Uno de los grandes momentos del pop universal ocurrió en 1983 cuando Paul McCartney y Michael Jackson lanzaron como dupla la canción Say, Say, Say. 

Tan importante como la música fue el video promocional que mostraba a las dos estrellas como timadores de poca monta recorriendo los pueblos del oeste norteamericano. Vendían un tónico que prometía fortaleza y salud. Un milagro embotellado. Antes de que fueran descubiertos en la trampa, los rufianes lograban escapar con el dinero de los incautos. La historia es sencilla, pero tiene un revés interesante: los que se suponen villanos —el dúo de pillos encarnados por McCartney y Jackson— son los héroes de la aventura. Los estafados, más que víctimas, son los incautos que, presas de su ignorancia, confían en un licuado milagroso; son arrastrados a eso por su propia irracionalidad. Algo de esto hay en el programa En su propia trampa de Canal 13.

El espacio encabezado por el periodista Emilio Sutherland descubre y encara pillos de oficio, ladrones y caraduras que sacan provecho de ciudadanos desprevenidos y confiados. Hombres y mujeres que suplantan profesiones, fingen talentos, simulan trabajos que no han hecho, se disfrazan de pordioseros o se jactan de especialidades de todo tipo para ordeñar el dinero ajeno. Un cajón de sastre en el que cabe una variedad de caraduras inagotable. Un caso repetido es el de los brujos. Aquí es donde surge el primer problema, porque cuando el timador más que engañar lo que hace es satisfacer el ansia de alguien que sencillamente anula todo ejercicio crítico, no se puede hablar exactamente de una estafa. Quienes buscan, en la plenitud de sus facultades y con la escolaridad básica cursada, la sanación por pases mágicos no pueden alegar el reembolso de los servicios insatisfactorios. ¿Hay brujos reales y brujos falsos? ¿Es posible exigirle rigor a un cazafantasmas? ¿Se puede denunciar a un tarotista por una predicción incumplida? ¿Quién es el responsable de que un enfermo no tenga acceso a más tratamiento contra el cáncer que un tónico sospechoso? 

Esa es solo una de las debilidades del programa. Quizá la menos significativa. 

El mayor problema de En su propia trampa es que transforma el periodismo en un espectáculo en sí mismo, o más bien, sugiere que lo que estamos viendo es periodismo y servicio público y no un mero desquite televisado. Algo más parecido a programas como Cheaters o Manos al Fuego que a Contacto. En su propia trampa termina por torcer el rol del oficio, su ámbito de acción, difuminando los límites que hay entre justicia y revancha, entre civilización y barbarie. Timar al pillo y organizar la vendetta es una golosina masticable de alto rating y escaso aporte. El costo que alcanza, sin embargo, es menos ruidoso, nada de dulce y se paga en el largo plazo en una cuenta intangible, una cuenta en donde la popularidad es inversamente proporcional al respeto profesional y ético cosechado.