Parecía tan lejano. De colegiala revisaba las revistas femeninas donde entregaban trucos de cómo cambiar un vestido para que funcionara de la mañana a la noche. Tener siempre a mano ciertos accesorios que lograran la magia. Los artículos no consideraban la pausa, ni volver a la casa para descansar y buscar un nuevo look. Cosa que hacían todas las adultas trabajadoras y universitarias que estaban a mi alrededor.

Hoy veo cómo esas páginas se hacen vivas frente a mis ojos, con mujeres que se rearman en estacionamientos públicos sacando tenidas nuevas de la maleta del auto. También en esas estudiantes que llevan un arsenal de piezas de ropa en sus bolsos y chicas que salen convertidas en otras después del paso por el baño de un mall o gimnasio. Nunca se volvió al clóset. No hubo tiempo.

La misma carencia de adultos se replica en los niños. Salen en la mañana, engordan sin el almuerzo casero ausente en colegios que los tienen raptados hasta media tarde. Y cuando cruzan la puerta de regreso, tienen más tareas. Contar con sol que alumbre para salir a jugar es una patudez. Ya ‘se hizo oscuro’. A entrarse.

Hay grupos que luchan por ese tiempo extra. Por la luz. Por ‘horarios de verano’, aunque no nos corresponda según mandato Greenwich. Cruzadas para que el día alcance.   

Pero hay señales. Esperanza. La semana pasada Canal 13 acortó el horario de sus noticias a una hora. Nos regalan la ilusión de esos tiempos pasados en que el tiempo sí alcanzaba. 

 

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