Una serie “flojita”. Eso, para decirlo en chileno y en directo, es Gypsy. Un síntoma de lo que hemos estado percibiendo, en lo que va del año al menos: que la oferta de Netflix se está volviendo irregular.
Oka: la empresa de streaming se mandó las partes con Twin Peaks (¡David Lynch!), cuyos dos primeros capítulos se vieron en Cannes, sagrado templo del cine-arte; y también se lució este semestre con la genial película Okja, que se estrenó en ese festival.

Pero reconozcámoslo: cada vez cuesta más encontrar en su oferta una serie nueva de la estatura de Breaking Bad River , The Crown (solo esta última, de su propia factoría) o Narcos. Y sí: 13 Reasons Why tuvo motivos sobrados para remecer al público y por eso le perdonamos sus pecados de guión. Punto positivo para Netflix.

Ahora llegó Gypsy y con buenas credenciales: Naomi Watts, otra estrella hollywoodense, hacía el crossover al mundo de las buenas series de TV.

Inolvidable en Mientras somos jóvenes (Noah Baumbach, 2014, con Ben Stiller y Adam Driver), aunque haya aceptado roles lamentables en la saga Divergente, Naomi ha construido su carrera con  películas de la categoría de Promesas del Este (David Cronenberg), King Kong (Peter Jackson) o 21 gramos (González Iñárritu).

Gypsy: ¿buscando el lado salvaje o perdida en la niebla? En Gypsy  la actriz se mete en la piel de una exitosa sicóloga, Jean Holloway, quien trabaja armónicamente con sus colegas en un centro de terapia, vive en una cómoda casa con su marido, con quien tienen un buen matrimonio, y una adorable hijita.

Pero Jean está inquieta: quiere volver a sentir la adrenalina de su lado salvaje. Ya en el primer capítulo, cuando va a un café donde conocerá a una camarera rockera, Jean se convierte en Diane, nombre que usa como alter ego no solo para explorar ese otro yo que se le ha perdido sino también como una muy poco ortodoxa manera de bucear en el mundo de sus pacientes.

Sí, tal cual: Jean-Diane sigue las huellas de la hija que atormenta a una madre asfixiadora (Brenda Vaccaro) que es su paciente y va tras la chica que le quita el sueño a otro de quienes visitan su consulta.

Si  bien hay que armarse de paciencia para ver los dos primeros capítulos, probablemente la curiosidad los empujará a a continuar, más que nada para saber de qué va todo esto: ¿está atravesando Jean por una severa y profunda crisis de identidad o es solo una crisis vital circunstancial? Esto de involucrarse con el entorno de los pacientes ¿es una “creativa” forma de conocerlos más o estamos ante una sicóloga perversilla a la que deberían quitarle el título?
Cualquiera o todas las anteriores.

Porque evidentemente todo se vuelve una inmensa confusión: precisamente porque la separación entre lo personal y lo público es compleja (somos un todo) es que los terapeutas siguen un estricto protocolo. Así, lo que nunca terminamos de saber es si Jean-Diane está tirando al tacho de la basura su vida personal y profesional, a la vez, de manera consciente o por una potente pulsión. Intentando innovar, el guión termina siendo errático, la dirección también y la actriz no ayuda mucho: su aspecto y su expresión de nada es siempre la misma.

Por razones obvias y del todo esperables, su hogar se estremece un tanto (ni mucho tampoco) y su hijita —para agregar alguna subtrama— comienza a tener problemas en el colegio.
¿A su favor? Transcurre en ambientes agradables, las aventuras de Jean-Diane pueden ser algo inesperadas y por lo tanto habrá escenarios diferentes por donde se moverán las cámaras.
Véala (bajo su responsabilidad). Quizás le entretenga.

En Netflix
10 episodios de 52 minutos
Directora: Sam Taylor-Johnson (Cincuenta sombras de Grey)
Guión: Lisa Rubin (debutante).

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