En ocasiones el protagonista de la exitosa serie House of Cards rompe las convenciones de la ficción y se dirige al espectador directamente, como en un discreto homenaje a la serie Luz de Luna, que usaba hace treinta años el mismo recurso. Cuando esto sucede, Kevin Spacey, el actor que encarna a Frank Underwood, suele decir frases que transforman el vertedero ético que cultiva como político de alto vuelo y escasos escrúpulos en una gesta épica a la que se aplica con esmero. Son pequeñas lecciones del maestro al principiante. En uno de los trece capítulos de esta segunda temporada de la serie, Underwood le advierte al espectador: “El camino del poder está pavimentado de hipocresía y víctimas, pero nunca de arrepentimiento”.

House of Cards es la serie de la trastienda del poder de una época desengañada de las gestas políticas y acostumbrada a las filtraciones de todo tipo de podredumbre. En la era de wikileaks, la turbiedad de las conductas políticas nos parece un hecho de la causa. Más todavía en el pináculo del imperio americano, el coto de caza de Frank, en donde los votos son la materia prima de una industria de zancadillas, traiciones y crímenes. En la segunda temporada de la serie, Underwood ya logró instalarse como vicepresidente de Estados Unidos. Pero no está satisfecho. Tampoco lo está Claire, su mujer, con quien conforma uno de los matrimonios más sólidos de la historia de la televisión, ambos son una suerte de Bonnie and Clyde aburguesados que calificarían como ejemplo de pareja para cualquier test de terapia desechable.

En esta temporada, Claire cobra protagonismo y popularidad gracias a su natural don para manejar a la prensa y usar a su favor los efectos que sus declaraciones provocan. El personaje que encarna Robin Wright crece en dominio y en habilidades de manipulación, una actividad que ejerce con feroz elegancia y domesticado cinismo.

Frank y Claire podrían ser descritos  —dejando los delitos de lado— como los mejores alumnos de la cultura del liderazgo: la obsesión por la asertividad, el aplomo, la confianza en la dirección elegida y la capacidad de convencimiento y negociación. Una cultura sin más convicciones que la acumulación de poder en donde la duda no tiene espacio, tampoco el respeto por la dignidad ajena. Los Underwood cuentan con una cómoda casa con la calidez de una oficina parlamentaria, escasos amigos, ningún hijo pero sí mucha gente a su disposición para utilizar a su antojo. Una sociedad matrimonial con un plan de futuro que los llevará en algún momento a escalar la última cima que complete el sueño de un castillo de naipes propio, desde donde podrán reinar sólo como los Underwood saben hacerlo.

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