Los cuentos infantiles nos enseñaron que hay caballeros y princesas, dragones y castillos. Las clases de historia nos educaron sobre la existencia de monarcas, territorios y guerras de sucesión. Disney nos alertó sobre brujas y venenos. El tópico de la Edad Media forma parte de nuestra educación como una fuente de arquetipos en donde hierven y se funden ciertos valores con ciertas imágenes: la valentía con el género, la honra con la violencia, la reproducción con el poder. Una primera lectura de Juego de tronos podría apelar al uso que hace la serie de ese entramado inconsciente que nuestra cultura nos hereda, aun a quienes no formamos parte, al menos en términos geográficos, de aquel espacio político medieval europeo. El relato espeso y pausado de Juego de tronos tan diferente al vértigo usual de la televisión, evoca justamente las pesadas historias de caballería y la literatura de fantasía recreada en un decorado medieval ficticio emparentado con las novelas de Tolkien y series de televisión como Los Tudor. Sólo que aquí —a diferencia de Los Tudor que en ocasiones recuerda a Dinastía en Epcot Center— la dirección de arte se impone de manera apabullante en líneas narrativas paralelas y complejas. Nunca nada parece estar más iluminado de lo que se supondría debería iluminar un par de velas o un fogón en medio de una noche de invierno. Rara vez alguien luce más limpio de lo que debería estarlo una persona que no conoce el hábito de la ducha diaria, ni semanal, ni mensual. En Juego de tronos incluso las invenciones de la modernidad más abstractas, como la familia nuclear, han sido desterradas por el bien de una historia en un mundo inventado. Un mundo en donde hay princesas que crían dragones como mascotas y hermanos mellizos que mantienen relaciones incestuosas.

Cada una de las cuatro temporadas de la serie —basada en la novela de fantasía Canción de hielo y fuego— ha tenido personajes protagónicos diferentes y énfasis distintos en una cartografía de venganzas, traiciones y ambiciones complejas en donde la actividad sexual parece estar permanentemente relacionada con alguna trama sucesoria y algún programa de poder futuro.

El éxito de Juego de tronos es una rareza que viene a replantear, una vez más, la preeminencia del cine sobre la televisión en la ficción audiovisual. La complejidad genealógica desafía las leyes esquemáticas con las que se suelen trabajar los guiones para TV; el ritmo pausado rompe con la velocidad que se les trata de imprimir a las tramas para no perder audiencia; la ambigüedad moral relativiza nuevamente el contraste puritano usual en las producciones de hace dos décadas.

Es también la serie en la que nos podemos jactar de al menos dos representaciones chilenas indirectas. La primera fue Oona Chaplin, hija de Geraldine Chaplin y el chileno Patricio Castilla, quien fue Talisa Maegyr en la segunda temporada. En tanto en la cuarta Pedro Pascal, hijo de exiliados santiaguinos, interpreta al irónico Oberyn Martell, apodado ‘La víbora roja’, una suerte de príncipe ambiguo y sutilmente feroz que desembarcó en la serie para buscar lo que todos siempre encuentran: venganza.