No veía Sábados Gigantes, no veía Dinastía, no veía matinales, no veía el Festival de Viña ni la Teletón; no vi nada durante muchos años. Eso no me hizo mejor persona, les digo altiro, y quizá la única ventaja es que parece que leí bastante. Hoy veo tele apenas —tengo una maña con las voces escuchimizadas, pitudas, de la televisión chilena—, y es tanta la inutilidad con el control remoto que en mi casa, cuando llamo a alguien, siempre contestan a lo lejos “¡aprieta CBL!”. Sin embargo, igual quería pertenecer a la pandilla, tener referencias comunes, ser parte de las conversaciones sobre lo visto y oído. Quería entender los chistes, por último. 

Ahora, desde que las series se ven en el computador, que es un bicho que sí sé manejar, puedo. Y como hay toneladas de series buenas sobre asuntos contemporáneos, no debe extrañar que estén de moda como fenómeno de la ficción y la entretención moderna, como tema de conversación y como fuente cundidora —pero tramposa— de símiles en la vida social y política. Hay quien dice que son la verdadera literatura de la época, lo que está muy bien como provocación, aunque solo puede creerlo en serio quien no entienda mucho de literatura ni de televisión. La literatura es la cancha de ejercicios de la abstracción, de la imaginación, el mejor modo de conjeturar cómo de verdad piensan y sienten los demás, lo que en rigor nos será siempre un misterio; las series, en cambio, nos gustan porque son puro cuerpo, ritualidad e instituciones. En ambas puede desplegarse una gran inteligencia, y es cierto que las series recuperan el fervor decimonónico de las narraciones interrumpidas —los folletines—, pero no hay nada que imaginar allí, son pura superficie pulida y lo que nos engancha son los cuerpos, las repeticiones, las variaciones sobre el cliché y la ilusión del reconocimiento. 

Ah, y las instituciones. No sé por qué uno tiene que andar pensando en los antropólogos del futuro, pero, una vez que pase el tiempo suficiente, una aguja de hueso o una serie como The Killing, The Good Wife, Damages o la vieja E.R. podrían tener el mismo estatus de indicio cultural. Las series más longevas en realidad tratan de la especialización profesional, de la obsesión orientada al trabajo y del funcionamiento de las instituciones: el Estado, la seguridad social, los gremios, el crimen (organizado). ¿Qué es la hermosa Call the Midwife sino un gran infomercial sobre la importancia histórica del sistema público de salud británico? ¿Y The Wire con sus sindicatos portuarios, periodistas, profesores? En Grey’s Anatomy los protagonistas ya son administradores del hospital y discuten recortes presupuestarios; en Broen/Bron el tema es quiénes son más profesionales, si los policías daneses o los suecos.

En la muy comentada House of Cards, la teatral perversidad de los protagonistas destruye la ilusión de estar viendo los protocolos del poder, el modo como se hacen las cosas en las altas esferas. Por eso me gusta más Borgen, serie danesa sobre partidos políticos, spin doctors, la prensa como polilla y plaga, y una mujer, bonita pero con un moño horrible, sin cintura, sin el estilo de Claire Underwood, que duda, yerra y rectifica, mete la ropa en la lavadora y reforma el país al mismo tiempo. Me gusta porque no es la verdad, pero, como la buena literatura, se le parece.