Vesta Lugg (22) llegó hace unas semanas a la redacción para vender su mejor producto: ella. Antes de la reunión fue fácil adivinar que venía en camino. Su Instagram stories la mostró en la entrada del edificio primero, y en el ascensor después. Enfundada en un vestido de cuero negro lleno de cierres, con las uñas verdes en punta y el pelo atado, dejó sus dos celulares sobre el escritorio y se sentó a exponer sus razones. Mira con timidez, suspira y dice que está sólida para aspirar a su primera portada en CARAS.

Que se instalará en Nueva York, que su agencia será People Store, la misma que en algún minuto representó a Dakota Fanning, que no tiene límites cuando se trata de música y que su norte es tener una sesión de estudio con Neon Hitch y… algún día grabar un disco con ella. O filmar una película con Marvel, ojalá en el papel de una poderosa villana. Hasta parece estar vestida para el personaje en cuestión. Suena convincente. Pero omite que está lista para confesar —lo hará después— el secreto que guarda desde hace siete años. Uno que la hará llorar, enmudecer y obligará a interrumpir esta entrevista… Se sabe una instant celebrity. Se mueve con un fashion squad como también lo hacen Chiara Ferragni o Kylie Jenner.

Un equipo reducido que se repite en casi todos sus trabajos: una empeñosa publicista, un estilista capaz de patear la ciudad hasta conseguir la ropa perfecta y si no mandarla a hacer, un maquillador que no requiere órdenes porque sabe lo que necesita su musa y algún amigo que llega simplemente para adularla.

Ni las grandes divas de la televisión y el cine local tienen séquitos similares. Las marcas la aman y la persiguen.

Vesta cosecha seguidores con la misma facilidad que una niña recoge flores silvestres en el campo. Lo suyo es grito y like. Y ahí radica su superpoder. Días después el sueño de Vesta comienza a hacerse realidad. La entrada al estudio no es de diva ni triunfal, sino más bien sigilosa. Está cansada. Terminó de trabajar en la madrugada y se despertó a las pocas horas para ir al gimnasio, como cada día. Su piel está completamente irritada, pero la rojez desaparece tras una capa de maquillaje. Y mientras la cara y el pelo se ordenan, surge el personaje que muchos aman y otros odian.

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En cuestión de minutos se convierte en una estrella que irradia energía seductora; una auténtica bestia millennial: “Soy una mujer curiosa, con ganas de probar y explorar facetas. Me gusta trabajar con gente que saca cosas distintas de mí. Es muy difícil dejar de pensar constantemente en lo que estoy haciendo pública o artísticamente. Me cuesta bajar la coraza, desenchufar el switch”.

—¿Qué hizo necesaria esa coraza?

—Crecí en TV, tengo una familia maravillosa, mis padres trabajan conmigo, pero tuve que vivir dos vidas. Iba al colegio (Santiago College) de lunes a viernes, pero viernes, sábado y domingo era una adulta. Me desencajaba mucho tener que llegar al lunes y volver a ser una niña de 12 años… Eso te fuerza a temprana edad, hace saltarte una etapa y es lo que forma la coraza.

—¿En el colegio eras la rara, la famosa…?

—Era un colegio tradicional en el que no era muy bien visto estar en TV. Además, ellos esperaban de mí un desarrollo académico, que fuera deportista y yo nunca pude hacer eso porque tenía un contrato con un canal. No lo pasaba bien porque no me sentía igual a mis compañeros, a mis profesores.

—¿Te hacían sentir rara por esta inclinación artística?

—No, pero no había espacio para ese tipo de personas, entonces yo me esforzaba por encajar en lugares que no eran los míos. Nació en Ottawa, Canadá. Llegó a Santiago con tres años por el trabajo de su papá Chuck, ingeniero marítimo (hoy su manager) y la sensación de pertenencia fue inmediata. Era la extranjera, la melliza dispersa de Bevan, el alumno brillante. La única que llamaba a su mamá por su nombre: Bárbara. Le pusieron Vesta no en homenaje a la diosa romana de la fidelidad y la casa, sino por una mascota.

“Mis padres son pololos desde los 15 y cuando ella se fue a estudiar afuera, mi papá le regaló un perro para que no lo pateara. Y mi mamá le puso Vesta. Dos años después de que la perrita muriera nací yo”. Su carrera partió a los siete años cuando participó en un casting. Siempre estuvo en los shows de talentos del colegio bailando y cantando. “Cuando nos vinimos a Chile mi madre no hablaba el idioma, dejó su trabajo y se dedicó a ser madre e incentivar mi lado creativo”.

A los 11 años entró a la serie de Mega BKN —que se exhibió entre 2004 y 2012, con 295 capítulos— donde personificó a Brenda Hilton, una niña que originalmente sería un personaje menor, pero se quedó hasta el final. Entonces participó de varias giras nacionales, grabó dos discos junto a sus compañeros de elenco y creció de golpe.

“Fue una etapa súper difícil, crecí muy rápido, viví y vi cosas que una niña no tendría que haber vivido…”.

—¿De qué hablas?

—Del consumo de drogas y alcohol. Se me ofreció drogas y alcohol a temprana edad. Realmente no consumo ningún tipo de sustancias, no fumo marihuana ni nada, sé que es algo aceptado en mi generación, pero no es justo que te lo ofrezcan a los 12 años, menos gente que tú admiras, compañeros de elenco que eran mis referentes. Ellos me invitaban a sus fiestas… se les olvidaba que yo era niña.

—¿En ese mundo sufriste algún tipo de acoso?

Vesta se queda muda y sus ojos se llenan de lágrimas. Deja escapar un “sí” que apenas se escucha.

—¿Cómo lo enfrentaste, lo resolviste?

—Creo que no lo resolví. Eramos un elenco que viajaba mucho sin supervisión paterna. Nos íbamos de gira con la banda que tenía la serie. Y cuando se junta el mundo de la tele con la música en fiestas y situaciones nocturnas puede pasar casi cualquier cosa… Así, como a los 14, 15, me tocó que hombres maduros se fijaran en mí, se insinuaran, algo que nunca fue correspondido de mi parte.

—¿Qué ocurrió?

—Después de un concierto, un personaje maduro se metió en mi pieza y se fue encima mío. En un principio me paralicé, estaba sola… (Interrumpe el relato y comienza a llorar…). “Es que nunca he contado esto”, se disculpa por no seguir hablando. Tras unos minutos retoma: —Me puso en la cama, se subió sobre mí y empezó a sacarme la ropa. En un principio no pude ni supe cómo moverme, estaba paralizada. Entonces uno de mis compañeros de elenco entró a verme porque en ese minuto éramos pareja, y lo sacó…

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—¿Qué hiciste, le dijiste a tu mamá… lo enfrentaste?

—Me lo guardé y seguí trabajando varios años con él. Entonces no pude hacer nada, no encontré la fuerza. Pero hoy si tuviese que decirle a la Vesta de ocho años atrás, y si hay mujeres que están leyendo esta entrevista y viven una situación que no debería estar pasando, lo primero que les aconsejo es que pidan ayuda.

—¿Por qué lo callaste tanto tiempo?

—Porque nunca he querido la atención, no quería victimizarse. Pero hoy solo quiero decirles a las mujeres que no se callen.

—Podrías haber hablado con tus padres.

—Ellos lo saben hace un tiempo y conocen quién es. Lo que pasó fue algo aislado y nunca he usado una situación negativa para obtener una entrevista o un trabajo y esto que estoy contando ahora no es para que la gente sienta pena por mi. Antes no había sido el minuto para compartirlo. Es la primera vez que se muestra frágil, dispuesta a repasar el lado oscuro y pantanoso que tuvo que atravesar antes de convertirse en la influencer chilena con más proyección internacional. La mujer que hoy posa con un cuerpo fit fue una adolescente insegura.

“Hubo oportunidades en las que me exigieron casi por contrato que tenía que bajar de peso. Y a los 15 años que te digan eso no es trivial porque daña la autoestima y es fácil asustarse, mirarte al espejo y no sentirte orgullosa. Por suerte mi madre se aseguró de que lo hiciera de forma saludable. Ahí me enamoré del running”.

—¿En algún momento quisiste irte de la TV?

—No. Me costó, me botó al piso, me escupió un par de veces, pero nunca he sido de las personas que dejan las cosas a medias. A la larga me fortaleció. El programa finalizó en 2012, el mismo año en que Vesta salió del colegio y cumplió 18 años. Pasó de tener ocupado de lunes a lunes a estar sin planes. “No supe cómo canalizar las ganas de hacer cosas. Ahora miro para atrás y sé que quería crear, comunicar”.

Entonces decidió irse a vivir sola y estudiar actuación en la academia Lewis Baumander en Toronto. “En mi familia no fue tema. Mi papá se fue a los 15 de su casa y mi mamá a los 17. Estuve un año y medio aprendiendo cosas que nadie me enseñó, como pagar los gastos en otro país, abrir una cuenta de un banco, cocinar… tuve la oportunidad de crecer como mujer”.

Hace dos años sus padres vendieron la casa donde Vesta creció en Lo Barnechea y regresaron a Ottawa. Su mellizo, que hoy estudia sicología y ciencias de la computación, se instaló en Vancouver. Sin embargo, ella después de años de viajes y destinos, cuando le preguntan de dónde es dice “chilena” a pesar de que recién en octubre pasado le dieron la nacionalidad.

“Siento que mi casa está acá. No tengo vínculos sentimentales ni físicos en otra parte del mundo. Debe ser porque acá está mi infancia, mi patio, el lugar donde jugaba. Chile me trae calma. Me siento en paz”, señala. Su ida de la casa coincidió con el auge de las redes sociales. Ahí, se sitúa el origen de la bestia… Una criatura que se mueve sin miedo y genera reacciones antagónicas pero nunca indiferencia.

“Cuando me fui a vivir fuera mi papá me regaló una cámara Go pro y partí grabando mis viajes, mis idas al supermercado, a documentar lo que estaba haciendo. Comencé a subirlos a YouTube y empezaron a tener miles y miles de reproducciones. La gente los compartía, comentaba y ¡Bum! Eso se traspasó a Instagram y a todas las otras plataformas y la gente se dentificó conmigo”. Hoy suma casi un millón de followers.

—¿En qué momento explotó?

—El 2014, cuando regresé a Chile a grabar Blood sugar baby, de Igal Weitzman, con Carolina Parsons y Peter Rock. Me empezaron a invitar a eventos con el equipo y yo siempre tenía un look un poquito distinto a mis compañeros, más alocado. Me llamaron para Maldita moda (CHV) y ahí se dio la unión entre los eventos sociales, la moda, la televisión…, Instagram agarró vuelo.

—¿Cómo te defines: actriz, cantante?

—Una artista. Me he enamorado de la música y la actuación, son cosas que he hecho desde chica. Estudié tres años en el Instituto Pro Jazz (desde los 15 a los 18 años) y ahora, cada vez que estoy en Chile hago coachig vocal. En 2014 lanzó su carrera musical con Problem Child, el single que se convirtió, a dos semanas de su lanzamiento, en una de las 50 canciones más viralizadas según Spotify Chile y en menos de una semana alcanzó más de 300 mil reproducciones. El primer semestre del 2016 publicó Estrellas, primer EP musical, que incluye Touch Me, Estrellas, entre otros temas y hoy está grabando su segundo disco, del que lanzó el single Turn off the lights con un video que causó revuelo por su desnudo.

—¿Por qué lo hiciste, fue una manera de provocar?

—Porque puedo, porque soy mujer y éste es el cuerpo que tengo. Tampoco quiero ser la chica sexy. Mostrarme así no me hace ser menos inteligente… se puede ser las dos cosas ¿o no? No es excluyente.

Lleva una vida itinerante. Hace poco menos de un año partió a Atlanta con una visa de artista para intentar hacer carrera en Estados Unidos. Y aunque aún no ha pegado el salto, decidió doblar la apuesta para instalarse en Nueva York desde donde quiere catapultar su carrera.

Por lo pronto, estará junto a la argentina Lali Espósito en el teatro Teletón y su entorno mantiene conversasiones con importantes discográficas internacionales. “Estoy focalizada en actuación con cámaras, luces, textos, silencios. La ciencia de cómo conseguir un trabajo dentro de la industria americana donde no alcanza solamente con ser talentoso porque hay millones de otros factores, hay que saber cómo audicionar, tener reuniones con productores y directores, leerse un guión… Sería ideal llegar a Broadway. Poder incorporar el baile, la actuación y el canto es el sueño de muchos artistas y una de las razones por las cuales me estoy yendo a vivir a Estados Unidos”.

—¿En esta vida nómada hay espacio para el amor?

—No me gusta hablar de eso por respeto a las otras personas. Yo vengo a un set y las luces y las cámaras me provocan maripositas, es el equivalente a cuando mis amigas me dicen ‘me escribió la persona que me gusta, o me invitaron a salir’. Quizá tengo ese lado muy poco estimulado en mi vida, pero lo que a mí me provoca un incendio son las cámaras, las luces.

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—¿Eso aleja a los hombres?

—Acerca a algunos y aleja a otros, pero a los que acerca no creo que sea por los motivos correctos.

—Tus canciones hablan de desamor y para ello tiene que haber existido una relación importante…

—Sí, obviamente me he enamorado y fue lindo y fue duro, drástico e intenso. Pero no tengo la intención de enamorarme por un buen rato.

—¿Eso es algo que se elige?

—Yo creo que sí, que uno puede estar súper concentrada con seguir una dirección y decidida nomás. La gente espera que diga que quiero casarme, que me veo con hijos y no me veo así.

—¿Cómo ves tu futuro entonces?

—Viviendo entre Europa y Chile, trabajando en EE.UU., ojalá con una carrera que me haga sentir orgullosa de todo el sacrificio.

—¿A quién imaginas a tu lado?

—Tengo una perspectiva muy abierta con respecto a la vida en pareja donde las reglas se basan en la individualidad. Que no necesariamente son exclusivas, que son adaptables al cambio, a la vida moderna.

—¿Eso incluye la fidelidad?

—Pero entendida de otra manera, con tal de ser honestos, no creo que haya dificultad en tener más de una pareja.

—¿En este pensamiento caben distintos tipos de sexualidades?

—Por supuesto, todos lo viven de forma distinta. Personalmente no tengo ningún compromiso con las relaciones exclusivas. No me siento atraída por la exclusividad.

—¿Con hombres, mujeres…?

—Es que los tiempos están cambiando.

—Tu generación es heterocuriosa…

—Sí, pero estoy muy clara con mi sexualidad, he estado con hombres. Ahora si el día de mañana se despierta una curiosidad en mí, se despertará. Hasta el minuto no. Tengo mi sexualidad muy identificada y muy desarrollada. Logro diferenciarla de lo emocional. Ese es el problema con los hombres latinos, prefieren la exclusividad y estar vinculados emocionalmente a la hora de tener una vida sexual, pero no es mi caso.

Sin límites, como un animal salvaje. La bestia millennial está lista para comerse al mundo. Y transmitirlo en vivo.