¿Cómo era Chile antes del 2011? Era distinto. Era un país bajo un manto de consenso, con un descontento apenas palpable, un disgusto colectivo sin forma que no alcanzaba a cuajar en algo concreto. El país previo a los movimientos sociales de 2011 era también una sociedad que había hecho del interés por los asuntos públicos una actividad restringida a los períodos de elecciones, y de la política una mala palabra. Era un sitio para conformarse. Ese Chile cambió, pero no su televisión pública. El mismo hecho de que sólo en 2013 TVN pusiera al aire un programa de debate político en un horario que le asegurara una audiencia a la altura de las circunstancias, es un índice de que mientras el rumor de los grandes cambios se esparcía por las calles, la televisión pública —aquella que se supone es de todos los chilenos— apenas daba cuenta de las transformaciones. La creación de El Informante fue, por así decirlo, una reacción tardía a los hechos.

El éxito de El Informante tiene varios méritos. El primero es la apuesta por la polifonía de ideas encarnada en invitados que representen no solamente diferentes puntos de vista políticos partidarios sino a hombres y mujeres destacados de ámbitos diversos de la sociedad civil. Esa fantasía de plaza pública que es tan abrumadoramente escasa en la televisión local.

Un segundo mérito es el intento de ajustar estéticamente el debate político con un trabajo de diseño audiovisual más contemporáneo que la solemnidad casposa de los ejemplares de otros tiempos. El Informante tuvo, sin embargo, su punto de mayor interés no en debates sobre el futuro sino en el ajuste de cuentas con nuestra historia. Aquel momento fue la entrevista a Ernesto Lejderman —hijo de una pareja de desaparecidos—  y al ex comandante en jefe del Ejército Juan Emilio Cheyre. El minuto en el que Lejderman le pide a Cheyre que rompa los pactos de silencio del Ejército para saber qué ocurrió con sus padres, retumbó la audiencia como un eco amargo y necesario que traspasaba lo meramente político. Aquella entrevista, que le valió a Juan Manuel Astorga, conductor de El Informante, el premio Periodismo de Excelencia de la Universidad Alberto Hurtado, nos recordó no sólo un episodio político del que ningún chileno puede sentirse ajeno, sino también algo más profundo en donde se confunde la ética con la justicia y la memoria. Un nudo que deberíamos aprender a desatar para distinguirnos, no sencillamente como ciudadanos responsables de nuestra historia, sino como seres humanos.

El Informante es el ave rara y tardía de una televisión pública que necesita con urgencia replantear la manera en que está cumpliendo su misión. Es también un programa que debe cuidar con especial atención la selección de sus invitados. En ocasiones la polifonía de voces desafina y termina estropeando el sentido del debate, acercándolo a la nadería o restringiéndolo a un grupo de elite. Exigir, en este caso, es una manera de reconocer los méritos.

*Martes 23:10 horas, por TVN

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