Uno de los lugares comunes del periodismo es la idea de ‘la entrevista humana’, una etiqueta para aludir a un tipo de conversación en donde el tema principal es la intimidad del entrevistado y no sólo su área de dominio profesional.

El objetivo, por lo general, es mostrar algún aspecto que al gran público le parezca inusual sobre determinado personaje público, un retrato bajo una luz diferente: El político que pinta paisajes los fines de semana, el deportista con algún trauma familiar, la comediante que superó una grave enfermedad. Un ejercicio que en los programas de entretenimiento de televisión suele confundirse con sentimentalismo.

Este tipo de entrevistas ha tenido cimas escalofriantes en ciertos segmentos de Vértigo, en la época en que Luis Jara se especializó en hacer llorar a los famosos mientras los miraba con gesto compasivo. Algo similar ocurre con Más vale tarde de Mega, en un formato más clásico, pero en donde el objetivo de la fibra sensible parece demasiado evidente.

El Cubo, de Chilevisión, consigue darle un giro al cliché, con una propuesta en donde la puesta en escena audiovisual le confiere un toque levemente reposado, sin descuidar la necesidad de ritmo que se logra con juego de planos, edición y musicalización. Recursos utilizados sin la estridencia habitual de los programas de farándula de ese canal.

En El Cubo hay un entrevistado a solas, rodeado de pantallas que alternan imágenes del personaje. Es la fantasía de alguien frente a sus fantasmas. Quien los entrevista es una voz sin rostro, como la del psicoanalista a quien el analizado no le ve la cara mientras permanece tendido en el diván. La voz —la periodista Diana Massis— y la manera de desmenuzar la conversación, es fundamental.

Diana Massis logra un tono al mismo tiempo firme, dulce y directo. Empática sin ser condescendiente. El cuestionario parece haber sido preparado para ir rodeando al invitado con acercamientos apuntalados con testimonios de sus cercanos. Un rodeo que repentinamente lo acorrala.

La técnica resulta impecable cuando el invitado no falsea el acuerdo, entonces tenemos a Marcelo Ríos describiendo sus genitales, comentando su trastorno obsesivo compulsivo o a Raquel Argandoña recordando su adolescencia en Villa Frei y llorando frente a la imagen de su padre muerto.

El problema surge cuando el terror de mostrar la hilacha es tal, que anula cualquier respuesta concreta, concisa y honesta y lo que se obtiene es un mar de vaguedades, como en el caso de la entrevista a Nicole Moreno, Luli. El Cubo, por lo tanto, tiene su talón de Aquiles en la elección de invitado, sobre todo si el objetivo se concentra en la fauna de la farándula local, con escaso entrenamiento en la introspección, habilidades de oratoria paupérrimas y el sentido de la narrativa autobiográfica de una muñeca a pilas.