“Siempre manejé y nunca me gustó. Y ahora con el taco que hay y yo que siempre ando en otra… Mis hijos hace tiempo me dijeron: o pasa las llaves o va a terminar abajo de un camión. Y yo soy muy humilde, tú sabes,  aguanto todas las humillaciones de mis hijos, que son muchas…”, afirma Delfina Guzmán, 85 años, la gran actriz del teatro chileno, sobre el auto que hace poco se ganó en Vértigo. Su participación en el programa fue todo un hito; se echó al hombro a Yerko Puchento, hizo arder Twitter, se impuso ante la curvilínea (y la carta farandulera de la noche), Gianella Marengo, y se quedó con el ansiado premio: un auto cero kilómetro que ahora pasará directo a dos de sus 12 nietos: “A Nicolasito, el mayor, y a la Amanda, de mi hijo menor, Gonzalo. Si lo comparten o no, asunto de ellos, y si quieren venderlo y les falta plata para  tener cada uno el propio, entonces les pago un poquito más”, dice esta abuela tan generosa que su cuenta corriente suele estar al borde del caos.

Al punto que Juan Cristóbal, músico, el penúltimo de sus cuatro hijos —Delfina tiene dos de su primer matrimonio con Joaquín Eyzaguirre y dos con Gustavo Meza—, tuvo que intervenir para ordenar las finanzas. “Con la plata que me gané en el comercial de San Jorge (donde interpretaba a Mi bella genio)  cerró todas las tarjetas de crédito; lo único que dejó es la chequera. Ahora me da 100 mil pesos a la semana para peluquería y taxi. Él maneja todo lo que gano. ¿Qué ha hecho él con ese dinero? No tengo idea ni me interesa, porque soy tan feliz, es el privilegio más grande poder  olvidarme de ese tema que detesto con toda mi alma. Aunque no te confundas: me encanta la plata, pero para gastarla”.

Primero fue Nicolás, el reconocido economista —y el único de la familia  que salió bueno para los números—, ex ministro de Hacienda, ex alto ejecutivo del FMI, y ex director ejecutivo de Canal 13, quien  intentó poner orden. Pero luego de un año en el ‘cargo’  terminaron peleados, con él reconociendo que después de años al frente de las cuentas públicas se sentía  fracasado en la administración de las finanzas maternas…

Finalmente, la misión recayó en Juan Cristóbal, quien resultó mucho más práctico: le manda a diario al junior de su estudio de sonido para que despliegue ante Delfina la página bancaria con el saldo de su cuenta corriente. Porque si ella no entiende mucho de platas, de tecnología menos. “Lo que mejor sé usar es el timbre, la campanilla y el control remoto. De-tes-to a los que andan pegados a la pantalla del celular. Tú sabes que aquí lo tengo prohibido”. Y reflexiona: “Es el síndrome más claro de esta dispersión: estás pero no estás, no eres quien eres sino un fantasma que revolotea. Soy anti tecnología; entiendo que es desarrollo, pero no cultura”.

Porque la cultura es un tema que la desvela y, por eso, critica: “La prensa invisibiliza el arte; abres el diario y a esas páginas le ponen ‘Cultura y entretención’, que me da ataque; puras noticias de estas señoritas norteamericanas, todas con nombre de perro: Bobby, Demmy, Toty… Se sabe todo de ellas, pero lo de acá, cero”.

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“Mi mamá siempre fue igual; todos los riesgos que tomó han sido sin medir los costos. Sus prioridades están ordenadas en un sistema donde la plata está en décimo lugar”, relata Juan Cristóbal.
Cuando Juancri —como le dicen en la familia—, se enteró de que su mamá se había ganado un auto, se rió. “Ella siempre sorprende, sólo falta que se saque el Loto”.

Obvio que no le consultó a nadie sobre la invitación. “Es que a los niños les doy vergüenza (explica ella): Nicolás dice que estoy loca, que tengo un pensamiento en espiral; Joaco (cineasta) me advierte: mamá, no diga barbaridades…  Encuentran que no tengo prudencia. ¿A esta edad qué me va a importar?, ¿qué me puede pasar de distinto? Ah (se contesta), que me encontrara a un caballero muy, pero muy rico, que me regalara plata todos los días y que no me exigiera nada, mucho menos de lo otro, porque para esos trotes no estoy”.

—Esa sí que es novedad, Delfina: ¿No decía siempre que estaba regio sola?
—Puede ser… Lo que pasa es que tengo muchos intereses: primero está mi profesión que me enloquece, es un vicio. Pero a veces echo de menos haberme casado con un señor con harta plata o, si no, con un buen contador.

—¿Algún candidato?
—Al que amo es a Carlos Larraín, mi hombre ideal, el príncipe azul: inteligente, simpático y con plata; aunque no sé si sea generoso,  a lo mejor es avaro… Y yo a esos los detesto, nada peor.

Así es Delfina, una mujer de pensamiento libre que rompió con los códigos de su época y de su familia. Que juega siempre con los límites: pituca y guachaca (fue la reina 2013 con casi 20 mil votos y el eslogan ‘Delfina no es fina’); beata y a la vez transgresora; profunda para jugar a ser frívola; bacheletista pero declarada amiga de Sebastián Piñera. Su vida está llena de contrastes. Se ganó el auto en el estelar más visto de la TV, pero se quedó sin el Premio Nacional aunque aparecía como favorita. (El elegido fue el dramaturgo Egon Wolff).

“Fíjate que estoy muy contenta; conozco a Egon de toda la vida. Lo quiero mucho”, asegura. Aunque luego baja la mirada y un ligero temblor de voz la delata.

—Usted también se lo merecía, ¿o no, ‘Delfa’?
—Pero no me afectó. A lo mejor si se lo hubieran dado a un pelotudo. Pero mira con los que competía: Egon Wolff y ‘Tito’ Noguera, que es como mi hermano, lo adoro.

—Tres días antes de la elección usted fue a Vértigo. ¿Cree que influyó?
—Sí pues, como estos programas son medio frivolones… Pero no me puse a ‘disvariar’, como dicen las viejas. La verdad es que nunca me hice muchas ilusiones. Los niños me dijeron: ‘mamá, no se entusiasme para que no le venga la depresión…’.  Según Juan Cristóbal, a su madre el asunto le importaba. “No por ego ni en términos de reconocimiento público, que de eso tiene bastante, sino que por su carrera, por las opciones que tomó. Pero la imagen televisiva ha opacado su otra faceta, que es súper profunda. Esa es una de la razones por las que injustamente no le han dado el Nacional”.

Wp-delfina-193No ganó este premio, pero la ‘Delfa’ está plena de entusiasmo y con más proyectos que nunca: presidenta de la Fundación Santiago a Mil; ahora graba su segunda teleserie del año (es la madre de Mane Swett en Socias; y su rol como una abuela carretera en Dama y Obrero se robó la película).
Como si tanta ‘pega’ no bastara, está a punto de estrenar la obra La grabación, de Rafael Gumucio, inspirado en un capítulo de su libro Los platos rotos, donde su abuela, Marta Rivas, reflexiona sobre el siglo XX.

Delfina conoció a Marta en los inicios de su carrera. Fueron compañeras de la Escuela de Teatro de la Universidad de Chile junto a ‘Tencha’ Bussi. “De hecho, conocí primero a Salvador (Allende) como el marido de la ‘Tenchita’”.
Los primeros trabajos fueron en el departamento de la actriz, en el piso 12 de un edificio en Colón con Alcántara. Ingrid, la mujer que cuida a Delfina hace seis años —y que, reconoce, se deprime si su patrona no la llama huevona en todo el día—, servía sándwiches y pisco sour mientras la tropa integrada por Gumucio, Elisa Zulueta (actriz y dramaturga, quien interpretará a su nieta en la obra) y Alvaro Viguera (actor y director del montaje) daban cuerpo a la obra. Para los ensayos en el GAM se encontraron con una Delfina comprometida al extremo de la impudicia: “Hay una escena que le  exigía empelotarse —cuenta Rafael—; obvio que nosotros le dijimos que fuera hasta por ahí,  pero ella feliz, ¡de hecho quería más!”. Y ‘Rafa’ se manda esta cuña para definir a la actriz:  “Es como las máquinas de afeitar, tiene una especie de doble hoja: en la primera pasada dice algo gracioso, lo primero que se le ocurre; pero luego reflexiona y  sale con algo profundo y filoso”.
“Estar con tanta gente joven me ha hecho muy bien —agrega ‘Delfa’ sobre la obra que estará en cartelera  desde el 10 de octubre—. Lo único que me jode es la rodilla. ‘Fatiga de materiales’, me dijo el doctor, mira qué bestia. Pero de la cabeza estoy regio. Me aprendí 43 páginas ¡yo sola! Roguemos porque no se me olvide”.

También hizo un par de comerciales que no dejaron a nadie indiferente, sobre todo el de las AFP. “Me putearon que ni te digo mis compañeros comunistas. Pero les dije, ‘miren, tengo el piso de mi casa asqueroso y lo tengo que cambiar’. Con la plata del otro comercial pagué la tarjeta y la línea de crédito”.
Así no más: olímpica y sin complicarse, aunque algunos la tilden de contradictoria. “Salgo y se me tiran los perros, lo niños, las viejas. No sé si merezco tanto  impacto. Si soy una  señora chilena, madre de cuatro hijos, actriz, lo que ya es raro en el mundo infracultural chileno. Pero en el fondo soy bastante normal: lloro cuando los niños me dicen pesadeces, me río… Al final la gente se da cuenta de que lo paso bomba”.
Tal vez sea esa mezcla entre pituca y guachaca lo que conquista, aunque ella reconoce que no siempre fue así, que por lo mismo la trataron de segregar. “Es que las pitucas son calentonas, con la sensación de que por ser quien eras tenías derecho a todo, desde el sexo hasta lo que fuera, esa cosa de propietarias que tiene la clase alta y que a mí me carga. Y me di cuenta de que yo era pituca pero sin esos detalles. Finalmente era el producto de una clase”.

Hija de una familia de ascendencia vasca, Delfina recuerda sus veraneos en el fundo de su abuelo, en Chiregua, Molina. “Me acuerdo de estar colgada de las ramas del sauce y luego nos tirábamos, esa sensación como de volar, tan rica”.
En el colegio odiaba a las monjas del Universitario Inglés. “Un día mi mamá me dijo:  ‘vaya a su pieza, arrodíllese y récele a la mamita Virgen porque los comunistas están matando a todas las monjitas en Italia’. Y yo le contesté: ‘¿Habrá alguna posibilidad de que los comunistas lleguen a Chile?’ ¡Cómo se reía Volodia!”.

A los 21 años, se casó con Joaquín Eyzaguirre, un hombre culto que la llevó en sus viajes y le mostró un mundo que terminaría por envolverla. Primero quiso ser bailarina”. Ya habían nacido Joaquín y Nicolás cuando decidió entrar a teatro en la Universidad de Chile. El escándalo fue total; su papá la amenazó con mandarla a un convento. Pero, acostumbrada a nadar a contracorriente, perseveró  “cuando ser  actriz y prostituta eran prácticamente la misma cosa”. Le costó la separación  y perder la tuición de sus hijos luego de que un juez determinara que no estaba capacitada.
Pasaron los años. Delfina conoció al director teatral Gustavo Meza y se volvió a casar. En 1958 marido y mujer partieron a Concepción, donde impulsaron el Teatro Experimental, uno de sus tiempos más felices. Ahí nacieron sus otros dos hijos (Juan Cristóbal y Gonzalo), y entabló una profunda amistad con el poeta Gonzalo Rojas, entonces ilustre académico y quien comandaba el famoso movimiento cultural universitario de comienzos de los ’60. Incluso él le dedicó un poema: Carta a Delfina, que no era erótico —como muchos de sus trabajos— sino político.

Wp-Delfina-193-2En una entrevista que los amigos dieron a CARAS en 2008, el poeta recordó: “Esta mujer era fenomenalmente fresca, viva; la lozanía, la gracia humana frente a tanto cretinismo. Y en cuanto a la pitucancia, ella tenía clase, y eso existe desde la Roma Imperial”.
Juan Cristóbal Meza era algo más que una guagua, sin embargo, recuerda cuando su mamá empezó paulatinamente a retomar el contacto con sus hijos mayores.
“Por alguna razón el núcleo familiar se armó instantáneamente; mis dos hermanos llegaron a la casa en  Concepción; yo era muy chico, no sabía hablar. Después Joaquín se vino definitivamente y luego lo hizo Nicolás”. Pero sin duda la época más especial fue entre 1969 y 1978, cuando la familia ya de vuelta en Santiago, vivió junta y sobre todo revuelta en el departamento de Delfina en Juana de Lestonnac, Providencia.
“Ahí convivíamos los cuatro hermanos, incluida la polola del Nico y la mujer de Joaquín, que entonces tenía 21 años; ahí también nació Javiera”, cuenta Juan Cristóbal sobre la nieta fotógrafa, hoy de 38 años, y quien tomó las fotos de Delfina para esta entrevista.

Era un departamento antiguo y encantador, ubicado en un cuarto piso sin ascensor. Un dúplex muy bien cuidado, de muros altos, molduras en los techos y piso de parquet, decorado con cuadros de Gracia Barrios, Nemesio Antúnez, entre otros amigos entrañables de la actriz. Todo combinado con muebles y platería heredada de su mamá.
“Aaahhh, yo adoraba ese departamento —recuerda ‘Delfa’—. ¿Me vas a creer que un día José Donoso, a quien amaba con locura, me dijo: ‘¿sabes Delfina?, si yo fuera pobre, me gustaría vivir en un departamento como éste’… Qué te has imaginado, huevón, le contesté riendo”.
Eran los tiempos del Ictus, de la dictadura, y la sensación de riesgo pegada a la piel. Sin embargo, para Delfina representa otra de sus épocas más felices: “Es contradictorio, porque nos perseguían políticamente, pero había un ideal compartido, yo sabía que no estaba dando la pelea sola”.

El día que aparecieron a un costado de Avenida Vespucio los cuerpos de los tres profesionales degollados: José Manuel Parada, Santiago Nattino y Manuel Guerrero, el Ictus se encontraba en plena función con Roberto Parada (padre de José Manuel, uno de profesionales asesinados) en el rol principal. Hubo un alto en la obra y se le anunció al público la trágica noticia. Roberto Parada se la dedicó a su hijo y siguió hasta el final. Delfina evoca  su entereza  y cómo entre cada cambio de ropa le convidaban un poco de whisky. “Después se derrumbó, nunca más fue el mismo”.
Pero con el regreso de la democracia el Ictus se acabó y Delfina sintió que perdía su centro. Se deprimió; fue un largo tiempo sin levantarse, con las cortinas corridas, sin querer salir. “Cuando caigo en esos hoyos negros nada me levanta”.
Hoy, de alguna manera ha aprendido a navegar en sus dolores, a remar con fuerza cuando la caída parece inminente.
“Mi abuela es muy distinta a lo que se percibe públicamente”, reconoce su nieta fotógrafa.

—¿La ha visto en momentos tristes, complicados?

—Muchas veces. Le cuesta harto entregarse a esos espacios, le carga. Y cuando se deprime, se va para adentro, se aísla y desaparece un poco porque no le gusta hablar de sus dramas ni de sus achaques. Ha pasado por depresiones fuertes. Cuando mi papá estuvo súper enfermo hace unos años (de una afección cerebral) fue muy intenso para ella, porque estaba solo, no tenía previsión, y para ella sus hijos son su debilidad. Pero también tiene una capacidad tremenda para levantarse, porque le gusta vivir y por eso sigue peleando.

Luchadora y con opinión, la política no le resulta ajena. “Tú sabes que yo estoy por Michelle. Es un lujo para este país; valiente, jugada, tranquila; tiene una relación con la gente de tú a tú. Con una formación muy noble”.

También habla de Evelyn: “Tengo una buena relación con ella, pero el pensamiento de derecha no va conmigo, no lo entiendo”.
—Aunque le gustan los garabatos, igual que a usted.
—Es un poquito suelta de lengua, pero me da lo mismo; aunque en el medio de ella, donde surgió, eso es muy contraproducente.

—¿Le gustaría que Nicolás entrara al comando con Michelle? Está sonando harto.
Wp-delfina-193-3—No mucho… Cuando fue ministro de Haciendo lo vi muy exigido, lejos de conseguir la felicidad. Es que la cuestión política es un conventillo; un mundo demasiado inseguro, deshumanizado, donde lo que importa son los números y el cálculo final.

—A propósito, ¿qué sintió cuando renunció a canal 13?
—Me sorprendió, porque lo estaba pasando muy bien. ¿Por qué se fue? Ni idea. Sé que tuvo un problema con este señor Bofill. Pero quedó muy bien con Luksic, lo quiere mucho.

—Le gustaba cuando Yerko Puchento lo llamaba ‘melón con vino’?
—Es que él tiene esa cosa medio ‘guachacona’. Pero lo adoraba, lloraba de la risa, lejos lo que más le gustaba del canal.
Y sobre Sebastián Piñera, opina: “Lo veo apurado y yo creo en la lentitud. Siempre he pensado que los empresarios no sirven para esto. Pero le tengo mucha simpatía, no me explico que genere rechazo”.

—En estos 40 años del golpe militar, ¿ha revivido dolores, furias?

—Mira, a mí me gustaría indagar si en esta reminiscencia hay realmente un pensamiento o solamente una noticia. No entiendo a la gente que odia al Golpe y que, sin embargo, vaya tanto al mall. Este país aceptó al mercado como su príncipe azul. Enciendes la pantalla y ves al Golpe transformado en un evento televisivo, y no en una instancia de reflexión y de repensar en cuáles son nuestros valores. Me saca de quicio, no me cuadra, no va con mi sensibilidad.