El pelo largo, rubio, la mirada oculta bajo un par de anteojos vintage, en el más absoluto bajo perfil, Josefina Montané (26) se instala en la única mesa disponible, en la esquina de una cafetería a pocas cuadras de su nuevo departamento en Vitacura. De inmediato es reconocida por un par de mujeres que advierten su presencia y comentan bajando la voz. Ella, ajena al revuelo, se concentra en la taza de café que llega humeante hasta su mesa.

Difícil pasar inadvertida para una mujer que hace sólo dos años se convirtió en estrella de televisión y que ya es rostro de dos conocidas marcas comerciales: L’Oréal y Paris. Para esta última estuvo grabando en Londres su nueva campaña publicitaria. “Me encantó. Mucha gente dice que los londinenses son cuadrados, pero es gente directa, que dice las cosas tal cual, muy ordenados y esquematizados. Lamentablemente no tuve tiempo para recorrer. Así son mis viajes…”, comenta encogiéndose de hombros.

Pocas personas podrían contar con la explosiva carrera de esta actriz que en realidad no es actriz, de esta diseñadora gráfica que nunca se tituló pero que dibuja como los dioses y que cada vez que puede se concentra en las páginas de su croquera, mientras espera su turno para las escenas de la que es ya su cuarta producción dramática para Canal 13, Mi querido dilema, que se estrenará en el segundo semestre, y que también es su debut en el horario vespertino. Una mujer que, a pesar de este repentino éxito, de muy niña creció como la más introvertida de sus hermanas y para quien su motor no fue la libertad sino el miedo. “Siempre fui muy tímida, temerosa. Pero de a poco cambié. No me quedó otra…”, reconoce. 

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Cuando grabó para la primera temporada de Soltera otra vez, Josefina no sabía a lo que iba. Venía de un mundo totalmente distinto; entre los 14 y los 20 años trabajó como modelo para Elite y nunca midió las consecuencias de lo que eso significaba. “Sólo quería ser actriz, soñaba con eso desde muy chica; en cuarto medio dije: ‘voy a estudiar teatro’, pero nunca me atreví… Es que en la escuela se te exige explorar en tus emociones, sentimientos y yo estaba lejos de sentirme preparada”. 

Hija de una familia tradicional y católica, la tercera de las cinco hermanas Montané Anwandter estudió en el Colegio Apoquindo. Fue elegida dos veces mejor compañera. Y aunque sus notas no eran sobresalientes, acumuló varias medallas en los campeonatos de atletismo y gimnasia olímpica. Su belleza, más que un regalo fue una especie de castigo y vivió de cerca el bullying. “Siempre ha sido un tema para mí. Me ha costado aceptarme como una mujer bonita. Cuando estaba en el colegio, en los cursos de más arriba me tenían en todas las listas negras. Claro, era envidia, pero me atormentaba: ‘¿Mi belleza será algo bueno o algo malo?’, me preguntaba. Me costó asumirme; siempre lo he visto como una carga. Luego comencé a utilizar esa imagen para transmitir mi mundo interior. Ahí está la verdadera belleza, en cómo sociabilizas, cómo ves la vida. La imagen física dura poco”.

Testigo de esto ha sido la actriz María José Bello, quien conoció a Josefina cuando ambas interpretaban a un par de hermanas en la producción dramática de Canal 13, Las Vegas: “La Pin —como le dicen sus amigas— se mueve por el mundo con el pudor de ser tan guapa; sabe que por ser linda genera anticuerpos y tiene muy claro que las mujeres son envidiosas… Por eso trata de pasar piola, sin llamar mucho la atención”. Y agrega: “Es que a veces cuesta que alguien te caiga bien cuando es demasiado linda. Pero la Pin no se cree nada. Todo lo que se pueda esperar malo de ella, no lo tiene. Es humilde, centrada, muy atenta, a pesar de que no tiene por qué conquistar a nadie”.

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Josefina tenía 14 años cuando fue reclutada por Elite. Era el verano de 2002 y la adolescente estaba de vacaciones junto a su familia en Cachagua justo cuando la agencia se encontraba en terreno buscando nuevos rostros. “Pero ella es un poco tímida, le daba vergüenza… Le dije que la iba a llamar en cuanto volviera a Santiago y así fue.”, recuerda María de los Angeles Paul, directora de Elite. La empresaria apostó por Josefina y la llevó a participar del certamen Elite Latino, en el 2004, en República Dominicana. “No ganó, pero fue muy reconocida. Siempre supe que iba a ser un rostro muy comercial y que iba a trabajar mucho. Aunque es súper tímida, silenciosa, de las que no se hace notar, insegura, muy para adentro, le pones una cámara al frente y funciona increíble; tiene un brillo muy especial, algo que muy pocas tienen”, recuerda María de los Angeles. Como modelo siempre fue vista como una joven profesional y responsable, aunque se notaba que no estaba interesada en hacer de los flashes y las pasarelas su profesión. 

Pero a los 20 años su vida dio un giro. Quedó embarazada de su pololo que tenía desde el colegio y empezó una difícil etapa. Debió enfrentar a sus padres —conservadores y católicos—, dejar en pausa sus dos años de estudios en diseño gráfico en la Universidad Diego Portales y tuvo que acostumbrarse a las miradas de su círculo social. “Salí del Apoquindo y mi familia vivía en La Dehesa, es decir, me movía en un ambiente muy enjuiciador que opinaba y decía ‘mira, ahí va la niñita embarazada…’  Pero no me importó, filo con ellos. Era feliz con mi hija y prefería tenerla en mi guata que abortar, algo de lo que siempre he sido contraria”. 

—Este último tiempo han causado impacto las adopciones ilegales atribuidas al sacerdote Gerardo Joannon. Se trataba precisamente de niñas de familias del sector alto que quedaban embarazadas y, como se resistían a abortar, sus padres acordaban entregar a la guagua a otra familia, muchas veces sin que ellas supieran…

—Sí, algo de eso leí, parece sacado de una película… Lo encuentro atroz. Hoy no sé si eso suceda, aunque igual en los colegios católicos se les mete mucho miedo a las niñas si es que quedan embarazadas a temprana edad. Pero eso no va de la mano de entregarte más información, de advertirte de los riesgos, de lo qué significa ser mamá. Por eso muchas quedan esperando guagua en el colegio o la universidad. Hay que informar, no podemos seguir haciéndonos los tontos. 

A Josefina, la noticia de su embarazo la tomó por asalto. Sin embargo, en lugar de ocultarlo, reunió a todas sus amigas y les contó. Al principio la reacción de ellas fue de preocupación. “‘¿Cómo voy a sentirme triste si estoy dando vida? ’—les dijo a sus amigas para calmarlas—. ’Filo con lo que digan, grítenlo a los cuatro vientos, yo también lo seguiré gritando, que se note mi felicidad. Por esta guagua voy a hacer todo’”.

“La Pin fue muy valiente. Para nosotras todo esto fue bien impactante, pero la quisimos y admiramos más por su decisión de contarle de su embarazo a todo el mundo”, dice una de las amigas de la joven, parte del grupo de las catorce, el estrecho círculo de amistad que Josefina mantiene desde el colegio.   

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Tomó el asunto en serio. Hizo oídos sordos a los comentarios. Se volvió impermeable a las críticas. En los veranos se paseaba con su guata de ocho meses por Zapallar, totalmente feliz. “Las señoras me miraban y decían:‘ Ooooh’ ”, cuenta riendo sobre un momento que, en todo caso, no fue tan simple. “Recuerdo que de lo único que me preocupaba cuando sentía las miradas y los juicios, era poner las manos sobre mi guata y pensar: ‘a mi guagua no, a mi guagua no…”.

Finalmente fue mamá, cumplió con uno de sus grandes sueños pero perdió varias de las etapas de una joven de su edad. Mientras criaba a su hija Colomba (hoy de 5 años), siempre al alero de su familia paterna, vio cómo sus amigas viajaban, iban a fiestas y pololeaban. Ella, en cambio, debió vivir las responsabilidades de mujer adulta. A los tres meses de haber tenido a su hija volvió a trabajar como modelo para mantener su independencia económica. “Mis amigas se iban juntas de viaje y yo no podía ir. Sólo una vez partí a Brasil pero no lo pasé bien; echaba demasiado de menos a mi hija”.

Pero su situación emocional se volvió complicada tras la ruptura con el padre de Colomba, con quien pololeó tres años. Habla poco de él, casi no da pistas, sólo asegura que la relación es buena y que siempre se ha mantenido como un papá muy presente. Cuando su hija tenía 9 meses, la historia se terminó. Tras el quiebre Josefina se encerró en su trabajo, en el modelaje y llegó a adelgazar a niveles preocupantes. “Estuvo muy delgada, era evidente que para ella se trataba de una pena muy grande. Lo pasó muy mal, se le notaba en el cuerpo. Además que ella no es de las que exterioriza sus dolores; más bien es reservada, callada, contenida y le cuesta hablar de lo que le pasa. Ella es una mujer muy débil emocionalmente y por eso se protege para no salir dañada”, cuenta un cercano.

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“He sido fuerte, siento que en mi vida he pasado varias cosas que me han hecho madurar, no despacito ni de a poco, como le ocurre a casi todo el mundo, sino que de manera potente: guagua, ¡ta!; teleserie, conocida por todo Chile ¡ta! (y golpea la mesa). Me tocó así y también aprendí que el miedo es una fabricación nuestra. Estoy convencida de que cuando te propones cosas positivas, para allá vas. Si el miedo se interpone puede impedir que consigas tus metas. Entonces, cuando empiezo a sentirlo, digo: ‘¡Para!, esto es creación mía, no lo voy a escuchar, olvídalo, sigue adelante…’ Cuando uno se mentaliza y desea algo de verdad, eso que tanto quieres, finalmente sucede. Me ha pasado, o sea, soy actriz porque fue algo que siempre deseé”. 

De hecho, su ingreso al mundo de la actuación fue un auténtico golpe de suerte. La agencia Elite la presentó en una serie de castings para varias estaciones de TV. La reclutaron en Canal 13 como la conductora de la sección de modas en el debutante matinal Bienvenidos. Pero días antes de que el programa saliera al aire, Josefina renunció. “No me sentía preparada, no me veía en eso. El día que fui a decirles que ya no seguía, apareció Herval Abreu y me ofreció trabajar en teleseries. Pero el momento era tenso y no tuvimos onda. Yo estaba muy nerviosa porque venía de renunciar cuando ellos habían apostado por mí. Llevaba tres meses haciendo ensayos, era fuerte. Le dije a Herval que siempre había querido ser actriz pero no me creyó. Pasó el tiempo y finalmente me contactaron y así llegué a ser Nicole en Soltera otra vez”, dice sobre el personaje de una instructora de yoga más conocida como la flexible, que desde el día de su debut reventó las redes sociales.

La teleserie se convirtió en un hit y su teléfono no paró más. “Nadie me explicó que esto iba a ser tan heavy, que la gente iba a pararme en la calle, que me pedirían fotos, que se iban a interesar en mi vida. Me ponía roja, como soy tímida… Lo pasé pésimo, casi no salía de mi casa, vivía encerrada. Fue una forma de protegerme; no sabía cómo enfrentarlo”.

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Hasta que entendió que tenía que vencer al miedo, que todo lo que estaba viviendo era el precio para cumplir su sueño. “Pensé: ‘estoy haciendo lo que realmente me apasiona y me fascina. Esta es tu realidad, ¡acéptala!, tienes que vivir con ella para el resto de tu vida, ya lo conseguiste y ahora tienes que hacerlo lo mejor posible’. El temor me movilizó”.

Aunque junto con la exposición también tuvo que enfrentar los comentarios, sobre todo en las redes sociales. “Es tremendo el daño que puede hacer la gente detrás de sus computadores; me critican por ser cuica, por no ser actriz, me ven como la rubia tonta. Esas cosas hacen daño, ¿por qué tanta maldad?, ¿de qué les sirve?, ¿pueden dormir tranquilos? Soy frágil y he tenido que aprender a sobrellevarlo. Lo he ido superando, tratando de mostrar que hay cosas más allá de la belleza y lo demuestro en todo lo que hago con sencillez y humildad. El resto que se traguen sus prejuicios”.

Tampoco dejó que la intimidara el no haber estudiado teatro ni contar con la misma preparación y mucho menos la trayectoria que el resto de sus compañeros. “Desde mi primera lectura de guión en Soltera Otra Vez, en vez de asustarme, de temer un posible juicio, dije: ‘me la voy a jugar’. Pero eran quince escenas y no me la pude. Pensaba que todos los atrasos eran por mi culpa, pero no, algunos eran por la iluminación o porque les faltó una caña, por un montón de cosas…”.

La actriz María José Bello es testigo: “Ella no está en la tele sólo por ser hermosa; es trabajadora, muy puntual, responsable, se toma muy en serio su trabajo, le da la vuelta de tuerca a sus personajes”.

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Hoy el mismo grupo de actrices de Las Vegas, con quienes hizo gran amistad, se ha reencontrado en una nueva teleserie —su primera en el horario vespertino—, Mi querido dilema, donde Josefina interpreta por primera vez a una malvada. “Antonia —como se llama su personaje—, es la antagonista. Le gusta la plata porque eso es algo que ella nunca tuvo; es una mujer que no mide las consecuencias de las cosas que hace y va haciéndole zancadillas a la protagonista, que personifica Lorena Bosch”, cuenta. Esta sería su cuarta producción después de Las Vegas y las dos temporadas de Soltera otra vez.

El mundo afectivo es lejos su flanco más vulnerable. Ha conocido de malos amores y también de dolor. “El año pasado estuve bien sola —admite—. Toda mi vida la había pasado acompañada, pero después de mi última relación (con Mario Horton) dije no más, necesito tiempo para mí, para mi hija, para mi familia. No tenía ganas de estar con nadie, ni siquiera de salir a fiestas. Me refugié en mi familia y en mis más cercanos, me dediqué a aprovecharlos y conocerlos bien; también a descubrir qué quiero y qué no, lo que me pone triste, lo que me hace feliz, mis miedos… Me pegué una introspectiva tremenda. Antes no me atrevía a salir sola, pero me obligué a hacerlo, hasta que en una de esas salidas conocí a mi pololo”, dice sobre el modelo y actor Darko Peric, con quien ya lleva varios meses de relación.

No fue el único avance. A fines de 2013 Josefina adquirió un departamento en Vitacura. Ese fue su gran sueño y, al mismo tiempo, la constatación más clara de su paso hacia el mundo adulto e independiente. Junto con su hija Colomba dejaron de vivir en la casa de sus padres. “Lo tenía pensado desde hace tiempo; quería crear mi propio núcleo, con mis propias reglas. Además que me gusta estar conmigo, no me da susto estar sola; contar con un espacio para ser mamá, cocinar juntas. Antes tenía a mis hermanas o a mi mamá, pero ya estoy preparada para hacerme cargo de mi vida y la de Colomba”.

Su etapa como madre soltera no ha sido fácil. Ha tenido que enfrentar duros obstáculos, como cuando el año pasado debió buscar por primera vez un colegio para su hija. “La postulé a tres reconocidas instituciones católicas; ella dio excelentes exámenes pero en todos la rechazaron sólo porque yo no estaba casada con su papá… Fue tremendo, me afectó mucho, lloré sin control, me sentí muy frágil… Por suerte alguien me habló de La Maisonnette, donde la aceptaron encantados, con los brazos abiertos, pero todavía siento dolor, rabia… Aunque al final fue lo mejor”. 

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Con todas estas experiencias su forma de ver la vida también cambió. “Aprendí que no hay una sola manera de ver las cosas, que no todo es como te lo impone Dios, la religión o la culpa. En el mundo conservador hay esquemas que jamás se transgreden: a tal edad te bautizas, a tal edad haces la primera comunión, a tal edad es el sacramento de la confesión, a tal edad te casas, a tal edad tienes hijos… Pero me rebelé y dije ‘¿saben qué más? Mi intuición y lo que yo quiero vale más que un esquema. Si para ser feliz tengo que saltarme todo eso, lo haré. Igual hay una parte mía que no puede negar de sus orígenes: ¡Claro que tuve una formación, una crianza, no puedo desprenderme así tan abruptamente! 

—¿Se libró de la culpa?

—Es que la culpa es algo inconsciente, algo que esta misma sociedad conservadora nos ha inculcado. En mi caso, tuve que lidiar con el prejuicio: ‘¿Cómo, tan chica y haciéndose cargo de una guagua?, ¿podrá?’, decían de mí a mis espaldas. Pero eso mismo me daba fuerzas para desafiarlos y decir: ¡Claro que me la puedo!