La otra noche me quedé pegada frente al televisor. No podía dejar de mirar con ojos pecadores al sultán, interpretado por el actor turco Halit Ergenc (Onur).

Para que mi marido no notara mi acaloramiento, me hice la interesada en los elementos históricos de la serie. “¡Menos mal que ganamos nosotros los cristianos, los católicos, los buenos”!, le comenté a José Ignacio como quien no quiere la cosa.

¡Hipócrita de mí!, la verdad es que estaba como poseída por una lujuria otomana, tan exótica como cruel; tanto así, que me dieron ganas de ser una concubina, una cualquiera, y que Suleimán el Magnífico me convirtiera por un rato en su favorita. No aspiraba a ser la sultana de la historia. Me conformaba con una poquita cosa, algo así como transformarme en una esclava del placer.

Mi marido, ahí al lado, ni siquiera se enteró de mis comentarios (menos de mis infieles intenciones) porque él estaba concentrado en sus propias maldades, es decir, en las pechugas deHurrem, la colorina que se convirtió en la amada del emperador.

Volví a mirar a mi esposo y no pude evitar compararlo con el galán de la pantalla. Y, para empeorar las cosas, imaginé cómo se vería en el rol de un rey pagano, rodeado de una multitud de hermosas mujeres.

De más está decir que mi comparación tuvo el mismo efecto que el truco que usan los adolescentes (pensar en su abuelita en ropa interior) cuando quieren disimular algún reflejo inoportuno. 

Y entonces, ya con la cabeza fría, reflexioné ¿cuál es el secreto erótico de El Sultán? ¿Por qué la mayoría de los hombres no califica para el papel?

Para responder esta pregunta hay que partir aceptando que no somos una especie ciento por ciento monógama. Según el escritor y ganador del PulitzerJared Diamond, el dato de que los hombres son ligeramente más grandes en tamaño que las mujeres, confirma que también somos una raza levemente polígama. Lo que ocurre es que en la naturaleza animal, entre más pronunciado es el dimorfismo sexual en una especie (diferencia de porte según el sexo), más evidente es la tendencia de los machos a reunir una gran cantidad de hembras para procrear y transmitir sus genes. Los lobos marinos, por ejemplo, donde los ejemplares masculinos son mucho más grandes que las lobitas, suelen tener harenes tumultuosos, que harían palidecer al del mismísimo Suleimán. Pero no la tienen nada de fácil ni los lobos de mar, ni los gallos, ni cualquier animal que quiera un regimiento de odaliscas, porque para mantener a sus esposas deben estar constantemente probando que son los más fuertes y capaces. En el reino de la poligamia, los débiles están condenados a llevar una vida célibe, sin sexo.

Esta ley del gallinero también sirve para los humanos, aunque en cierto momento de nuestra historia evolutiva, el tamaño y la fuerza bruta dejaron de ser tan importantes en favor de la inteligencia y de la personalidad o —si se quiere poner más cínicamente— del dinero y del poder. Y, claro, El Sultán representa todo esto y mucho más.

Alguna vez leí, en un artículo titulado: “La políticamente incorrecta verdad sobre la naturaleza humana”, que la mayoría de las mujeres se benefician de la poligamia, mientras que la enormidad de los hombres (contra todo lo que sus grandes egos pudiesen pensar) se favorecen de la monogamia.

¿Por qué?

Porque en las sociedades con un alto grado de desigualdad —y este sería el caso de las chilenas— ‘el harén’ otorga a las esposas la posibilidad de compartir la fortuna de un hombre rico, mientras que si se encuentran en un régimen monógamo, la mayor parte está condenada a ‘pelar el ajo’ al lado de un hombre pobre, sin ni uno.

Al revés, la monogamia garantiza que cada hombre pueda tener su mujercita, a pesar de su escaso patrimonio o atractivo.

Suena brutal, pero estoy dando argumentos de las ciencias sociales y de la sicología evolutiva.

 Pues bien, en estos fríos pensamientos de mercado me encontraba cuando otra vez apareció en pantalla el estupendo actor turco y me volvió el calor al cuerpo. Y justo mi marido tiene la mala ocurrencia de hacer el típico comentario del chileno con cero autocrítica: “La suerte del sultán. Deberíamos volver a la poligamia, ¿qué crees, mi amor?”, dijo haciéndose el chistoso.

Preferí callar, de pura cristiana que soy.