Tuvo que pasar el tiempo, someterse a largas terapias sicológicas y acercarse a la espiritualidad a través de la meditación budista, para que Fernanda Hansen (35) pudiera —literalmente— volver a pararse y salir fortalecida de un período durísimo de su vida. El 2009 por poco quedó inválida tras pulverizarse una vértebra luego de caerse de un caballo; de estar acostumbrada a vivir y mantenerse sola, debió regresar a la casa de su madre y depender absolutamente de ella, quedando de lado esa mujer autosuficiente y controladora que siempre fue. Entre medio quedó sin trabajo en TV y dos años después su pareja Felipe Camiroaga —con quien supuestamente se casaría— murió en el aún polémico accidente de Juan Fernández. Sobre el ex animador del matinal de TVN ella evita referirse en específico, “por respeto a Felipe y para no farandulizar el tema”, explica. 

Fernanda reconoce que tras esa seguidilla de episodios, tocó fondo, se rebeló y desarmó por completo. Tenía la opción de quedarse ahí, pegada en el lado oscuro, sin embargo —dice—, “preferí abrirme a la vida, entender que ésta es un tránsito donde vienes a aprender para forjarte como persona y en lo espiritual. Y desde ahí mirar las cosas desde el lado que brillan y no del que queman; siempre agradeciendo lo que te toca, sin rebelarte”.

Wp-fernanda-hansen-450

Así empezó a rearmarse de a poco, a replantearse su existencia; preguntarse qué y hacia dónde quería ir, pero desde una vereda distinta: más humilde, desapegada, viviendo el día a día y sin proyectarse. “Sin ataduras del pasado ni con la ansiedad del futuro”, aclara. De esa manera quería dejarse llevar, entregarse a las sorpresas que le deparaba el destino y tomar las oportunidades sin cuestionarse hacia dónde la llevarían los nuevos caminos. Fue así como en una noche del 2013 conoció en un bar santiaguino al publicista, empresario y fotógrafo Rodrigo Rozas (41) con el que se casó en febrero de este año y junto a quien espera a su primera hija para principios de octubre. 

Descalza, con maquillaje tenue y sentada en la terraza de su departamento, donde se hizo la sesión de fotos en medio del implacable calor que ese día se elevó a los 28 grados, la ex conductora del matinal del 13 cuenta que pretende tener a su hija por parto natural, que guardará sus células madre y que la bautizará como Amalia. “Amalia, de amar y liar. Siento que ella viene a amar y ser amada, y a unir esta familia”, explica.

Aunque no lo ha pasado muy bien durante su embarazo, por los constantes malestares y la temprana amenaza de parto prematuro que la ha obligado a hacer reposo, Fernanda se muestra feliz. “Estoy contenta, en armonía y paz, viviendo todo lo que quería y que pensé que jamás me tocaría experimentar”.

—¿Pensaba que nunca sería madre?

—No sabía si sería parte de mis planes; siempre quise, pero si no me tocaba, entendía que el destino quizá tenía otros planes para mí. Esto de ponerse metas y no cumplirlas, al final te frustra, por eso no me impuse la maternidad como una fijación.

—Además, tenía que encontrar al hombre primero.

—¡Además!; enamorarme era muy importante porque nunca me planteé tener un hijo sola. Mi ideal era éste: con un hombre que amo, con una familia. Soy una afortunada y bendecida; creo que todos los caminos me llevaron al mejor lugar donde puedo estar.

Fernanda y Rodrigo viven en un departamento en Vitacura donde conviven a menudo con los dos hijos del publicista de 6 y 8 años, a los que ella —cuenta— desde un principio acogió como propios. “Esa fue mi primera experiencia de maternidad, aunque es distinta, porque el primer y único lugar de los niños lo tiene su mamá. Pero el amor que uno siente como madrastra —¡qué horrible suena el nombre!, dice riendo— es incondicional. Me salió súper natural, tal vez ser hija de padres separados me ayudó a corregir ciertas cosas que para mí fueron difíciles en la infancia. Fui súper consciente de que el acercamiento debía ser paulatino, con mucho respeto y entrega, y quererlos como si fueran míos. O sea, ¡nos adoramos!; los amo y me aman. Ellos son los más felices y ansiosos con la llegada de su hermanita.” 

“Me casé embarazada ¡y no sabía!”, cuenta la periodista muerta de la risa. “Tenía retraso, pero pensaba que era por los nervios del matrimonio. Luego de un par de semanas me hice el test y ups!, salió positivo. Hace rato quería ser mamá, pero como el año pasado me operé la columna dos veces, era imposible. El doctor me dijo que a partir del 2015 no habría problemas en tener guagua. Partimos probando en febrero sin pensar que quedaría altiro, tampoco quería casarme embarazada, ¡y quedé po!”.

—Debió ser una sorpresa por lo inesperado.

—¿Sabes?, tenía la intuición, me sentí rara de inmediato. El meditar te hace más consciente de tu cuerpo, pero también podía ser sicosis mía. Cuando tuvimos la confirmación, fue la alegría máxima y también la aterrizada de que desde ese día mi vida cambiaría por completo, que empiezas a hipotecar tu existencia por otro. Lo más lindo del mundo, pero una responsabilidad gigante. Entras en la era del miedo porque quieres que no le pase nada a tu hijo, que me tengo que cuidar, que sea una persona feliz, amada, con una vida fácil. Me vino una mezcla de felicidad con aprensión…

—Y su teoría del desapego se le desarmó por completo.

—Para mí lo más difícil de practicar el desapego es con los afectos, en no querer que les pase algo malo a los tuyos. Sigo pensando, sintiendo y pidiendo que si le tiene que ocurrir algo a uno de ellos, que me pase a mí; quizá porque siento que yo me la puedo. Prefiero mi dolor que el de gente que quiero, y en eso un hijo es la representación máxima. Me puse en el escenario de que podía perderlo como ocurre mucho antes de los tres meses, y repetía como un mantra: “gracias, perdón, te amo”, como diciendo si no va a ser, lo entrego y lo agradezco porque al menos ya sé que pude quedar embarazada. Es súper difícil, sin embargo, fui consciente, si no te dejas dominar por el miedo y la angustia.

—Pero tampoco ha tenido un embarazo fácil.

—En lo místico ha sido maravilloso; en lo físico, ¡terrible! Para muchas amigas es el estado perfecto, desde mi séptima semana dejó de serlo: con mucho malestar, incluso tuve que pincharme y tomar remedios. Desde ahí en adelante te diría he estado mareada todos los días, ¡y no se me ha pasado! También me dio prurito, una especie de urticaria en la piel que no me deja dormir, y lo que nunca, he tenido que hacer dietas, porque de mirar la comida, ¡ya engordo! Además, he debido hacer reposo por prevención; tengo el cuello uterino corto que puede generar parto prematuro, que desde la semana 26 estoy tratando con hormonas. No ha habido necesidad de hospitalizarme aún como les pasa a algunas mujeres.

Wp-fernanda-hansen-embarazo-450

—Y su columna, ¿cómo ha reaccionado?

—Increíble, me ha molestado todo menos la espalda. También hacer reposo ha facilitado que no me duela. Fui muy matea, hice kinesiología los tres primeros meses para fortalecer esa zona. En mi último control salió todo bien, sólo tengo que hacer ¡más reposo aún! Me permiten solo una actividad diaria… Pero estoy tan acostumbrada, llevo cuatro operaciones a la columna, en la primera estuve seis meses en cama; en la segunda, un mes; en la tercera, otros tres, entonces raya para la suma, ¡soy experta en reposo!

—¿Y este tiempo cómo lo aprovechas?

—Veo series, estoy seca para ejecutar cosas por internet. Es fome, sin duda, pero tengo la opción de mirarlo como una condena o como una oportunidad. Si tengo que hacerlo, no me amargo, al contrario, agradezco la oportunidad de descansar, de estar más con mi marido, con sus niños, preocuparme de la casa y de mirar cosas para la llegada de mi gorda.

—¿Le costó esta vez entrar a depender de su marido?

—No, ese ejercicio de humildad —que me costó entender—, lo experimenté por primera vez cuando me caí del caballo. Siempre he dicho que me quebré el eje de mi vida, en que tuve que rearmarme física, sicológica y espiritualmente. De ser una mujer de 30 que vivía sola, independiente, con una súper pega, tuve que regresar a la casa de mi mamá, y de ella dependía hasta para ir al baño. Tuve que soltar el control —porque todo cambia en un segundo—, y aferrarme a lo que tenía. Y sí, fue atroz, me deprimí, sentí rabia, rebeldía, angustia, pero después entendí que la vida no es para estar solo, la construcción de lazos y afectos es lo más importante, y que no hay nada de malo en pedir ayuda a otros. Rodrigo ya está entrenado, el año pasado me operaron dos veces de la columna, él es lo más solidario y generoso que hay.

—¿Cómo lo ve ante la llegada de esta nueva hija?

—Está chocho, como es más grande y tiene dos hijos, a Amalia la ve casi como nieta (ríe). Rodrigo es un hombre muy tierno, regalón, me consiente en todo; juntos nos imaginamos a esta niña. Yo quería una mujer, hay una cosa media chancleta en mi familia, por lo mismo tengo una bonita empatía con el género femenino, con su sicología más enrollada. Además, como no sé si será mi única hija, con una mujer ya tenía la compañera, amiga y cómplice. Con ella proyecto la relación que tengo con mi mamá.

—Más allá de no pretender proyectarse, ¿usted quiere más hijos?

—Quiero tener el primero y ver qué pasa. Pretendo vivir este proceso, tener mi guagua, regalonearla, darle papa harto tiempo, y si todo se da bien y si se puede, tal vez venga otro. Estoy en una etapa de mucha paz, entrega, con mucha capacidad de amar y con la madurez para entender el sacrificio que conlleva ser madre, y también que un hijo es una vida prestada. El debe armar su propio camino, y uno ser el soporte y herramienta para que sea feliz.

—¿Qué pasa con la capacidad de soñar cuando tiene marcado a fuego no proyectarse?

—Tengo sueños, pero sin ansiedad. Me encantaría, por ejemplo, seguir viajando, conocer hartas partes del mundo pero si no se puede, ¡no se puede nomás! Sueño con que la Amalia sea inmensamente feliz, que no tenga dificultades ni grandes dolores, pero si no, ahí estaré para apoyarla. Son más que nada aspiraciones… Hoy ya no anhelo tener una casa grande, ni el mejor trabajo. Soy súper consciente de que la vida es un regalo y de que uno es responsable de su felicidad; de que no hay que tenerlo todo para ser feliz. 

Aunque extraña trabajar, aún Fernanda no tiene claro en qué momento volver y hacia dónde apuntar su carrera: si retomar su rol de conductora, de periodista o de actriz; faceta que desarrolló el último tiempo tras hacer un curso en la academia de Fernando González. Mientras, hace algunos pitutos de cuando en vez, como animar eventos, dar charlas en seminarios sobre resiliencia o participar en campañas o videos publicitarios. “Hay veces que me dan ganas de seguir en TV; me gusta comunicar, el histrionismo y siento que tengo facilidad, que me sale natural. Pero estoy en la parada de estar atenta a lo que la vida me va ofreciendo, que no es siempre lo que uno quiere. Dejar que las cosas tomen su curso me ha llevado a no frustrarme”.

Para Hansen, la actual crisis televisiva pasa por la evolución de la tecnología y de las comunicaciones, en que la gente hoy opta por lo que quiere ver. Por eso cree que el camino de la TV abierta debiera ser más de nicho, con programas más específicos. “Por lo mismo ya no existen los ‘Don Franciscos’, esos rostros emblemáticos, porque hay mucha más diversidad y alternativas. Aunque también veo una tendencia a la ‘vaca lechera’, en cuanto a que si un programa o serie da resultado, todos los canales apelan a eso y estrujan la vaca hasta el final. No sé qué está pasando con la parte creativa, nadie se arriesga. Ahora, es re fácil hablar desde afuera porque es una industria complicada, con una competencia salvaje”.

—¿Estaría dispuesta a someterse a ese sistema tan estresante?

—Tengo lindos recuerdos, estoy agradecida de la televisión, de todo lo que me dio. Creo que depende mucho de cómo uno se toma las cosas, si la tele se vuelve tu vida, claro que es frustrante marcar 4 puntos. Hay que entender que esto es cíclico, de ahí la importancia de la perseverancia y de hacer un trabajo fidedigno contigo y con la gente, porque al final uno no es la protagonista, sino un simple canal que entrega un mensaje. Mi fracaso en TV fue personal, un aspecto de mi vida, no mi vida entera.

—¿Siente que fracasó?

—O sea, me echaron de Canal 13 porque al matinal le fue pésimo, no les fue ni me fue bien. Pero no es tan terrible, me apena haberle fallado al público, no entregarle lo que quería. Ahora tampoco puedes crucificarte ni inmolarte porque la responsabilidad es compartida. Por lo mismo, si vuelvo, no me gustaría un rol de primera línea, sino ser un aporte, colaborar en una sección, porque el ‘rostro’ debe estar dispuesto a que el canal te ponga donde quiera; y lo que te tocó, ¡te tocó! No me gustaría estar en un espacio en que me sienta traicionándome. Intento ser un aporte, transmitir, que mis procesos o testimonios de rehabilitación, de meditación les sirvan a otros. Te prometo que se me quita la rabia que me persigan hasta el mall o en un matrimonio cuando una señora en la calle me dice “Fernandita, me ayudaron tanto sus palabras”. O cuando alguien que se quebró la columna me pide algunos tips. Ser público te permite ser un canal en distintas situaciones, y esa utilidad me llena el alma. Por eso sigo dando entrevistas y teniendo apariciones esporádicas, para ser una voz de ayuda, empatía y afinidad.

Wp-fernanda-hansen-byn-450

—En ese contexto debe ser valioso su testimonio de alguien que perdió a su pareja. Se cumplieron cuatro años del accidente de Juan Fernández y de la muerte de Felipe Camiroaga, ¿cómo ve ese episodio a la distancia?

—Siempre he dicho que lo que viví en una cierta época lo meto todo en una misma juguera. Sobre la especificidad que me preguntas, no lo hablo.

—¿Por qué decidió no hablar más de Felipe?

—Por respeto a él y porque lo que yo diga es materia utilizable, se faranduliza altiro. No corresponde, no me hace sentir bien ni me acomoda. 

—Pero hay un testimonio ahí de superar una situación difícil que al público, y no sólo a los seguidores de Felipe, le interesa conocer.

—Como te decía, pongo todo en una juguera, porque fueron varios años y distintos eventos de dolor. ¿Cómo salí de eso?, se ha ido dando; definitivamente el tiempo es el mejor aliado. Siempre pongo el punto de inicio desde que me caí del caballo, luego la pérdida de mi trabajo, el fracaso del matinal… El tiempo todo lo sana, lo pone en un cierto lugar, y puedo decirte que hoy soy una mujer feliz. La felicidad tiene que ver con la paz, con estar tranquila, en línea con lo que eres y lo que sientes. Agradezco lo que tengo y no reparo en lo que me falta. Estar en paz es despertarme al lado de mi marido a quien amo profundamente, tener a mi familia bien, contar con amigos, un techo, comida y traer al mundo a esta niña maravillosa.