Aparece seria. Es evidente que a María Luisa Cordero no le gustan las entrevistas, menos las fotos: “Por qué me quieren —protesta—, con tanta figurita farandulera dando vueltas”.

Está cansada. Los últimos meses han sido más ajetreados; cualquiera de esas ‘figuritas’ envidiaría la cantidad de horas que acumula en pantalla, repartidas ni más ni menos que en tres canales, donde deja caer todo el peso de su razón y de su ironía. Es panelista en Bienvenidos en Canal 13, figura estable en Mentiras Verdaderas de La Red, y está en el Nuevo Late de Julio César Rodríguez en Más deportes, con quien forma una dupla tan cómplice que fuera de pantalla se escapan juntos a comer y a conversar de la vida. “Me pagan un moco, pero ése es el único espacio donde no me censuran y puedo decir todo lo que pienso. En el 13 me retan y en La Red me paran el carro porque ya están curcunchos de pagar multas”, afirma sobre las dos sanciones que lleva, a la que se sumó una tercera, ahora del canal católico. “En Chile hablar con la verdad está muy caro”, se defiende.

Está probando el sabor del éxito después de una década marginada de la TV. En el 2003 el programa En la mira (CHV) realizó grabaciones ocultas con falsos pacientes en su consulta, denunciando la entrega de licencias médicas fraudulentas. Pero el 2011 la causa fue sobreseída y cuatro periodistas del canal, entre ellos el director de prensa, Patricio Caldichoury, debieron cumplir con 61 días de reclusión nocturna más una indemnización de parte de la estación de 55 millones de pesos por daño moral.

En ese tiempo la autora de Jurel tipo salmón se dedicó a su rol como siquiatra, con consultas en los sectores público y privado. Sólo se supo de ella en 2012, cuando Patricia Maldonado la integró a Las indomables. Exito rotundo, aunque las integrantes terminaron peleadas a muerte.

“DE LA TV ME INVITAN PORQUE DOY RATING. Me ven los que me detestan, que son como el 30 por ciento; y al 70 por ciento restante les gusto. Puedo decir con honestidad que tengo seguidores, no como los que cuentan que tienen 50 mil fans en Twitter y les sacan la mugre a insultos. Voy por la calle y no puedo caminar. Me da pena pero me comentan: usted representa lo que nosotros no podemos decir… Les contesto, ¿en qué topan, se les aconcha el ácido nítrico? Y todas las viejas me sonríen y me dan un beso”.

—¿Y qué pasa con los que no la quieren?

—En la calle nada, pero el otro día en el avión un tipo fue muy pesado: me contó que tenía plata y que si le vendía una licencia… Le respondí que era un ‘pobre ave’, que me tenía una envidia parida, que él daría un minuto de su vida por estar donde yo estoy.
Y al que no le guste, que se aguante. Así es María Luisa Cordero (70), separada, dos hijos abogados. Lenguaraz, francota y opinante, hubo un tiempo en que fue DC, partido en el que militó de pura admiración a Frei padre. Hoy se asume católica, derechista, fan de Piñera y anticoncertacionista. “Me he impuesto desenmascarar a esa ‘manga de sinvergüenzas’ que detuvieron al país durante veinte años. Tuvo que venir Piñera —por quien voté a pesar de que lo encuentro un plomo—,  quien en tres años ha hecho mucho más”.
Tampoco quiere a Michelle Bachelet, a quien acusa de ser “una construcción publicitaria; una persona sin ninguna gracia intelectual, que se convirtió por arte de la publicidad en la Presidenta de Chile después de que se subió al tanque: era una portada de calendario”.
—Pero dejó su gobierno con un 80 por ciento de aprobación.
—Me remito al siguiente dato: el 70 por ciento de los chilenos no comprende lo que lee. El 80 por ciento es incapaz de entender una instrucción. Ahí está la respuesta. Cuando pienso en eso se me sale lo ultraderechista, lo católica fanática y pienso que debiera reponerse el voto censitario, porque el voto mío, informado, crítico, intelectual, no puede valer lo mismo que el de una señora que pela papas o que vende calcetines. Y no se puede dirigir un país con la mano en el corazón y sonriendo. Esto no es una fiesta de la primavera, es una cosa muy seria gobernar.
—Aunque ella todavía no se manifiesta…
—Mi mamá decía que no hay que gastar pólvora en jotes, por lo tanto yo no voy a opinar del silencio de la señora.
—¿Qué le cae peor: el mundo de la Concertación o el de la farándula?
—La política es un remedo de cuello y corbata de la farándula. Por lo menos las niñas de la farándula no le hacen daño a Chile.
—Aunque usted detesta ese modelo social para los jóvenes.
—Me indigna. En Nancagua atendí a una chiquilla bien agraciada, hija de una barrendera; le pregunté cómo se veía dentro de unos años y me contó que quería ser modelo… Le expliqué que eso de ‘modelos de la TV’ era un eufemismo, que de hecho ellas tenían otras ‘actividades económicas’; a lo mejor no les dejan 200 lucas en el velador, pero pueden aparecer con un auto nuevo o carteras de tiendas de Alonso de Córdova.

“EN EL CANAL ME TENDRÁN QUE AGUANTAR PORQUE ESTOY MARCANDO 7.7 PUNTOS, les estamos ganando a TVN y ellos a fin de mes le demostrarán a Eyzaguirre que el negocio está marchando, que don Andrónico seguirá ganando 11 mil millones diarios. Soy como el alacrán; es tal mi naturaleza que clavo mi lanceta, ¡no puedo evitarlo! y a los 70 años menos. Se mezcla el Alzheimer con la rigidez de la arteriosclerosis. Un gran pretexto, como soy medio demente…”, y guiña un ojo.
—¿No la retan? Cuando fue lo de Pablo Mackenna, en el matinal del 13 entrevistaron por dos horas a la mujer que lo culpó y usted se dio cuenta de que ella mentía…
—Yo gritaba, saltaba al lado del que se comunicaba con el director: ¡Dile que me deje entrar en pantalla! Hasta ese momento no tenía idea que a esa mujer la habían raptado los de producción, que la llevaron a alisarse el pelo y la vistieron como a la Bolocco; sólo veía a esta mitómana que hasta tenía el moño de las mecheras. Pero desde adentro contestaron: que se vaya la doctora, no la vamos a necesitar hoy… No querían que les echara a perder lo que ellos armaron.
—Cuando reapareció en pantalla al día siguiente, instó a los conductores del matinal para que le  pidieran disculpas a Mackenna y la sacaron rapidito de cámara…
—Siempre tengo la sensación de que un día me van a decir que no venga más. Pero me siento en el set y empieza a subir el rating. A veces es tan obvio que baja el director sobándose las manos.
—A sus 70 años podría estar en su casa tranquila, sin meterse en las patas de los caballos, ¿por qué la televisión?
—Soy Caballo en el Horóscopo Chino, así es que me encanta.

—¿Cuál es su razón última para estar en TV, porque no se ha hecho rica, o sí?
—Para echarle pelos a la leche y, si más encima me pagan, miel sobre hojuelas.

“A VECES ME PREGUNTO: ¿Y SI ENTRO A LA CARRERA POLÍTICA? Pero me imagino peleando con esa manga de sinvergüenzas, esos parásitos que hay en Valparaíso, y prefiero quedarme tejiendo y viendo teleseries”.
—Aunque entre eso y caer en peleas con figuras de la farándula. Hace poco se peleó con La fiera.
—¿Qué fiera? No me digas que vamos a hablar de esa vulgaridad. Se me vino media farándula encima cuando dije que esta persona era una mala mamá. Le pisé el cayo no sólo a ella, sino ¡a todas pues! Se tiraron en bloque en mi contra, un movimiento corporativo.
—Usted habló de la hija de Pamela, a quien vio en su consulta. La trataron de poco ética y el CNTV multó al matinal.
—¡Yo no la atendí, le hice una gauchada! Vino a mi casa la mamá de la Pamela y me pidió que viera a la niñita que estaba con una acumulación de tensiones. Pero no quiero seguir con este tema, no me interesa tirarle perlas a los chanchos.
—¿No se arrepiente de las cosas que dice?
—No, aunque sinceramente reconozco que a la Pamela la quiero, todavía.
—¿Le pidió disculpas?
—No, ella está exigiendo que para volver a Las indomables le paguen un millón y medio por función, es decir, lo que cobra Elton John por diez minutos; y que por cadena nacional la doctora Cordero le ofrezca disculpas. Que se siente a esperar porque le van a salir várices. Un día entenderá que mi gesto fue altruista.
—Aunque podría haberlo hecho en privado.
—Me hubieras visto en los vestidores de Mega; casi tuve que pedirle de rodillas que se preocupara más por sus hijos, que no entrara al reality.
—¿Tiene amigos en el mundo de la TV?
—Me siento bien recibida, se ríen conmigo, a pesar de que a veces se les aprieta la guata con las cosas que digo, pero ganan 15 millones, que se les apriete algo! Además que si los ayudo con el rating, ¡me tendrán que adorar!
—Pero me refiero a afectos verdaderos, no por interés.
—Me quieren, porque me conocen de cerca. A las reuniones de pauta he llegado con kuchenes y sanguchitos porque se mueren de hambre. A una de las chicas que estaba esperando guagua le tejí el chal y los zapatitos. Entonces ven que esta vieja que dice pesadeces, que los mete en aprietos, es una buena persona.
—Cuando cuenta que es como el alacrán, ¿no siente culpa, por ejemplo con su familia?
—No, ahí soy distinta. He aprendido, sé lo que es la prudencia, algo que para mí no es fácil. A veces tengo en la punta de la lengua cosas horrendas. Otras se me arranca la moto y digo más de algo hiriente, pero ofrezco luego disculpas. Al final soy alguien común y corriente, y creo que mis hijos agradecen haberse criado conmigo, con una mamá que les enseñó siempre la verdad.
—¿Ha ido al sicólogo, por ejemplo?
—¿Tú crees que debería tratar de enderezarme? —se indigna—. ¡Por ningún motivo! Iría a conversar con un colega, que tenga un nivel intelectual como el mío, porque para perder el tiempo tendiéndome en un diván para hablar estupideces, no. Además, ¿a quién le tengo  que pedir perdón; a la Bachelet por decirle que es un globo aerostático de puro inflada? ¿Al Mamo Contreras por haber afirmado en plena dictadura que es un polimorfo moral?
—Le pidió perdón a Jovino Novoa después del Caso Spiniak.
—Me entrevistaron en Plan B donde aseguré: Si Gema lo dice habría que creerle. Yo la había atendido mucho tiempo, luego la dejé de ver, y un día, al leer su ficha, me encontré con una serie de incongruencias y concluí que era mitómana patológica. Fui a ver a Novoa a la sede de la UDI, donde me reuní en privado y luego ante las cámaras.
—También le tocó estar desde el otro lado por el caso de las cámaras ocultas de CHV, cuando se le acusó de entregar licencias falsas. Usted ganó el juicio, los editores debieron pagar con reclusión nocturna y el canal con una millonaria indemnización.
—Que todavía no me dan. Gracias a la influencia de Juan Pablo Hermosilla, el juicio está parado y no me han pagado un peso.

—¿Cómo la marcó este episodio?
—Fue un trauma. Es la experiencia más dura que he vivido junto con el golpe militar. Pero no lloré. Al contrario: me recosté en un bergere y recé el rosario toda la noche, a las 48 horas estaba interponiendo la demanda.

—¿Cómo fue el trato que recibió de la gente?
—Hubo cierto grupo socioeconómico, de la mitad para arriba, que me condenó, me dieron en el suelo, como el propio Mackenna y Nicolás Larraín, en CQC. Pero la gente pobre no.
—Pero quedó la imagen de que usted vendía las licencias.
—Tragicómico, porque hasta ese día había dado 28 y, el año anterior, 200. Justo se había hecho un estudio de que los siquiatras éramos los que más licencias dábamos junto con los pediatras, de 270 a 300 anuales para mi rango. En el fondo fue un montaje de personas a las que no quiero nombrar porque no soy rencorosa.
—O sea que usted con CHV ni a misa.
—A Julio César (hoy figura de la estación) le dijeron que estarían felices de que me fuera con él; le contesté que ningún problema, pero que me paguen los 55 millones y que me ofrezcan disculpas a las 22.30 de la noche.
—¿No le dan ganas de tener un pololo?
—No, ya pasé por ese cuento. Yo amé y fui amada más de las veces que me merecí, y me llena de satisfacción.
—¿No se siente sola, en serio no le gustaría tener un compañero?
—Me encantaría, estoy abierta a eso. Hace unas semanas estaba en el aeropuerto del Tepual y se me acerca una señora y me dice: mi patrón la quiere conocer. Era el dueño de una empresa muy importante; lo encontré tan simpático. Un día me llama a la radio su secretaria, para decirme que él me quería mandar un correo; me contó que me había visto en un programa de TV y que me encontraba encantadora, que estaría en Puyehue durante el verano, que almorzáramos. Justo me tocó ir a Osorno, a 60 km del príncipe azul, y para allá partí. Me dejó de tan buen ánimo, no porque todavía pincho, sino porque es rico tener un amigo, alguien que te mande a decir usted es encantadora, ¡a los 70 años!