Los homenajes eran del mismo tono:  fotos de escotes reveladores, labios sensuales y actitudes sugerentes. Mi muro de Facebook se llenó de amigos celebrando a dos mujerones que cumplían 80 años: Sophia Loren Brigitte Bardot. Me sumé al ‘dedito para arriba’, pero en ese momento me acordé de otra ídola que llegaba a la misma edad este año y a la que no le hicieron ‘fiesta virtual’.  A las pocas semanas, la pantalla la redimió en la tribuna del público pop con el mejor tributo: su aparición en una serie de culto.  

Brigitte Bardot, icono del feminismo mundial, tuvo su cara a cara con la protagonista de The Good Wife. ¡Sí! Le hace un coach individual e inolvidable a Alicia Florick (Julianna Margulies), para que tenga coraje y tome una decisión importantísima para el género femenino (no adelantaré detalles para los fans que tienen que ponerse al día).

¿Alguien dudaría de la huella histórica de Gloria Steinem por esta aparición en TV? ¿Se pone en jaque su seriedad en la lucha por los derechos de las mujeres debido a que ‘actuó’ en una serie? ¡Jamás! 

Ella —divina, activa— viene de vuelta. Ni antes ni hoy, a sus 80, teme a los puentes del lenguaje pop. No los menosprecia desde la vereda de la intelectualidad. Al contrario, lo celebra.

Una enseñanza que viene de aquellos grandes y que resulta resfrescante mirar de estas fronteras con tanta gente ‘afectada’.

Así—como Gloria Steinem—, también se nos quedó en la memoria el día en que Andy Warhol se subió como pasajero al Crucero del amor y fue recibido cariñosamente por el Capitán Stubing y su tripulación. 

Años más tarde, Norman Mailer llegó a pasar el día en la posada de Lorelei, en Gilmore Girls, y tuvo unas escenas hilarantes. También en el mismo programa Madeleine Albright arrulló a Rory en su cumpleaños 21 como una guía en sueños. Pensar en que alguna política chilena pudiera hacer lo mismo parece lejano, más si se tiene como antecedente que por sólo cantar un medley en la Teletón les llueven las burlas a los personeros públicos.

O sea, a años luz de aquellos grandes que quieren que se rían con ellos. Como Stephen Hawking, quien no se hizo problema en discutir con el neurótico Sheldon en la comedia The Big Bang Theory.

Los que vienen de vuelta saben el gran valor de la vilipendiada ligereza.