Una de las muchas curiosidades de la televisión chilena es que el programa Informe especial, pionero del periodismo televisivo, surgiera en dictadura. Justo en el momento más rudo para hacer periodismo y desde un canal controlado por el gobierno, apareció el espacio que le dio dignidad al oficio de informar sobre lo que ocurre allá afuera con un grado de profundidad muy superior al del boletín de noticiero y con la aspiración de hacer de lo complejo algo accesible. Por razones obvias durante sus primeras temporadas éste debió eludir cualquier tema que rozara la realidad política chilena y, más directamente, la represión. Incluso en pleno gobierno de Patricio Aylwin el equipo enfrentó los ecos de la dictadura cuando fue censurado el capítulo en el que se entrevistaba al ex agente de la Dina Michael Townley. Pese a todo, el programa mantuvo su dignidad. Informe especial consiguió trazar una línea y una tradición a contrapelo de los rigores de una democracia imperfecta.

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La celebración de los 30 años de Informe especial son en parte la de una manera de hacer periodismo en la televisión pública, y en parte la consolidación de un estilo que creó algo parecido a una estética propia cuya máxima cumbre han sido las notas sobre ‘submundo’, una noción que popularizó Santiago Pavlovic, algo así como un icono del espacio. Pero la antigüedad constituye rango, no inmunidad. La actual temporada del programa en lugar de reafirmar sus fortalezas y renovar la mirada aparece como la expresión de una suerte de fatiga de material. No ha estado a la altura y más bien hay signos de debilidad en muchos flancos. La nota sobre el conflicto en Ucrania resultaba confusa: ¿Cuál era el foco de la historia que contaban? ¿La del chileno residente o las dificultades del reportero para entrar en la zona más conflictiva? Lo que apareció en pantalla era un patchwork visual que cojeaba en producción. Otro tanto ocurrió con el reportaje sobre la explotación sexual de niñas en Brasil. El contrapunto con el Mundial de Fútbol la transformaba en una nota añeja. No había narrativa, ni ritmo y la musicalización enturbiaba la pieza audiovisual. El uso de un chileno residente en el extranjero como guía no es necesariamente un aporte en pantalla. Sus impresiones pueden ser reales pero ¿son información o sólo percepciones parciales? El resultado fue un barniz sobre la pobreza y el desamparo, pero sólo eso: apenas un sobrevuelo.

Quizás el mejor capítulo de esta temporada fue el dedicado a los 33 mineros rescatados. Ese tema estaba nítidamente planteado en su objetivo —su penosa vida luego del rescate— y transformaba el reportaje acucioso en un relato a la vez sobrio y contundente en una realización bien resuelta en imagen y edición.

Informe especial es una institución, con profesionales de trayectoria, pero necesita replantearse el horizonte, fortalecer sus relatos, producción y ajustar la mirada.

 

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