Antes de que Sam Taylor-Johnson se hiciera conocida por dirigir la versión cinematográfica de 50 sombras de Gray, había logrado fama como artista visual. En esa época, los años 90, alcanzaba reconocimiento por sus videos de bodegones de fruta pudriéndose lentamente o celebridades grabadas en extensas secuencias de llanto. Cuadros fijos que obligaban al espectador de la obra a hacerse de paciencia para apreciar transformaciones pequeñas. Algo parecido ocurre con Gypsy, la serie de Netflix en la que Taylor-Johnson dirigió los primeros dos capítulos.

Gypsy es la historia de una sicóloga —Jean Holloway, interpretada por Naomi Watts— que vive en un ensueño de suburbio: una linda casa con jardín, en un barrio amable, con un marido exitoso y una hija rubia. Ella goza de los beneficios de trabajar un par de días a la semana en Nueva York en una consulta de terapeutas encantadores y bien vestidos. Todo parece espléndido si no fuera por los detalles, el más grave de todos es que la sicóloga comienza a intervenir en la vida de sus pacientes, fabricando una identidad de fantasía que le permite acercarse a quienes los rodean. Una especie de sicópata de baja intensidad que parcela sus horarios entre sus roles de madre, esposa, profesional y espía de vidas ajenas. La trama, sin embargo, resulta estar tan delicadamente armada y tan escrupulosamente dispuesta que termina diluyéndose en historias que prometen más de lo que finalmente rinden.

Lo que en el papel cuenta con todos los ingredientes que asegurarían un relato atractivo, acaba en una especie de ejercicio de tai chi emocional exasperante y lento como los videos de arte de Sam Taylor-Jonhson. Sin embargo, lo que es efectivo en una galería de arte, puede que no funcione como producto de entretención.

En Gypsy hay demasiadas ideas y muy poca energía en explotarlas. Es una serie hecha de gestos sin contundencia y una ambigüedad que por largos momentos no es más que un devenir desabrido de neurosis burguesas que sólo estallan bajo condiciones controladas.

Gypsy podría haber sido la nueva serie que cuestionara los roles de género y el orden de las instituciones de la clase media ilustrada y liberal norteamericana, pero no resultó ser más que una especie de Sicosis de barrio alto, con una rubia escindida en el rol de Norman Bates y un marido musculado en el papel de la madre.