En un par de años el actual período de la televisión chilena seguramente será descrito como uno de crisis y confusión que trajo consigo consecuencias insólitas. Una de ellas fue la explotación desmedida de programas importados traídos desde Oriente próximo. Una especie de fiebre del oro alimentada por la desesperación de los ejecutivos locales para hacer rentable un negocio que puede desangrar en cosa de semanas hasta el más millonario presupuesto. El éxito de la serie turca Las mil y una noches significó para Mega una tabla de salvación de audiencia y por lo tanto económica. Encumbró sus niveles de sintonía, levantó su noticiero y de paso le brindó un rostro nuevo, el de Halit Ergenç, el actor que encarnaba el personaje de Onur en la serie. La figura Ergenç fue la carnada para que Canal 13 decidiera exhibir El sultán, producción turca basada en la vida del emperador otomano Solimán el magnífico. 

El sultán tiene algo de Los Tudor y otro poco de Dinastía. Por un lado es una serie histórica ambientada en el apogeo del poder de un monarca que, tal como Enrique VIII, tiene una especial debilidad por cambiar de pareja. Debilidad en este caso institucionalizada en el harén. Por otro lado es una exhibición de relaciones de poder, mezcladas con histeria disfrazada de sentimentalismo, que es la manera más frecuente de representar el fenómeno amoroso en la televisión. Un cóctel aderezado con una puesta en escena digna del mejor sueño de Liberace: túnicas, capas, joyas, brillos y tocados sin distinción de sexo. 

Quizás el punto más inquietante de la producción no pertenece al ámbito estrictamente televisivo, sino más bien a un discurso de relaciones de género que se repite una y otra vez en las series turcas. Lo que en Las mil y una noches resultaba curioso y en Qué culpa tiene Fatmagül inquietante, en El sultán cobra ribetes de alarma. La acción y la trama de la serie se concentran en la sumisión violenta y sistemática de las mujeres frente a la figura masculina. De hecho, la importancia del rol de las mujeres de la historia está determinada por su capacidad para ser fertilizadas por un hombre importante. El paso de esclava a sultana depende de una noche de sexo con resultados reproductivos. Esta estructura lejos de ser cuestionada por la heroína —una esclava rusa que logra ascender por la vía antes descrita— es utilizado y justificado por la misma. El conflicto, por lo tanto, se resume a la sucesiva lucha entre los ejemplares del elenco femenino por obtener el reconocimiento del macho alfa, quien va y viene de una guerra fantasmal con el Occidente infiel. 

El sultán es una suerte de curiosidad etnográfica que seguramente debió ser un éxito en las sociedades más tradicionales de Europa oriental. Aquellas en las que a nadie le extraña si un ministro de gobierno declara que la maternidad es la única carrera para las mujeres. Tal como lo hizo el ministro de salud de Turquía hace algún tiempo.