‘¿Un cigarro?, ¿En esta ciudad? ¿Con esta alergia? Jamás’, dice el actor sentado frente a un café cortado. Ni mañoso ni testarudo, responde casi con el mismo ímpetu molotov de su personaje Yerko, el mismo que encumbra el rating por las nubes cada jueves en Vértigo de Canal 13. El mismo que no tiene piedad con los que considera privilegiados y con aquellos que están dispuestos a ganar plata a costa de ser humillados por su lengua filosa.
El hombre que encarna a Yerko es sensible y duro a la vez. Nació en Quinta Normal, “en un sector popular, con calles de tierra”. Con dos hermanos de mamá y otro de papá: “siempre asumí que éramos cuatro”, dice. Entró a la escuela de teatro de la Universidad de Chile en los ’90 y, aunque hizo montajes de autores clásicos, los compañeros no se perdían sus rutinas improvisadas en el patio. “Contaba cosas, anécdotas de mi barrio… Mi mamá tenía una botillería, entonces sabía imitar a muchos personajes que pasaban por el boliche”.

En la universidad conoció a la actriz Berta Lasala, con quien lleva doce años. “¿Casamiento? No estoy ni ahí con esas tonteras”, reacciona. “Somos una familia que prescinde de esas formalidades. No me llama la atención eso de ir de blanco a la iglesia. No soy católico ni tampoco me considero una persona que respete mucho las leyes civiles, vivo en un mundo aparte. Soy actor antes que todo. El mundo común y corriente de la gente, es algo que trato de evitar a diario”. Lejos está de su rutina en Vértigo, donde apunta precisamente al corazón de las miserias cotidianas. Ni siquiera manifiesta orgullo cuando le dicen que éste ha sido su año: con Exequiel mostrando rasgos de ‘buen compadre’ en Los 80; y también interpretando al malo de la película en Paseo de oficina, el filme de Roberto Artiagoitía, el Rumpi.

SE EQUIVOCAN LOS QUE PIENSAN QUE LLEVA UNA VIDA APACIBLE. “La Berta me dice que corro todo el día. Siempre estoy metido en mil cosas. Este sábado, por ejemplo, tengo un beneficio para una señora enferma que se le quemó la casa en Quinta Normal, después paso a la iglesia de Carrascal a dejar una donación, luego tengo ensayo de siete a doce de la noche. Llego a mi casa, veo las cosas que tengo que hacer al día siguiente, leo y me contacto con Jorge López (el libretista de Yerko), hablamos, me manda chistes, yo otros, nos preocupamos de saber qué pasa con la actualidad”.
Lee los diarios con detención, le preocupan los temas sociales. Hace un año solidarizó con el ayuno de algunas organizaciones mapuches, junto a otros personajes como Nicanor Parra y Pedro Lemebel.
—¿Sigue en pie ese apoyo?
—Hasta el final. Tiene que existir esa discusión y también el diálogo. Siento que ha pasado mucho tiempo de injusticias. He estudiado mucho esto, incluso alguna vez pensé en ser profesor de historia. Me encantaban los libros de José Bengoa y hasta saqué como 760 puntos en la prueba de aptitud. Ahí descubrí que el pueblo mapuche ha dado una lucha de 500 años y nunca se ha rendido. Por otra parte, han sido engañados y se les ha reprimido. Es algo que obviamente no cubre la prensa”.
Tuvo cinco años a Yerko en la oscuridad. “No puedo decir que desapareció, sólo estaba ausente”. Con el tiempo ha logrado quererlo y protegerlo. No tanto porque esté de acuerdo con sus ideas, “sino porque me ha permitido darme cuenta de que puedo ser capaz de hacer algo totalmente contrario a mis intereses, a mi forma de ser, de caminar y de hablar”. Es su antónimo total: “yo soy pálido, él es negro. Yo no tengo cejas y a este huevón le sobran. Yo soy crespo y el otro es de pelo liso. A él le interesa el mundo de la farándula y a mí nada”.
—¿Cómo fue interpretarlo por primera vez?
—Me quería enterrar. No tenía el retorno del público, no sabía lo que opinaba la gente en la calle, quería que hubiera un túnel directo al cementerio. Se lo juro compadre: sentía que era la peor huevá que estaba haciendo. Después me dijeron: Huevón: tomaste el programa en 25 y lo entregaste en 42 puntos de rating. El canal estaba vuelto loco. Al otro día fue portada en LUN. Después de eso siempre fue peak. En ocho años nunca guateó.
—¿Hoy tiene más tiempo para la improvisación?
—Hay más chipe libre en el canal. Estamos viviendo una Primavera de Praga, se habla de todo, del matinal, el reality, el cambio de camas…
—La farándula, los realities parecen dominarlo todo… ¿No le satura?
—Es cierto. Pero no creo que reflejen el estado de un pueblo. Sino más bien es lo que los poderosos quieren que muestre el pueblo. Las encuestas las hacen sobre la base de lo mismo, entonces así se justifican. Son las mismas seis familias dueñas de todo. ¿Qué buscan? Que uno compre y no piense. Me alegra que, a través de Twitter, se ha demostrado que la gente opina y piensa, que no es huevona.
—De ahí que se haya ido en picada en su primera rutina contra Andrónico Luksic.
—Pero no fue un ataque directo. Yerko dijo que su jefe era el único que tiene las boletas al día, que paga impuestos, que no se colude para subir los precios. Era un chiste, un chiste con harto de verdad. ¿Qué tanto? Si este país es de tantos como él. Si te pones a investigar Copec, Banco de Chile, Entel, Viña San Pedro, Canal 13 y no me acuerdo cuántas empresas más. O sea podría decir que me levanto, tomo una bebida, un café, saco un billete, me subo al metro… y todo va al mismo bolsillo.
—¿Cómo evalúa  la polémica de Las Argandoña en un canal público, con honorarios altísimos…?
—Decir que la televisión es un negocio es un eufemismo. Siguen poniendo en TVN gente que atornilla al revés, para no dejar que existan gays ni lesbianas, para que no se hable de marihuana. Y sin embargo, todo lo que ellos hacen es peor: robar, vivir de la usura, la mentira y la manipulación de las noticias. El mundo está desbocado.
—¿Cuál es el peor lucro?
—Con la salud. Hoy, a una persona que tiene un cáncer tratable, le alargan sus sesiones de quimioterapia y hacen que se encalille por 100 millones de pesos… Cuando es algo que lo puedes sacar gratis por el Estado. Si aquí hay plata, hay cobre, hay maderas, se están choreando los salmones y los japoneses arrasan con toda la pesca. Venden el país. Les dijeron tómense el litio y se lo tomaron.
—¿Se define antisistema?
—No, anarquista. No como el que tira bombas, como el que vive de okupa, o el cabro rebelde al que no le hicieron cariño. Sino en el sentido de que debe haber cosas iguales para todos, como la educación. Es la base de todas las luchas, porque así nadie nos diría lo que es bueno o malo. Tendríamos un criterio formado para todo, porque donde hay leyes no hay amor, donde hay policía no hay amor.
Su personaje Exequiel, en Los 80, está inspirado en su papá. “Era bueno para los combos, el fútbol, la talla y el copete. Muy de barrio, con muchos amigos, vivaracho, las cachaba todas al vuelo”. Cuando lo creó, se le vino a la mente su imagen, sobre todo cuando llegaba del trabajo. “Usaba una chaqueta celeste, así que les pedí a las niñas de vestuario de la primera temporada que me hicieran una igual. Me la puse y empecé a imitarlo. Estaba listo”. En Paseo de oficina, le tocó un personaje distinto. “Un jefe que echa a la gente, un huevón de mierda. Imagínate, yo no puedo mandar a nadie, ni siquiera a mi hijo que tiene menos de tres años”.
Es papá de Emiliano, “a quien amo por sobre todas las cosas”. Imagina su futuro: “Le tocará lo que tenga que ser, aunque admito que mi sueño es que sea actor. Creo que esa es la única forma de evadir este mundo, a través del arte y de la creación. Qué mejor que ser otro a través de la actuación”.
—Como Daniel, Yerko o Exequiel, ¿haría comerciales?
—Alguna vez me llamaron de una óptica. Pero la verdad no me gusta. Estudié teatro, no soy un vendedor de productos. Creo que el hombre es uno y sus circunstancias… Si necesito cientos de millones de pesos para operar a mi hijo en Los Angeles, seguramente me va a fascinar Ripley. En este momento, con lo que gano en televisión me basta y sobra. Nací en una familia pobre y para mí no todo es plata.
A veces se enoja solo. Cuando ve un par de jeans y los encuentra lindos. “Me da pudor ponérmelos. Me pueden decir que me veo la raja, pero no me imagino llegando con ellos, por ejemplo, a Cerro Navia”. No soporta que la gente se endeude, que la castiguen con Dicom, tampoco le interesa hacer campañas de nada. “No a la droga, a las armas, a fumar, a cualquier huevada. No quiero decirle a nadie que tiene que tomar leche, por ejemplo. Soy actor nomás, mis personajes son los que hablan. Daniel Alcaíno no le importa a nadie. Ahora doy esta entrevista porque, claro, es parte del protocolo del canal”.
—¿Qué siente cuando ve compañeros promoviendo una tarjeta de crédito?
—Es triste. Pero a la vez lo entiendo. Cada uno con lo suyo. Ellos también me pueden criticar: que estoy en la tele y que soy el bufón del sistema. Pero tal vez muchos no saben que soy feliz escuchando mis casetes del sello Alerce. Tengo todo lo de Silvio, Víctor Jara, Illapu, Quelentaro. Esa es mi verdad.
—¿Toda su familia es de izquierda?
—Para nada. Mi papá es pinochetista, los Alcaíno son pinochetistas. Creo que el único de izquierda soy yo. Mis padres eran vecinos de una misma esquina, de la misma toma. En un lado estaban los Alcaíno y a la vuelta los Cuevas, la familia de mi mamá. Mi papá era un gallo popular, tenía un talento extraordinario para jugar futbol, podría haber sido un Pelé, un Niño Maravilla. Jugó en juveniles de Colo Colo, La Serena, Santiago Morning, un crack…
—¿Y qué pasó?
—Ya sabes, el copete, los combos, el chiste. No tenía rigor ni disciplina. No tenía educación, llegó hasta cuarto básico o por ahí. Mi mamá después, con el tiempo y ya mayor, terminó su educación superior. Pero siempre fueron gente de esfuerzo y buenos de alma. Para mí, el paraíso siempre será mi infancia. Todavía siento que hago muchas cosas como si fueran un juego.
—Con el libretista Jorge López son amigos, ¿cómo trabajan para la rutina de Yerko?
—Leemos diarios, nos preguntamos si todos son delincuentes: porque unos chupan y chocan,  pero otros están robando con una maquinita que está mala. Nos vamos entusiasmando y así salen las ideas. Jorge López también está loco de la cabeza, nos conocimos en la misma escuela de teatro. Yo venía llegando y él estaba egresando.
—¿Imagino que también tienen amigos gay?
—Sí, claro.
—¿No se han molestado con su rutina?
—Nunca. Saben que para eso están los chistes. Y te voy a decir algo: Yo también soy medio gay, todo el mundo es medio gay. Decir lo contrario es una ‘taradez’. Si hablas de esto con un cabro que tiene 18 años, te mira con cara de putas que estai atrasao. La Iglesia dice lo contrario, pero ellos tienen la media fiesta gay debajo del Vaticano.
—¿De qué no se reiría por ningún motivo?
—De la lucha mapuche, de la que dan los estudiantes. Hay mucha gente a la que tenemos que apoyar porque nadie los escucha. Yo voy a las marchas, casi a todas. Me junto con los cabros del liceo Insuco que está en la Alameda, pasó por la toma de la Universidad de Chile. Les golpeo la puerta y entro, también voy a ver a mi amigo que está preso en Brasil, a los presos políticos en Chile.
—No se restringe.
—De nada.
—¿Hay algún personaje que le falta hacer?
—Víctor Jara, me gustaría hacer una película de su vida. Ahí recién podría cerrar el boliche.

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