo importante es si le daba resultados…
—Era un perro que ladraba, pero no mordía. Aunque según José Donoso, yo siempre andaba con mujeres estupendas.

—Entonces le iba bien.
—En esos años sí, pero cuando uno empieza a ser el ‘tío’ la cosa ya no resulta.

—¿Qué locuras hizo por amor?
—Muchas no las pienso contar… sería incómodo. Pero eran locuras y amores con mujeres que nada tenían que ver conmigo y con mi forma de pensar. Era como si hoy le declarara mi amor a Ena von Baer.

—No irá a decir que le gusta.
—Me parece atractiva, aunque la encuentro un poco desubicada. Además, tiene su lado alemán y eso me encanta.

—¿Le pasan cosas con las alemanas?
—No sé. Me imagino que deben ser muy ardientes, no sé por qué. Me gusta la Evelyn Matthei también.

—¿Hasta cuando se sale de madre?
—Eso me excita, se me ponen los pelos de punta.

—Entonces le atraen las mujeres con carácter.
—Sí, las castigadoras. Las que pegan el grito. Mi mujer es así.

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—¿Lo mandonea?
—No, aunque a veces uno se aguacha. He cambiado, aunque me carga que por mi carácter me traten de díscolo o conflictivo. No acepto que por el hecho de discrepar me convierta en un anatema. La diversidad debe darse en todo, no tan sólo en lo sexual. Por ejemplo, yo tengo amigos pinochetistas y me encanta que piensen distinto a mí.

—Ya, pero estábamos en las mujeres, ¿cuál ha sido su mayor pecado con ellas?
—Cada vez que la he cagado en una relación he salido igual de herido que ellas… He sufrido mucho por amor, de partida siempre me he creído inmortal, que me quedan 100 años por delante. Miro para atrás y recuerdo cómo la cagué, por qué apreté cueva y no asumí…

—¿Abandonaba la escena por cobardía?
—Sí. Buscaba reafirmar mi virilidad, aunque nunca me metí con mujeres menores que yo. Trataba de justificar mis aventurillas, luego me fui aquietando, aunque no creo que la sexualidad se aquiete: el placer puede ser mayor con los años.

“Hace poco tuve un infarto… y no fue por Viagra, sino por huevón, por creerme inmortal… —reconoce—. En 48 horas viajé a Iquique, hice cuatro funciones y volví. Allá empecé a sentirme raro, aunque el ataque me dio al volver a casa; pensé que era gastritis… Estaba en la casa de mi suegra, mi mujer le iba a celebrar su cumpleaños y de ahí tuvimos que partir de urgencia a la clínica. Mi mujer es catalana y alharaca, les dijo ¡Julio Jung se está muriendo!”.

—Hasta ahí le llegó el Superman.
—No te creas. Mírame, aquí estoy. En la clínica estaba consciente, en camilla, y me tocó un médico italiano divertidísimo, notable; él me contaba chistes y yo le contaba otro, y así nos íbamos. Para meterme un catéter, me dijo: ‘mira, hay dos formas de hacer esto, por acá o por allá…’. Lo que pasó es que se me tapó una arteria, pero las demás están bien y ni siquiera tengo colesterol. Tan sólo te digo que entré ‘reguleque’ a la clínica y salí la raja, justo antes de mi cumpleaños. A la semana ya estaba trabajando, viajando y haciendo funciones como si nada.

—O sea que no se saca la capa.
—Todavía no me doy cuenta de que me puede pasar algo. Eso sí hace unos días me tomé la presión…; parece que estoy poniéndome hipocondriaco.

—¿Cómo acepta la vejez?
—No ando haciéndome el jovencito, asumo que tengo que hacer personajes de acuerdo a mi edad y no uno que no tenga que ver conmigo. En todo caso no tengo achaques, salvo una tendinitis.

—¿A qué le teme?
—A las enfermedades de los huesos, al Alzheimer.

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—Dicen que su mujer lo cuida harto…
—Ella ha tenido una paciencia tremenda conmigo. María Elena (Duvauchelle), la madre de mi hijo, también tuvo una paciencia de santa. Con la Tessa llevamos 13 años.

—¿Cómo se conocieron?
—Quería emprender el vuelo de una relación, por lo que me fui a un departamento y empecé a amoblarlo. Partí al Drugstore en Providencia a comprar algunas cosas para decorarlo y entonces vi a la Tessa en una tienda, aleonada, pelucona. Me gustó altiro. Comencé a ir todos los días. Debo haberle comprado como 52 ceniceros, puros pretextos para verla. Un día le pregunto ‘¿qué otra cosa puedo llevar?’. Y ella me respondió: ‘Mejor invítame a conocer tu departamento y no me preguntes más huevadas’.

Yo venía con mi historia, ella también traía las suyas, aunque para mi fortuna todos sus ex estaban muertos… Era viuda, así que tenía toda la cancha para mí, sin ninguno que me hiciera competencia.

—Y cómo es su relación con su hijo, Julio.
—Es una chochera tremenda. Lo llamo como tres veces al día, le pido el auto. Es muy buena persona, pero no es seductor como yo, sino que un encantador, completamente natural; no anda con un personaje por la vida y conquista tal como él es. Y como es guapo llega altiro con las mujeres. También me encanta de Julio el que de alguna forma no ha crecido, todavía tiene cosas de niño, como la forma en que se aproxima a ellas, con tanto ímpetu. Es muy choro, transparente, cae bien parado donde va.

—¿Cómo se lleva hoy con su ex, María Elena Duvauchelle, la mamá de Julio?
—Excelente, mi mujer la adora. Veranean juntas y la Tessa hasta le dice ‘¡te lo devuelvo envuelto en celofán!’. Nos vamos los tres a Caburga por 15 días y lo pasamos chancho, es un lugar bien apartado al que llegamos en lancha. Imagínate esos veraneos los tres.

—¿Desde que se separaron se llevan así de bien?
—No, al principio no era muy buena la relación. Es que para ella fue muy penca. No tengo sentimientos culposos, aunque fui yo el que la cagué, por una calentura… Imagínate, 18 años de matrimonio, Julio tenía como cinco años.

Soy muy creyente, socialista, católico, apostólico y romano. Quiero desesperadamente creer que hay algo más después de esto.

—¿Qué pasó con la muerte, todavía le teme?
—Soy muy creyente, socialista, católico, apostólico y romano. Quiero desesperadamente creer que hay algo más después de esto. Me aterra pensar que ya no podré mirar más el sol, caminar ni poder leer nunca más un libro. No poder hacer tantas cosas que he hecho en mi vida me produce espanto. El hecho de estar en la nada me perturba. Para qué cresta aprendí tanto, si todo puede terminar en nada.