Todo indica que la sociedad entre Netflix y la industria audiovisual española está rindiendo buenos frutos. La serie Elite es la muestra más reciente de la inesperada popularidad que han logrado de este lado del Atlántico las producciones de la península disponibles en la plataforma de streaming. En este caso hay un elemento que la distingue de Paquita Salas o Las chicas del cable: es un producto expresamente ideado para un público adolescente, con las clásicas claves del género que pueden encontrarse desde Beverly Hills 90210 hasta Gossip girls. Hay una chica guapa y millonaria que guarda un secreto, están los populares, los fanfarrones, zafados y los que sufren en silencio. Hay matonaje escolar, amores imposibles y corazones rotos.

Todo esto no sería muy distinto de otras series sobre conflictos entre escolares, si no fuera porque Elite explora el tema de las diferencias de clase y lo aliña con un misterio policial que atraviesa el relato.

La serie comienza cuando tres estudiantes son becados en un exclusivo colegio situado en el campo, cerca de un pueblo que parece estar consumido por la crisis económica. La beca es una suerte de compensación: los alumnos estudiaban en un liceo que se derrumbó producto de los materiales deficientes que usó el concesionario que levantó el edificio. El constructor del liceo colapsado —un empresario tan rico como turbio— debió enfrentar cargos judiciales y como una manera de lavar su imagen financió la matrícula de un grupo de estudiantes en el mismo colegio donde estudian sus hijos. Hasta allí llegan entonces el hermano de un expresidiario, la hija de inmigrantes musulmanes y una especie de vividor empedernido y gozador. Naturalmente todos ellos se enamoran de su respectivo antagonista millonario.

El choque entre dos mundos produce una fricción de la que surge un abanico de temas: estereotipos religiosos y raciales, la omnipresencia de la droga en sus más diversos formatos, el fantasma del VIH, la delincuencia y la desigualdad. Elite muestra los escombros del Estado del bienestar y el avance del neoliberalismo desde una perspectiva que sería imposible de lograr en una producción norteamericana. Todo en esa clave de emotividad tenue adicta a la tecnología que caracteriza a la generación millennial, aquellos que crecieron con banda ancha y no conocieron el mundo de los teléfonos fijos. La serie española —que puede ser vista con doblaje mexicano— marca también una especie de patrón en las nuevas producciones de ficción, que tienden a escabullir las historias ambientadas en las grandes ciudades y a buscar refugio en los micromundos de suburbios —en el caso americano— o pueblos en el límite de la ruralidad, en el caso Europeo. A este rasgo habría que sumarle el misterio de una chica muerta, que se hizo casi un deber desde Laura Palmer en adelante.