Si hay un concepto que a Diana Bolocco (39) la identifica e interpreta es la flexibilidad. Pero no sólo se trata de algo físico que a diario pone a prueba con los ejercicios de Anusara yoga que practica este último tiempo. Lo de ella ha sido la capacidad de mutar, de dejar atrás una rigidez mental para dar paso a una mujer menos estructurada y prejuiciosa, más abierta y relajada, capaz de cambiar incluso de opinión, sin importarle que la tilden de inconsecuente.

Y es porque a punta de caídas, Diana se dio cuenta de que la intransigencia no la llevaba a ninguna parte; que quedarse pegada en el “deber ser” solo la mantenía atrapada en estereotipos que no la realizaban. De eso ha ido tomando conciencia este último año, en que su actual pareja Cristián Sánchez ha tenido mucho que ver en esta transformación y en ese “dejar fluir”, donde se abrió a un nuevo amor, a tener más hijos, a trabajar en TV e incluso al perdón y al reencuentro con su ex marido, Gonzalo Cisternas, con quien tuvo un bullado y polémico divorcio hace diez años.

Hoy, incluso son amigos, tal como lo contó la propia animadora hace unas semanas en el matinal Bienvenidos. Su proceso de cambio viene precisamente de ese período, cuando comenzó a darse cuenta de que su primer matrimonio con el empresario y padre de sus dos hijos mayores —Pedro (15) y Diego (12)— no estaba funcionando.

A pesar de la diferencia de caracteres, de lo mal que lo pasaba y de no ser feliz, estuvo en un principio empecinada en seguir adelante con esa relación; en ser la madre y esposa perfecta. No se permitía fracasar; menos aún reconocerle al resto que tenían razón cuando le advirtieron una y otra vez que era demasiado joven para casarse.

En esa rigidez, admite que le pesaron sus genes alemanes que le impedían salirse del molde. “Tengo mucho de alemana, un poco toc; ordenada, esquematizada… Fui hija de papás viejos y el ‘concho’ de cinco hermanos, criada con mucha libertad, lo que me hizo ser más responsable. Nunca falté a clases ni me permitía enfermarme, hacer la cimarra o faltar para una prueba, lo que está bien pero tiene un costo gigante; ¡a los 18 tienes que darte licencias y equivocarte! Ese sentido de la responsabilidad hizo que desde chica me trazara un camino súper claro. Ahora entiendo por qué me casé a los 23, a pesar de que todos me decían que no”.

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—¿Sentía que era el paso que debía dar?

—Siempre me sentí más grande de lo que era. Me puse a pololear chica con alguien que sabía que quería casarse joven; fue el paso lógico, no me lo cuestioné.

Mi ex marido se movía en un  círculo más conservador y sus cercanos se casaban a esa edad. Mis amigas me decían que me faltaba por vivir, ¡y tenían razón! Qué ganas de haber estudiado afuera, vivir y viajar sola…

Por largo tiempo sentí que no era feliz en mi matrimonio y mi ex tampoco lo era conmigo, pero no estaba en mis libros separarme, ¡no podía cometer ese error! ¡¿Cómo le explicaba al mundo que me había equivocado?!; que había tomado una muy mala decisión que me hacía desdichada.

—¿Cuándo se hizo la idea?

—Tomé conciencia. Creo que la gente que se queda pegada es porque no está mirando y se hace la loca. Te pones trampas, porque tienes señales todo el rato. Si andas un poco más conectada con tu alrededor, ves las cosas más claras y ahí ya no puedes volver atrás. Hoy miro ese período y pienso ¡¿por qué no tomamos la decisión antes?! Llegó el minuto en que dije: ‘soy súper infeliz, no quiero esto para mí, no quiero levantarme así…’. Y aunque es valorable el cambio, a veces también lo es no tomar decisiones, ¡mira lo que estoy diciendo!

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—¿Cómo es eso?

—Cuando estás muy metido en el problema, las decisiones te pueden quedar grandes; en ese caso lo mejor es dejar fluir y que las cosas sucedan solas. A veces es necesario, porque es muy soberbio pensar que tienes todo bajo control, sobre todo en una separación que depende de a lo menos dos personas, aunque creo que de muchas más. El entorno también se enferma y ver que lo que determines también afecta al resto, lo hace más fácil. Por mucho rato me hice la tonta…

—¿Intentaba seguir con el modelo de la mamá y esposa perfecta?

—Sí, ¡y lo hice todo mal! En ese tiempo Pedro y Diego tenían 4 y 1 año y me resultaba muy difícil hacerme cargo porque estaba en otra. Ser mamá de golpe y con muchas cosas no resueltas es complejo, cometes errores; tienes poca conciencia, mucha ansiedad, a veces con ganas de estar en otro lado.

—¿Hubo maltrato sicológico como se especuló en su momento?

—No, no sufrí de violencia sicológica. No teníamos una relación sana y eso es responsabilidad de ambas partes y de la historia que trae cada uno. En la vida siempre puedes elegir ser víctima o hacerte responsable de los actos y caminos que tomas. A mí, honestamente, no me queda el papel de víctima. Elijo hacerme cargo y sentirme responsable. Yo he tomado cada una de las decisiones de mi vida libremente.

—¿Cuál fue el momento preciso en que decidió terminar con su matrimonio?

—Cuando me di cuenta de que no sólo uno se hace daño, sino —como te decía— que también se enferma el entorno. Un día miré a mis hijos y los vi como asustados, sobre todo al mayor lo noté muy triste. Ahí entendí que pretender darles una familia convencional no los hacía más felices; y no me equivoqué. Ahí empezó el proceso de sanación que es largo, de mirar para atrás y decir yo no era una víctima, todos lo fuimos de igual manera. Hoy mis hijos están contentos, sanos, tienen dos familias que los adoran, una chorrera de hermanos, con una nueva mamá que los ama, tienen a Cristián. Ahora somos todos amigos.

—Llamó la atención que contara en pantalla que incluso salen juntos con sus respectivas parejas, ¿Cómo logró perdonar?

—No pasa por perdonar, sino por aceptar que en cualquier conflicto, hay dos fuerzas opuestas, entonces no puedes quedarte en que el otro tiene toda la culpa y responsabilidad. Mi mamá tuvo mucho que ver también. Ella que es muy espiritual, un día me dijo: “Diana, ¿por qué no le mandas amor a tu ex marido?”. Le dije si estaba loca, ¡nos odiábamos! Sin embargo, llegó un minuto en que dejé de pelear. Empecé a fluir, a ceder en el tema de los niños; dejé de hacer la guerra y se generó el cambio. Para pelear necesitas dos, basta que uno no lo haga y termina el conflicto. De a poco partió la buena onda y ahora somos amigos. A Gonzalo volví a quererlo, le tengo cariño; espero que él también. Y esta armonía repercute en el entorno, los niños perciben que ya no hay tensión. Es un proceso; hay que pasar por el infierno para llegar al cielo.

—¿Con qué herramientas salió de ese infierno del que habla?

—Venía de una terapia larga para entender cuál era mi responsabilidad en esto, porque lo más fácil es culpar al resto e ir de víctima por la vida.

—¿En qué fue responsable usted?

—En callarme muchas veces, en haber dicho cosas, en interponerme en sus procesos personales, en no aceptarlo como era, en ser poco flexible…

—Da la sensación de que se anuló para llevar la vida que él esperaba de usted.

—Sí, pero fue mi elección; nadie me dijo quédate en la casa o no trabajes en lo que te gusta. Mirando atrás, creo que él es súper poco machista y cada vez menos conservador. Hoy está emparejado con una periodista muy empoderada, trabajadora, con opinión… Cuando nos separamos, yo no estaba contenta conmigo en ningún aspecto; no me sentía buena pareja, madre ni me estaba desarrollando en lo profesional. Pero yo era la responsable, al menos cómplice silenciosa.

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—¿Y dejó de sentir rabia?

—Por supuesto que sentí rabia mucho tiempo, pero no puedes quedarte pegada. Como te dije, me cansé de pelear, de estar en un estado constante de tensión que involucra a tu entorno. Tiendo a ser conciliadora y soy poco orgullosa, y eso tiene que ver con la edad. Cada vez siento que tengo menos la razón, trato de escuchar más y de hablar menos.

Recién separada, sola, con dos hijos y sin trabajo, a Diana no le quedó más que aceptar ofertas de TV por necesidad. En el camino, se fue olvidando de los resabios de ataduras, complejos, miedos, inseguridades y prejuicios que aún le quedaban y se abrió a todas las sorpresas que llegaron con esta nueva oportunidad.

Desde entonces el dejarse sorprender ha sido una constante, al punto, que la vida se transformó en una aventura y ya no planifica nada. Fue así como sin buscarlo, le llegó el amor, dos nuevos hijos —Facundo (4) y Gracia (1)— y un éxito insospechado en TV que la tienen como uno de los rostros más potentes de la pantalla.

“Al final no controlas nada, por eso que hace rato que no agendo a futuro; la planificación me angustia. El otro día pensaba en lo flexible que me he transformado y eso tiene que ver con la tolerancia, con un cambio constante producto de cuestionarte sin culpa y en aceptar que puedes cambiar de opinión y pensar distinto según la etapa que vives, porque como dice mi profesora de yoga: ‘lo que no cambia, ¡muere!’. Y mutar para mí ya es una necesidad”.

—¿Y hasta dónde se puede ser flexible con cuatro hijos?

—Los niños son más felices con hábitos, en eso sigo siendo estructurada, entendiendo también que en su minuto se me pasó la mano y que si hoy Facundo falta un día al jardín, no pasa nada. Mientras más envejezco, más me doy cuenta de que tengo menos claridad de las cosas, pero mejor así. Si al final, nadie tiene asegurado nada. Conozco, por ejemplo, muchos casos de parejas que parecen perfectas, pero resulta que él tiene a otra o ella mira para el lado. Por eso es mejor no tener certeza de nada y hacer el trabajo día a día para que las cosas resulten. Aprendí también a pedir. Me cuesta buscar ayuda y me frustra que el otro no se dé cuenta; una tontera, cuando lo más fácil es hacerlo claro. Lo mismo con los niños, cuando tienes dudas sobre algo, decirles que no sabes y juntos tomar una decisión. Me siento con el derecho a no saber.

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—Considerando su historia, ¿pretende educar distinto a su hija?

—Quiero que ella y todos mis niños sean más libres, de permitirse y equivocarse. A Gracia fomentarle el desprejuicio, el probar en todo; en el fondo la no perfección, que se dé permisos para cometer errores en su carrera, con la pareja, los hijos… Las chilenas son muy autosuficientes, quieren ser perfectas y se exigen mucho.

—¿No es la sociedad la que le exige acaso?

—¿Quién te lo exige?, ¡una se lo exige! Aunque hemos evolucionado, somos castigadores, pero no en particular con la mujer, sino con todos. Estamos esperando que el otro se equivoque para apuntarlo, lo que nos ha convertido en una sociedad mucho más amarga. Y veo cómo las mujeres de mi entorno quieren ser las mejores dueñas de casa, que además cocinan, trabajan, ven a los hijos, hacen turnos de colegio, van a buscar a los niños a deporte y más encima los miran mientras entrenan. Además, quieren ser una súper pareja, estar lindas, flacas y con las uñas hechas, ¡imposible! Ahí tienes que abandonar algunos roles y delegar nomás.

—¿Qué ha delegado usted?

—No soy de las que espera a sus hijos afuera del colegio, que los va a dejar en las mañanas; nunca más estudié con ellos ni revisé agendas de tarea. Es la manera de que tomen decisiones y asuman consecuencias; y por último, si no se sacan buena nota, ¡¿qué importa!? Es la mamá que les tocó; ya dejé de culparme. No soy de otra manera ni nunca lo seré. Y mirándolos, no lo hice tan mal: son niños increíbles, exquisitos, y yo una madre muy diferente, ni mejor ni peor; pero distinta, menos ansiosa. Ya no me castigo ni aspiro a ser la mejor mamá, pareja y profesional, ¡soy mucho peor!

—¿Qué no logra soltar aún?

—Suena inconsecuente, pero me cuesta soltar a mis hijos. Es una lucha diaria; se están haciendo grandes, necesitan más libertad pero me asusta dárselas; vivo en esa disyuntiva. También sigo maniática del orden… Donde más he soltado es en mi relación —aunque Cristián quizá tenga otra opinión—, en cuanto a dejarle sus espacios, entendiendo que tiene otro ritmo, que le importan otras cosas y tiene su manera de hacerlas.

—¿Qué no aceptaría hoy de su pareja?

—Cuando estás convencida del camino que elegiste, no permites que otra persona intente cambiarte o convencerte de lo contrario. Y espero de ahora en adelante no traicionarme nunca. Es un trabajo diario, pero al menos estoy consciente cuando no lo logro y trato de revertirlo. Quiero ser cada día más flexible, lo que no significa debilidad, sino fluir lo más que se pueda, ya que solo me ha traído cosas buenas, desde encontrar el amor, ser feliz, tener más hijos…

—¿Pensó que no tendría más hijos?

—Cuando eres estructurada y pretendes ser de una manera y no te resulta, es muy irresponsable tener más hijos. Te faltan manos, horas en el día y tienes menos posibilidades de hacer tu trabajo. Mi cambio de mentalidad no sólo me trajo un hombre e hijos, también una pega que es muy cambiante, con momentos duros pero con otros que me hacen inmensamente feliz. Ser flexible me salvó de mí, de mi naturaleza, de la mujer que pretendía ser cuando tenía 20; de la estructura y del camino lógico. En el fondo, me salvó de la angustia, porque no hay nada más frustrante para una persona planificada salirse del plan trazado, del deber ser.