José Ignacio Valenzuela puede ser el nombre de tu sobrino, de un abogado o de un vendedor de zapatos. El José Ignacio Valenzuela que nos recibe en el departamento de su mamá, en Bilbao con Vespucio, a pata pelada, con shorts y una frondosa y desordenada cabellera rubia es simplemente “El Chascas”. El Chascas Valenzuela. El mismo de Amor a domicilio, Marparaíso, La familia de al lado, Dama y obrero que estuvo un par de meses de vacaciones en Chile, en Zapallar, junto a su pareja, Anthony Ortega.

Si todavía no se hace una idea, este hombre de 41 años es el escritor-guionista chileno cuyas historias son vistas en más lugares del mundo. Su último trabajo, la teleserie Santa Diabla, acaba de ser estrenada en Rumania y en Estados Unidos, por Telemundo, pelea palmo a palmo el rating a los late show más reputados del país. Además, su Trilogía del Malamor recorre toda América cautivando a fanáticos adolescentes.

La del Chascas es una vida extrañamente dedicada a las teleseries. Ni siquiera era un gran consumidor de ellas —vio Pantanal, Trampas y caretas, Los títeres—; y el cable por esa época no era un producto masivo. “Me acuerdo de que cuando era muy chico escribía teleseries, guiones de obritas de teatro de unos culebrones que duraban 15 capítulos. A los 8 años le robaba la máquina de escribir a mi tía, la escritora Ana María Güiraldes. La primera telenovela que hice se llamaba El condominio; muy inspirada en lo que fue La Torre 10. En ese tiempo grababan escenas en la casa de mis vecinos. Estaba Sonia Viveros y yo quedé en shock”, cuenta José Ignacio sobre esos días en que vivía en Eduardo Acevedo con Luis Pasteur y vio todo ese despliegue de cámaras dirigido por Vicente Sabatini.

Con los años, su fanatismo fue creciendo hasta el punto de grabar las teleseries en VHS para luego transcribirlas a mano. “Estudiaba cuántas veces salía el protagonista en el capítulo, cuántas escenas exteriores había, cuántas interiores y con eso fui poco a poco deconstruyendo y aprendiendo la estructura”, explica sobre los inicios de su oficio, uno que no se enseñaba en ningún lado y del que había aprendido un poco en un curso de escritura de cine y televisión del Goethe Institute, dictado por Antonio Skármeta y Carlos Cerda.

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Con la misma ilusión con la que hoy tuitea con el público de sus teleseries, a mediados de los noventa tomó una micro que tenía el cartel “canales 7-11-13, Santa María” y partió a probar suerte, con su chasca al viento y recién en segundo año de Literatura. “En el 13 por alguna razón me dejaron entrar y llegué a la oficina de Ricardo Miranda. Tenía 19 años y me dicen que lo único que aceptan son currículum que vengan acompañados de una idea de teleserie, y saqué un cuaderno y a mano escribí 20 líneas de una idea. Era la historia de una pizzería”, cuenta sobre su inicio formal en el mundo de las teleseries y el que sería su temprano debut, Amor a domicilio, con los protagónicos de Luciano Cruz Coke, Pancha Merino, Cristián Campos y la música de Nicole, con Dame luz.

De ahí el éxito le vino como una avalancha. La grúa se lo llevó a México a hacer teleseries en Televisa y Televisión Azteca y perfectamente pudo ser tragado por un tratamiento de rockstar, con limusina a la puerta incluida. Pero prefirió tomar su carrera con calma. Y aunque para algunos sigue siendo la promesa chascona de las teleseries noventeras, hoy tiene 21 producciones en su currículo, algunas que han sido transmitidas en más de 80 países.ç

—¿Qué sientes cuando piensas sobre el camino recorrido entre entregar una teleserie en una hoja de cuaderno hasta enterarte que tus historias se ven en Rumania?

—Trato de no perder la capacidad de asombro, porque el día que no me importe o que diga ‘¡ah, qué cool!’ y siga tecleando, me voy a poner un huevón de mierda. Nunca voy a olvidarme de Amor a domicilio, porque la escribí en la ignorancia más absoluta, no tenía idea de lo que estaba haciendo.

“En general las telenovelas las busco en el diario, en estadísticas, en la antropología. Un ejemplo concreto es La familia de al lado. Tenía que hacer una teleserie para TVN y empecé a investigar en internet. Me acuerdo que puse elementos relevantes en Chile. De pronto apareció que éramos el país con más alarmas de autos en el mundo; y el segundo con más rejas en las ventanas. Cuando descubrí eso, dije acá me estoy enfrentando a algo objetivo: una sociedad de desconfiados. Entonces pensé: ¿cómo puedo inventar una historia de desconfianza? Qué más confiado que tu vecino, el de la tacita de azúcar, el que te cuida la casa en vacaciones. En mi infancia, los vecinos eran así. Construí dos familias vecinas, que supuestamente eran amigas de toda la vida, pero rascabas un poquitito y… Así trabajo. No busco referentes en otras telenovelas, sino que productos literarios o cinematográficos. Me encanta ese cruce”, cuenta sobre sus historias, las mismas que fabrica en Miami, su última parada tras 20 años fuera de Chile.

Hoy vive en un caos creativo y de viajes tras la explosión de su Trilogía del Malamor en toda Latinoamérica. “Tuve que aprender a escribir en los aviones, en los hoteles, en los aeropuertos, en los autos, incluso en unas lanchas, cuando estuve en Chiloé mientras preparaba Dama y obrero.

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—¿Cómo te ha ido con tus libros? Acá no se conoce mucho esa faceta tuya.

—Tengo como 15 libros publicados, sobre todo en México. Mis libros llegan muy poco a Chile, tengo como 15 con Alfaguara México y claro, han funcionado bien, pero de pronto esta cosa del Malamor como que le dio en el clavo sin querer queriendo a un nicho muy particular, que es el de los herederos de las sagas de Harry Potter, Crepúsculo, Los juegos del hambre, pero latinoamericano, en español, con lugares totalmente reconocibles: Santiago de Chile, Puerto Montt, México. ¡El libro tiene como 12 clubes de fans! Lo que terminó de consolidar esta trilogía es que muchos colegios lo están pidiendo como lectura recomendada.

—Eso debe ser causa de orgullo.
—Siempre he sido un defensor de la lectura y crítico acérrimo de los planes de los colegios. ¡Los planes de lectura que tenemos en Chile están hechos por gente que odia la literatura! Hay que generar lectores, construirlos y lo puedo decir con conocimiento de causa, porque he recorrido 160 colegios en Chile y no sé cuántos cientos más en Latinoamérica.

—Ahora estás preparando un libro infantil: De qué color es tu sombra. Dijiste que te conectó con el tema de la discriminación y la diversidad. ¿Sufriste discriminación por tu orientación sexual?
—En general en mi vida nunca he sufrido discriminación, así como ‘¡ah, el maricón!’. No me ha pasado nunca. Tengo una familia muy contenedora. No es tema.

—Pero tu caso es una excepción.

—Absolutamente.

—Chile es un país discriminador.

—Y además racista. Empecé a sentir discriminación estatal ahora de adulto. Tengo una pareja hace diez años, con la que nos hemos sacado la cresta para consolidar la relación, para hacer familia, tener un núcleo poderoso para que el día que a mí ya no me publiquen libros y no me compren telenovelas o películas, no me importe porque mi mejor trabajo lo hice puertas adentro. Pero entonces resulta que si a mí me pasa algo y voy a dar a una UTI, Anthony no puede entrar porque no es pariente directo, no es familiar. O si yo muero, no me queda más que confiar en la buena fe de mi familia, que le va a dejar lo que le corresponde a él. Y eso me provoca indignación desde hace años, y cada día crece más. Y cuando escucho argumentos de gente negándose al AVP, me dan ganas de salir a la calle a gritar e incendiar el Congreso.

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—¿Y cómo llevas el tema en EE.UU?
—Miami es un estado en el que no te puedes casar, pero yo trabajo para NBC (de la cual Telemundo es filial) y lo único que me preguntaron era si tenía pareja. Me pidieron su seguro social y automáticamente Anthony pasó a tener los mismos beneficios míos: salud, dentista, seguro de vida, de accidentes. Eso en Chile es impensado. Acá ni siquiera pude comprarle un seguro ni ponerlo en mi isapre. Esas cosas me indignan.

—En Chile nadie ve teleseries. Nadie se sabe los personajes. Sólo las dueñas de casa y los pobres.

—Cuando entré a la Universidad Católica y empecé a escribir Amor a domicilio, la mitad de los profesores me dejó de hablar. Era el prejuicio de que la teleserie es una estupidez, pa’ tontos. Yo creo que la telenovela puede ser además un arma educativa. La casa de al lado se calcula que fue vista —según reportes de Telemundo— por 3 mil millones de personas en el mundo. ¡Putas, eso es una responsabilidad muy grande! Entonces te da la posibilidad que te escuchen millones, 40 minutos diarios durante ocho meses ¡Lo menos que tú puedes hacer es hablar de algo interesante!