Las costumbres cambian, las audiencias también. La programación que ayer satisfacía hoy se desdeña, por añeja, repetida o sosa. Los últimos movimientos de programación en los canales abiertos indican un período de acomodo, o más bien de desacomodo, para el que nadie tiene una explicación clara. Tampoco hay fórmula precisa que resuelva la gran pregunta ¿Cómo hacer series o teleseries para las muchedumbres en una época de múltiples plataformas? O más bien, ¿cómo programar para los nuevos tiempos? 

Años atrás alguien me comentaba que un prestigioso director de televisión tenía como norma, columna vertebral y versículo maestro la siguiente frase: “Todo tiene que ser hecho para personas con la mentalidad de un niño de ocho años”. Otros subían la vara hasta los catorce años de edad mental. Como sea que fuera, la audiencia imaginada por quienes manufacturaban los programas no alcanzaba la mayoría de edad. Si tomamos esto como referencia podemos concluir que la televisión que hemos visto en Chile está, casi en su totalidad, fabricada con ese norte, tal vez no explícitamente, pero sí como un mantra silencioso que determina proyectos y guiones, historias y enfoques: desde las telenovelas de Moya Grau a la pauta del noticiero. Una construcción que se hace sólida y logra réditos en la medida que está en armonía con las mediciones de audiencia, porque en Chile, sin excepción, la televisión se debe al mercado.

La irrupción de Las mil y una noches y ahora de Fatmagül, más que indicar un auge inesperado de la ficción turca en Chile es el síntoma de que algo de la ficción local no está captando el interés del público. Así como lo fue Betty la fea en un momento, El patrón del mal en otro y Avenida Brasil hace un año; el éxito de las series turcas tiene el valor de alumbrar el vacío que existe en el medio local. Todas las historias antes nombradas han roto fórmulas o las han torcido sin descuidar los matices, con personajes con motivaciones convincentes y no caricaturas rendidas a los estereotipos. Si la audiencia es capaz de apreciar productos hechos para entretener a comunidades aparentemente muy distintas a nuestra sociedad, ¿por qué no sucede lo mismo con la ficción local?, ¿es un problema de los guionistas? Tal vez el origen del divorcio pueda encontrarse en un círculo distinto al de los escritores o directores: en el de los máximos ejecutivos, allí donde habitan quienes deben escrutar en el gusto de los televidentes chilenos para hacer rentable el negocio; allí donde se pensó que hacer una teleserie como La sexóloga sería un acierto, porque la modernidad era sinónimo de cuerpos copulando. No importaba el relato mientras hubiera carne. Algo parecido a Chipe libre; una realidad paralela en donde los adultos actúan como preadolescentes inundados de emociones descontroladas y en donde las historias parecen seguir impulsos momentáneos y caprichosos; un planeta en el que todos se alimentan de golosinas empalagosas, como si fueran niños ansiosos o adultos aturdidos.