Es un asunto conocido que las personas que sufren la amputación de alguna extremidad siguen sintiéndola durante un largo tiempo. Experimentan la sensación de la presencia fantasma de algo —un brazo, una pierna— que era parte de su cuerpo y que repentinamente no está más.

La última temporada de la exitosa serie House of Cards recuerda ese fenómeno en cada uno de sus capítulos; en este caso se trata de una historia a la que le fue cercenado uno de sus protagonistas. Los guionistas tuvieron que enfrentar la expulsión de Kevin Spacey de la producción, luego de las acusaciones de abuso en su contra y apañárselas sin su presencia. La solución fue matar repentinamente a Francis Underwood, el personaje que Spacey encarnó durante las primeras cinco temporadas y continuar el relato con Claire Underwood, la mitad femenina de la pareja más oscura y ambiciosa de la televisión de la última década. Uno de los ingredientes más fascinantes de la historia original de House of Cards —adaptación extendida de una serie británica del mismo nombre— era la ambigüedad y ambivalencia de la pareja protagónica.

Los Underwood concebían su matrimonio como una sociedad en el más concreto sentido de la palabra. Para ellos era un trato íntimo cuyo fin era escalar políticamente: el plan era llegar a la cima juntos, hacerse del poder total. Frank y Claire eran una dupla tan cínica y manipuladora como encantadora, ambos lograban la simpatía y el rechazo de la audiencia en proporciones variables, en un relato de trama bien ajustada, con episodios en los que se sumergía en las profundidades de las cloacas políticas con prolijidad y eficiencia. House of Cards se elevó al rango de ícono cultural, sobre el que incluso el presidente Obama bromeó. Pero los años pasaron y a partir de la tercera temporada la historia comenzó a debilitarse, justo cuando el ambiente político norteamericano y mundial daba un giro inesperado.

La elección de Donald Trump como presidente de Estados Unidos dejó a House of Cards, sus intrigas y montajes, como un reflejo pálido de lo que podía llegar a ser la política cuando el miedo era esparcido para controlar al electorado. En la última temporada la serie extravía la historia en el sinsentido o peor que eso, la sumerge en el aburrimiento. El fantasma del protagonista es un cadáver cuyo peso nunca abandona el relato, peor que eso: la explicación sobre las razones de su muerte confunde la historia hasta el hartazgo y los relatos anteriores quedan atascados en un nudo ciego que solo se resuelve con muertes inesperadas. Ni todo el talento de Robin Wright puede salvar el destino de Claire Underwood en un guión de emergencia, sin matices ni contrapesos. La parte femenina de la dupla original se vuelve plana, o incluso caricaturesca en su contención. La última temporada de House of cards es el mejor ejemplo de que hay agonías innecesarias y fantasmas que es mejor dejar descansar en paz.