Hay reyes, reinas, princesas, esclavos, caballeros, castillos y dragones; pero por sobre todo hay personajes. Muchos. Un coro de voces que llevan adelante las líneas de una trama compleja que avanza al ritmo de un coloso arrastrado por cuadrillas de esclavos. Lo que empezó con la gesta de Ned Stark y su clan en la primera temporada, se fue abriendo como una mancha de vino tinto sobre un mantel blanco.

Game of Thrones es un gabinete extenso de los más diversos tipos de ejemplares de la naturaleza humana, no tan solo en sus registros físicos —el pequeño Tyrion Lannister, el inmenso Gregor Clegane— sino también en sus pasiones y vicios. Al estar situada en un mundo de fantasía, la serie, esquiva hasta cierto punto el juicio de lo políticamente correcto y se interna en la ambigüedad moral feroz que yace en el fondo de las criaturas que viven ansiosas de poder. Una violencia que llamó la atención, sobre todo en el ámbito del sexo, durante las primeras temporadas. Basta un ejemplo: Daenerys Targaryen, la mujer de los dragones, es hija de la unión de dos monarcas que a la vez son hermanos, que mueren durante la guerra. Ella es desposada por interés con el líder de una horda bárbara, que la somete —en escenas dignas de softporn— y de quien luego se enamora. Daenerys sobrevive a muertes, capturas y humillaciones de todo tipo. Lo único que la mantiene en pie hasta la actual temporada, es la sed de venganza.

Uno de los tantos aspectos interesantes de Game of Thrones, es la manera en que pone en escena, sin pudor, la violencia cuerpo a cuerpo. La serie representa la mutilación, la tortura y el asesinato de manera sistemática. Los personajes parecen estar siempre a merced de una espada o un puñal que los cercenará sin titubear. Todos son Julio César y Brutus en una danza permanente alrededor de la muerte. La sexta temporada le da una vuelta de tuerca a este aspecto de la trama en el momento en que uno de los personajes resucita, añadiendo otra incertidumbre más a la historia: ¿es posible volver de la muerte?

Game of Thrones ha marcado un hito en la historia de la TV. Tanto por sus niveles de producción —repartos enormes, locaciones que quitan el aliento, guiones complejos— como por la apuesta ganada de llevar una historia intrincada, en un lenguaje casi teatral a un formato en el que lo instantáneo y soso tiende a imperar.

>Revisa el tráiler de la sexta temporada: