Diálogos ágiles y agudos —que a veces arrancan carcajadas, otras una sonrisa—, situaciones hilarantes, otras que se detienen en la reflexión dan forma a El Método Kominsky, uno de los mejores inventos de Netflix de este año (producción Warner TV).

Salida de la eficaz mano de Chuck Lorre (Big Bang Theory , Two and a Half Man, Mom), la serie —que tiene tanto de sitcom como de comedia dramática— se lanza con desenfado y humor sobre un asunto que habitualmente es abordado desde el drama y la problemática social: la vejez.

Michael Douglas (con 74 años muy bien llevados) es Sandy Kominsky, un actor que dirige su propia escuela en Hollywood, que bien podría ser la versión adulto mayor de Charlie Harper (Charlie Sheen, Two and a half man). Divorciado tres veces, bastante pagado de sí mismo, Sandy es un egocéntrico sin conciencia de tal pero tampoco sin demasiada ostentación (la edad le está haciendo algo de mella a su seguridad). Para las tareas administrativas y domésticas que demanda la Escuela, cuenta con su hija Mindy, bastante más madura que él.

Su mejor amigo es su agente, Norman (Alan Arkin), un hombre de lengua ácida y escasa paciencia, que vive para su esposa, Eileen, quien enfrenta un cáncer terminal sin perder una pizca de ingenio, elegancia y humor.

En torno a esta amistad —que ha sobrevivido a todo— se construye la historia, donde entran y salen personajes de distinto tonelaje. Desde Alex, el anciano mozo que los atiende donde suelen almorzar, que arrastra los pies y amenaza con derrumbar los tragos en la bandeja, hasta la incontrolable Phoebe (Lisa Edelstein), hija de Norman y Eileen, pasando por los alumnos de la Escuela, entre ellos, Lisa (Nancy Travis).

De los 8 episodios hay unos francamente graciosos —los dos primeros, sin ir más lejos— donde aparecen artistas como Jay Leno o más adelante Elliot Gould.

Punto aparte es el dedicado a la próstata (sí, eso mismo) con un inverosímil especialista encarnado por Danny De Vito.

En todos se filtra el temor a la muerte, la soledad y a lo que queda de vejez, algo que no se termina de asumir del todo si no es por el efecto espejo: cómo son mirados por los más jóvenes, que para el caso, es casi todo el mundo. La escena de la plaza arroja luces sobre un aspecto insospechado por tipos de buena vida como Sandy.

Todo siempre en un tono que nunca baja a la melancolía.

El método Kominsky no hace sorna de la vejez ni juega a la compasión. Es una mirada desde aquellos hombres que van en la última curva de la vida pero que están activos y mantienen cierta cuota de poder.

Desde esa perspectiva, lo que termina ocurriendo es que la serie permite descubrir que aquellos asuntos que preocupan a los protagonistas, sumando y restando, no son exclusivos de la senectud (exceptuando su relación con la próstata, “privilegio” de los hombres mayorcitos).

Al fin de cuentas, las personas nos pasamos la vida lidiando con más o menos lo mismo: las relaciones filiales (buenas, malas o pésimas), los amores y desamores, la salud, el trabajo, esos defectos con los que siempre nos disparamos a los pies y la fecha de término con que llegamos a este mundo.

En Netflix
8 episodios de entre 20 y 30 minutos aprox. cada uno.

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