La tercera temporada de House of Cards planteaba un desafío mayor: continuar la historia de ascenso político cuando los protagonistas ya han alcanzado la cumbre. El matrimonio más atractivo e inescrupuloso de la televisión contemporánea logró instalarse al final de la segunda temporada en el pináculo del poder, cuando Frank Underwood provocó la dimisión del presidente elegido y en su rol de vicepresidente asumió las riendas del gobierno norteamericano. El relato entraba entonces en una fase distinta: una vez que se alcanzó la meta —nada menos que la Casa Blanca— el objetivo será conservar el poder, extenderlo y mantener a raya los fantasmas del pasado. Frank y Claire aparecen solos en la cima, expuestos como nunca antes al escrutinio público, al mismo tiempo que contando con todos los recursos de un estado formidable que lidera no sólo los destinos de un país, sino los del mundo entero. Entonces la estrategia varía, la historia cobra una nueva textura.

El tono y el clima de la nueva temporada de House of Cards están marcados por la historia de Doug, el asesor y cómplice del matrimonio Underwood que logra sobrevivir a una feroz golpiza y se recupera con el único objetivo de volver al servicio de sus patrones y terminar el trabajo que no pudo concluir: hacer desaparecer a los testigos de los crímenes encargados por el ahora presidente de Estados Unidos. El temple huraño y fronterizo con la locura de Doug es el punto de vista ideal para contemplar el nuevo panorama al que se enfrenta el matrimonio presidencial. Una suerte de penumbra entre la lucidez y la sicopatía que logra pasar inadvertida en un universo de formas luminosas que, miradas de cerca, no son más que un oscuro pozo sin fondo. Una especie de baile de máscaras que tiene sus mejores momentos en la relación con el presidente ruso, un personaje evidentemente inspirado en la figura de Vladimir Putin, que sirve como contrapunto político y moral. Cada sociedad sabe cómo administrar su propia basura, parece querer decirnos la historia. 

La serie pasa en esta nueva etapa por una fase más introspectiva y menos sorpresiva que las entregas anteriores. La dupla comienza a resentirse en su relación, porque a pesar de ser un dragón de dos cabezas, sólo una de ellas es la que puede ocupar el Salón Oval. La otra debe conformarse con un rol secundario que contraría su propia naturaleza rapaz. El hambre de poder acecha al matrimonio perfecto, amenazando la convivencia y destapando secretos apenas insinuados en las dos temporadas anteriores. 

La más sutil de las entregas de House of Cards puede no ser gusto de la gran mayoría, pero vista en perspectiva, resulta ser el rodeo lógico antes de una nueva arremetida que debiera retomar el ritmo feroz de las primeras entregas. La secuencia final anuncia la emancipación de las ambiciones de una primera dama con ansias de emperadora. No se vienen buenos tiempos para Frank.