Lleva una larga trenza blanca. “Así soñé con verme cuando llegara a vieja”, sonríe esta actriz que deslumbró en cuanto escenario, dejando embobado a medio mundo con su belleza y talento, desde La pérgola de las flores o el Bimbambún. Nunca una cirugía, nunca creerse el cuento. Menos torturarse ni privarse de nada. Y vaya que le funcionó. Aunque también da cuenta de otra gracia: “Es la sangre negra, ¿no ves que mi papá era cubano?”, lanza con un ánimo a toda prueba, pura risa a pesar de la fibromialgia y de los dos maridos que la dejaron y que jamás se pusieron con un peso. “Al final es la actitud. Hay que ser una agradecida del entorno, de lo que te sucede en esta vida y solidarizar con los que te rodean. Ahora quedé cesante de Los Venegas, TVN no podía resistir dos décadas con un programa que era del pueblo. Pero adivina: me acaban de traer el libreto de la Casa de Bernarda Alba que vamos a montar pronto. Significa que no hay que obsesionarse con las cosas y dejar que la vida te sorprenda. Sin embargo, hoy andan todos enfurruñados, mirando para abajo; no se maravillan con cosas simples como las puestas de sol o la luna llena. Envejecer bien es una actitud de vida y hay que ser positiva. Tengo amigas que ahora buscan un viejo para casarse… ¡para qué!, ¿para llamar a la Coronaria Móvil a cada rato?”.

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Hace tres años que Peggy toma propóleo, un multivitamínico y semillas de chía. “Nunca he ido al gimnasio ni hecho dietas. En estos momentos tengo tres patas de chancho en el refrigerador, ¡y me importa un pito el colesterol!”. Y sobre las arrugas y la inevitable ley de gravedad, anuncia: “Nica me pongo botox. No sacas nada con operarte y quedar igualita a la Duquesa de Alba, con la cara estirada y minifalda… Voy a envejecer desnuda y cubierta sólo con el manto de la dignidad”.