La idea de ‘filtración’ es quizás una de las etiquetas más adecuadas para caracterizar la última década. Desde la aparición del sitio Wikileaks en paralelo al desarrollo de las redes sociales más populares —Facebook y Twitter— la sensación es que los ciudadanos comunes han logrado un mayor acceso a la trastienda de las grandes decisiones. Una especie de zona gris a la que por momentos es posible acceder a través de documentos que se suponían secretos o revelaciones de funcionarios desencantados con los torcidos procedimientos de ciertas instituciones. La política volvió a estar de moda en un formato globalizado, tecnológico y contracultural bajo el imperio de la sospecha: algo nos ocultan.

La ansiedad por la supervisión de nuestros representantes políticos ha resucitado los programas de debate de actualidad y denuncia en perjuicio de los clásicos programas de reportajes en profundidad como Informe Especial y Contacto. Tolerancia Cero, El Informante, Estado Nacional, Esto no tiene nombre tienen en común algo, sitúan a los poderosos en un lugar que les era ajeno: el sitial de aquellos que deben rendir cuentas de sus actos. Hay una necesidad persistente de saber cómo se mueven los hilos del poder más allá de nuestras narices. Este clima ha sido propicio para el éxito de la ficción. En esa categoría está el fisgoneo de los interiores de las oficinas publicitarias en donde se creó gran parte de la cultura pop emanada del consumo representada por Mad Men y los entretelones de un noticiero en The Newsroom

El costado más violento es la muestra del poder en estado de guerra. La paranoia de los servicios secretos de Homeland y la oscura fantasía medieval de The Game of Thrones como la representación de las pugnas históricas entre linajes enemigos. Pero sin duda la pieza más sofisticada de la era de la desconfianza política y la suspicacia como forma de vida es House of Cards, en donde cualquier movimiento pareciera tener una doble lectura y todo diálogo un secreto asociado. En esta serie la edad de la desconfianza aparece retratada en todo su esplendor, encarnada en la vida de una pareja con un armario repleto de cadáveres y una carrera política formidable