Fernanda es sexy. Pero cuando llega a una panadería de Pedro de Valdivia anda con bototos, jeans sueltos, una parka gigante y escondiendo la cara del frío con una bufanda. Caminamos por la avenida, pasamos por el frente de su colegio (The Kent School) y sólo el aviso publicitario de un paradero despierta a los transeúntes que la reconocen. Está retratada gigante, semidesnuda, sólo cubierta con una sábana. Se ve sensual. Claro, no es la chica ñuñoína típica, invisible a los que están inmóviles en sus autos por el taco. Basta una rápida segunda mirada para descubrir a la mujer. Hace rato que dejó de ser la jovencita inquieta en busca de atención. Pronta a cumplir 33 hay paz en su vida y el gran responsable es el ejecutivo italiano Stefano Benaglia (36).  Se cansó de los chicos malos. Hoy no lo tiene en la cartera, pero ya imagina el vestido de novia que usará pronto para él.

El otro lado de la moneda es la ficción que vive en pantalla. En Chipe libre no salta al matrimonio. Todo lo contrario, como la sicóloga Julieta Ruiz  accede a darse un tiempo con su marido (interpretado por Nicolás Poblete), dejar la vida conyugal y lanzarse en solitario en una pausa de tres meses.

Llegó a Canal 13 debutando como la heroína romántica del siglo XXI. “¡Fue una súper jugada!”, cuenta con una sonrisa de oreja a oreja frente al cambio de casa televisiva. 

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—¿Cómo fue ese salto?

—Este año se dio una situación bastante particular: tuve muchas ofertas de trabajo. Así que me vi en la ventaja de poder escoger tranquila. Y, la verdad, estaba en deuda con (el director) Herval Abreu. Cuando terminé Mujeres de lujo (CHV) me llamó a un casting. Fui para que me conociera un poco más. Pero, en ese tiempo, me había comprometido con Alex Bowen para hacer Adiós al Séptimo de Línea (Mega). Ahora se alinearon los astros y fue el primero en proponerme algo para la temporada. Tenía ganas de probar su mano.

—¿Heroína romántica o antirromántica?

—Antirromántica-romántica… Es muy del tono de las películas hollywoodenses. Pero Julieta es heroína por desesperación, porque no sabe qué hacer con  su marido —a quien ama— y decide probar esta loca idea del receso. El ‘chipe libre’ es una opción para una pareja que no sabe qué más hacer para salir de la rutina. La famosa crisis de los siete años.

—¿Un recurso generacional?

—Yo creo. Antes el matrimonio era para toda la vida y no se cuestionaba. Y si eras infiel, te quedabas calladito. Ojos que no ven, corazón que no siente… Muchas esposas estaban dispuestas a vivir así. Hoy si las mujeres y hombres ven que algo no les gusta, lo más fácil es separarse. Incluso ahora el divorcio es unilateral.

—El ‘chipe libre’ también es una fantasía.

—Sí. En la imaginación todos nos tomaríamos uno. Pero no se concreta porque sabes el riesgo que implica. Y hay muy pocas personas dispuestas a hacer vista gorda a una infidelidad. Julieta va para adelante, pero después retrocede. Se destapa, luego se tapa. Una contradicción súper humana, súper chilena.

—Y cae la pregunta obvia…

—(Carcajada) Es divertido porque sale el tema de si me tomaría un  ‘chipe libre’, justo cuando estoy súper bien con mi pareja. En este momento no, pero… (nueva risa)

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Al igual que su personaje, también lleva bastante tiempo con Benaglia. Incluso, casi iniciaron familia en 2010, pero la actriz tuvo una pérdida. Antes del italiano su vida amorosa —incluidos sus mediáticos pololeos con Benjamín Vicuña y Fernando Lasalvia— fue de relaciones cortas. “Con Stefano tenemos cinco años juntos”.

—¿Tus referentes de pareja?

—Vengo de una familia donde mis papás llevan 42 años de matrimonio y eso marca.

—¿Desafío, bendición o maldición?

—Todas las anteriores.

—Ellos, literalmente, se casaron en el ‘siglo pasado’.

—Y pololearon dos meses.

—¿Cuándo fue tu primer matrimonio?

—Lo conocí (Manfredo Guerra) en el siglo pasado, cuando niños. Pero me casé con él en 2001 (duraron poco menos de dos años). Fue mi primer beso, cuando tenía 14 años. Más tarde, pololeamos poquito rato y nos casamos. Había que seguir la línea familiar (sonríe).

—¿Te criaron con el amor Disney?

—Creía que esa era la felicidad. Y, sí, eran otros días de Disney. También crecí con Candy… ¡Bien sufrida! Era de esas niñas enamoraaaaaaadas. Y me inventaba unas películas ‘cebollas’ totales. Nací para actuar el tema romántico. Me metía en las historias, como si fueran propias.

—¿Y las mujeres nos confundimos con la línea que separa romance del delirio?

—Sí. Nuestra pasión viene del útero mismo. Y desde allí se enciende todo. Desde ahí se mueven muchas emociones y, a veces, nos olvidamos de ser más racionales. Y de ahí cruzamos la línea del delirio. ¡Todo por amor! Y, más encima, le ponemos la etiqueta de que “todo está permitido”. Para después  pasarlo bien mal (larga una carcajada).

—Ya cruzaste la barrera de los 30, ¿piensas que las mujeres en esta década culpan injustamente a los hombres del fracaso amoroso?

—Es un punto muy interesante a tratar y argumentar. Las mujeres nos ponemos el traje de superheroínas, donde tenemos que ser perfectas en todo. Desde ese estrés y autoexigencia empezamos a medir a todos con esa misma vara. La verdad es que no existe el hombre perfecto. No existe el príncipe azul, ni nadie que te venga a salvar de tu miseria o soledad.

“Ya pasé la curva de los 30. Oh, my God! Esa conclusión me la enseñaron de chiquitita, pero yo insistía con pegarme en la pared. Aunque rápidamente me fui dando cuenta de que Disney nos había vendido puras mentiras. ¡Me da rabia! Porque ahora veo las películas infantiles y hay personajes como el de Valiente, donde la historia ya no se centra en el amor, sino que en el crecimiento personal y seguir tus sueños”.

—¿Ya no hay expectativas de pareja?

—No. Ahora, antes de esperar a estos hombres superhéroes hay que mirarse. Ver las cosas que tienes que sanar de ti. Cómo puedes aportar. Después desea todo lo que quieras. Desea al hombre perfecto. Pero esa pareja ideal se construye día a día. Por mucho tiempo hemos manipulado las relaciones por tener establecido en nuestras cabezas lo que debería ser.

—Y tienes a un caballero italiano que te habla del ‘amore’…

—Siento que, de verdad, hemos vivido muchas cosas juntos. Partimos como muy amigos, entonces, se inicia desde un lugar distinto.

—¿Y antes?

—Me gustaba el que me moviera el piso, me remeciera. Una persona que me abordara desde lo muy pasional. Ahora todo es distinto: crece desde un lugar calmo, desde la amistad. Después de conocernos por dos años, nunca pensé en que podría tener algo con él.

—¿Cómo ha sido el proceso?

—A mí me costó entender que esta era una relación nueva, diferente y reinventarme desde ese espacio. También fue especial darme cuenta del esquema que uno tiene de conquista. Una asume un rol. Eres lo que te gustaría ser.

—¿Entras en personaje?

—Sí. En lo que te gustaría mostrar al otro. Heavy!

—¿Y repetiste el rol con Stefano?

—No creo. Antes era una veinteañera que le atraía el peligro, la adrenalina. También más locura. La pasión desde un lugar más enfermizo. Me gustaban los chicos malos.

—¿Qué encontraste en Stefano?

—Un lazo gigante, que ocupa un gran espacio. Nos hemos aprendido a querer tal cual. Entonces, somos súper transparentes. No tengo secretos con él.

—Lo opuesto a los libros de “reglas” para conseguir a un hombre.

—¡Cero misterio! Lo otro se va dando por la vida misma. Te enfrentas a cosas nuevas. No tengo miedo de ser quien soy con él. Me siento súper afortunada. 

—¿Perfección total?

—No hemos sido perfectos. Pero sí es un regalo vernos y crecer de verdad. Apoyándonos.

—¿Se casan a final de año?

—Hay planes. Sí, me pidieron matrimonio y me caso ¡Tengo la roca! (se ríe con ganas).

—¿Dónde fue la propuesta? 

—En Chile. Y fue lindo, porque fue cuando sus papás vinieron de Milán a quedarse un rato con nosotros. Pasamos el Año Nuevo con las dos familias. Hubo un viaje y fue todo muy bello.

—(Risas)

—(Risas) ¡Ya, dilo!

—Es demasiado perfecto… Yo llegaré a mi casa a ponerme el pijama de polar y encender el Scaldasonno.

—Te mueres. ¡Son insoportables! (risas). Sus padres también llevan 42 años de matrimonio. Y esta era la segunda vez que viajábamos. La primera fuimos todos juntos a las Torres del Paine. Nuestros papás lo pasaron increíble. ¡Hubo mucha química entre ellos!  Para que no te amargues, nuestra relación igual ha tenido momentos no tan buenos.

—¿Qué momento malo se puede tener con un guapo, italiano y que se llama Stefano…?

—Si tiene lo suyo el hombre (risas). Tengo mucha suerte.

Entre carcajadas, ataques directos a un cheesecake de maracuyá, Fernanda recuerda ese viaje a la Patagonia cuando miraba a los pingüinos. “Pensaba que ellos cuando eligen pareja se quedan juntos para toda la vida. ¡Eso me da vértigo!”, confiesa. Con humor apunta que cuando se divorció por primera vez, pensó: “Quizás esto no es para mí. ¿Somos seres para estar como pingüinos toda una vida? No sé qué pensar”.

No es un tema ligero. Fernanda lo ha meditado por mucho tiempo: “La pareja se arma día a día. Como dirían los alcohólicos: Sólo por hoy. Y así tiene que ser. No sé lo que va a pasar mañana. No te lo puedo asegurar. No tengo idea”.

—¿Qué dice el novio?

—Lo conversamos. Y le digo: ‘ Sé que nos vamos a casar, pero no puedo prometerte eternidad’ Pero sé que es hermoso y estoy feliz porque vamos a juntar nuestros dos mundos —nunca hemos podido reunir a nuestra gente chilena e italiana—. Así que fíjense en su amigo… Empiecen a mirarlo diferente, porque puede ser él la persona. El gran amor.

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