Hace cuatro años que Luis Jara dejó de preocuparse de éxitos y de logros. Ocurrió cuando un médico le preguntó un día si en su agitada vida dejaba espacio para preguntarse quién era realmente sin la TV, la música y su familia. “Fue como un palo en la cabeza; no supe qué responder sobre cuánto he trabajado conmigo, para mí, no para lo que opine el resto. Fue un desafío interesante, lógico. Desde entonces, comencé una búsqueda espiritual. Armé mi propia terapia y cada cierto rato me detengo a mirar lo que me rodea, lo que he hecho y lo que me hace falta”.  

En el fondo, dice, está atento y consciente de las cosas, hechos, personas y momentos, en una sociedad exitista y desenfrenada que pareciera no permite detenerse. A los 51 años, hoy las prioridades para el cantante son su salud, pasarlo bien, estar con la gente y en los lugares que quiere, y no restarse de momentos importantes. “No se trata de un cambio de mirada, sino de una evolución. He hecho esfuerzos por crecer”. 

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Alcanzar metas y triunfos ya no tienen el mismo valor para el intérprete de “Un golpe de suerte”. Su desprendimiento es tal, que hasta no descarta en un futuro no tan lejano, partir con su mujer Silvana Hasbún y tres hijos —Luis Felipe (21), Nicolás (19) y Cristóbal (8)— a vivir a la playa. “He hecho tantos cambios en mi vida que a los 60 me iría a la costa y quizá formar allí una comunidad que se contagie con mi experiencia artística. ¿Y si me voy a El Quisco?, no lo encuentro descabellado. Seguiría presente, pero desde otra parada, sin la visibilidad que da la TV”. 

Esta renovación de la que habla ha ido de la mano con ciertas decisiones que ha tomado en los últimos años, como por ejemplo, volver a las mañanas con la conducción del matinal Mucho Gusto —que ha liderado la sintonía—, y que en lo personal, confiesa, ha resultado terapéutico. “Aunque es un escenario muy expuesto, ha sacado lo mejor de mí. No sirvo para andar midiéndome por la vida, entonces ha sido una oportunidad de liberación absoluta. A lo mejor no he necesitado terapias porque la hago todos los días en pantalla”.

Contento con su actual etapa y hasta orgulloso de sus canas, varios pelos menos y algunos kilos de más, Lucho había decidido incluso escribir un libro con su historia. “Empecé a trabajar la idea, pero pensé que mi vida ya estaba escrita; la gente la conoce, la ve día a día… Fue entonces que se me vino a la cabeza mi padre y quise descubrir cómo fue este Jara versus Jara”.

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“Es una historia poco contada, súper profunda, con matices emotivos y desgarradores. Me metí en un mundo que no tocaba hace mucho… Escarbar en la relación con mi papá y mirar las cosas desde otra perspectiva, me ha ayudado a descubrirlo a él y a entender quién soy yo”, dice sobre el escrito que comenzó hace unos meses y que en un principio no contó con el apoyo familiar.

Casado con Alba Rosa Cantillana, padre de Luis y Andrea, empleado particular y portero de empresas, don Luis Jara Vergara era un hombre de pocas palabras y expresiones, que casi no se relacionaba con sus hijos, creando una barrera gigante con el cantante. “Que sea padre y el tomar distancia, me ha hecho mirarlo distinto y reconciliarme con nuestra historia. De tener una nula relación, terminó muriendo en mis brazos el día de mi cumpleaños, cuando él tenía 73 y yo 26. Fue un vínculo con matices de novela; he tenido que ser muy valiente para hablarlo”.

—¿Por qué esa indiferencia por parte de él?

—Eramos diferentes; mi papá nació en el año 19 y yo en el 65, en etapas muy distintas; no había puntos de encuentro. El era apático, egoísta, nunca empatizamos en nada ni pasamos unas vacaciones juntos; para él era más cómodo quedarse en su casa y que mi mamá se fuera con nosotros a la playa. Aun así, nunca me lo cuestioné y debí armarme a la sombra de este señor que no conocía, con quien no contaba.

—¿Afectó su autoestima esa ausencia?

—He sido un gallo inseguro, no sé si por eso, pero he tenido que luchar mucho con mi inseguridad. Debí construir un tipo expresivo, sólido; el humor ha sido una gran herramienta, aunque creo que la autoestima se afecta cuando no te sientes querido, que no fue mi caso. Mi tema no fue falta de cariño, sino un choque generacional tremendo, de incompatibilidad de caracteres, de falta de elementos en común. El no escuchaba música, no veía el Festival de Viña, menos iba a entender a este hijo artista.

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—¿Nunca una conversación,  jugar a la pelota o un consejo?

—Es que en esos años los padres no hablaban con sus hijos, no se vinculaban. Frente a eso o me resignaba o hacía que ese viejo me amara. Y a los 16 años (cuando él tenía 61) decidí ir a buscarlo. Me lo tomé como un desafío, un juego. Comencé a engatusarlo, atosigarlo, confundirlo; le descolocó que de repente me lanzara encima, le daba besos, lo agarraba y tiraba al suelo. Jugaba con su ego y le decía que quizá mi voz era su herencia. Se encontró con un hijo tan distinto a él; mi papá era miedoso, culposo, no corría riesgos: no sabía manejar, nunca se había subido a un avión ni se cambió de AFP.

—¿Cómo resultó ser usted tan distinto a su padre?

—Es difícil explicar de dónde viene mi temperamento. Ser artista me dio otras herramientas, aunque hoy reconozco en mí mucho de su carácter. Mi papá creía en la paz, en la armonía, en el silencio que ahora me acomoda bastante. Ya no me urjo ni corro como antes. Quiero estar bien, tranquilo, agradado, darme mis tiempos. Este ejercicio de recordar cómo reconstruí nuestra relación con tan pocos elementos, la tenía muerta en la memoria. Había dejado de hablar de él porque mi mamá fue muy protagónica en los últimos años. Por eso mis ganas de encontrarme con su figura y partí a buscarlo. Como estoy en una etapa de papá tan presente, me ha ayudado a entender más ese rol. Aún no sé qué haré con esta historia una vez que termine de escribirla.

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—¿En qué etapa del libro se encuentra?

—Voy en el año ’87, cinco antes de su muerte. No tengo afán de convertirlo en un best seller, sino de comunicar una emoción. Cuando fui al Festival de Viña en el ’86, mi papá se entregó por completo. Pensó que si yo no tenía un cable a tierra, ¡podía irme a la mierda! Se sintió, entonces, con la responsabilidad de acompañarme, convirtiéndose en mi compañero de ruta hasta que murió. De ser apático, desvinculado, se transformó en mi mejor amigo. A pesar de que yo ya tenía un nombre como artista, él aunque estaba jubilado, siguió trabajando como nochero. Mi madre no lo aceptaba de vuelta en casa, ¡perdía su libertad! Ellos mantenían un gallito permanente, creo que lo único que los unía eran sus hijos. Un día le dije a mi viejo que no era necesario que siguiera trabajando; me miró y me dijo: “usted escriba su historia, yo ya escribí la mía; es lo que me tocó”. ¡Esa cuestión me rompió el alma!

—¿No reaccionó mal él cuando usted, a los 16, arrendó una nueva casa para la familia?

—El podría haber perdido su autoridad, pero eso no ocurrió jamás ni yo pasé por arriba suyo. Pudo haberme dicho que me fuera solo y que lo dejara ahí con mi madre, que esa era su realidad; sin embargo, me siguieron. Y nos fuimos al paradero 2 de Vicuña Mackena a una casa con tres piezas y jardín, ¡a mi mamá le faltaban mangueras para regar! El lo asumió bien.

—¿Diría que no quedó nada pendiente entre ustedes?

—Nos faltó una conversación de hombres hasta las 4 de la mañana, en una mesa redonda y con una botella de vino. Esa carga, esa emoción está siempre en el relato. Es un pendiente que me he encargado de cultivar con mis hijos. Las copas que no bebimos, me las he tomado con ellos. Cuando mis niños me recuerden, quiero que digan: “mi papá estuvo siempre ahí, me escuchó, se vinculó, le importé…”. No habría podido abrirme así a la paternidad, si no hubiera entendido cuán importante fue mi papá para mí. 

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—¿Quedaron rabias o recriminaciones pendientes?

—No… Durante un tiempo sí no entendía que fuera tan desprovisto de cariño con mi mamá. El Día de la Madre, Santa Rosa o su cumpleaños, no eran tema para él. Entonces yo compraba un jabón Le Sancy, lo envolvía, esperaba a mi papá que se bajara de la micro, se lo pasaba y le decía: “toma, mi mamá esta de cumpleaños”. Y él, en vez de decirle “tome Alba, le traje esto”, le aclaraba: “tome, esto lo compró el Luis”. Aun así, nunca le dije nada; en esa época a los padres no se les recriminaba. Jamás le levanté la voz, nunca lo juzgué. No tenía empatía, no le importaba nada más que el fútbol, la isapre, la  AFP, Colo Colo y el orden, ¡que nadie lo hueviara! Lo pude haber dejado como era, quedarme con esa imagen de viejo egoísta, sin embargo, le mostré que había otra forma y ambos apostamos por querernos, escucharnos y aprender el uno del otro. En sus últimos días, con un cáncer que lo consumía, le pregunté si me quería. Con un hilo de voz me respondió: “hijo, con ustedes comencé a amar, porque no sabía”… Pienso en el final de esta historia y aún no logro dimensionar cómo se diseñó todo para que muriera en mis brazos el día de mi cumpleaños…

–¿Cómo recuerda ese día?

—Fue un domingo 25 de octubre, a las 5 de la tarde de 1992. El estaba agonizando en nuestra casa, donde estaban mi madre, hermana y mi mujer Silvana, quien era mi polola. Ese día sentí que debía dejarlo partir. Tenía una necesidad imperiosa por retenerlo, era un acto súper egoísta, por mi arrogancia juvenil, lo tenía pegado a nosotros sin sentido. Y en un acto lúcido y consciente —el primero que tuve en el proceso de su enfermedad— me senté en un sillón verde, agarré un denario y con una oración súper potente y profunda, le entregué mi padre a Dios. Estaba preparado para su partida… Me acosté a su lado, él con una respiración muy lenta, y le dije: “papá, estoy de cumpleaños”. El me pega una palmadita en la mano, me mira y con su hilo de voz me responde: “feliz cumpleaños”…, y a los 30 segundos, murió. Con la perspectiva del tiempo, este ejercicio me mostró otra visión de él y de las cosas.

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—¿En qué sentido?

—Entendí que mi padre fue producto de una época y que la falta de amor es más profunda que la falta de oportunidades. Puedes tenerlo todo, una mente brillante, una herencia espectacular, una casa increíble, pero una carencia afectiva ¡te puede cagar la vida! Por eso es tan excepcional el cambio que tuvo. Se entregó y se dejó amar. Se convirtió en un viejo bondadoso, generoso, preocupado, sensible. En su última etapa, lo vi hasta llorar de emoción, ¡abrazar a mi madre! Esa transformación a los 65 es muy esperanzadora porque todos los días tengo el afán de evolucionar. Ha sido un proceso distinto a todos los vividos, que me tiene encendido, conectado, emocionado. Insisto, no sé cuál será finalmente el resultado de esto, pero tenía ganas de reencontrarme con mi viejo. Le dio un sentido a mi vida y me permitió cerrar un ciclo. El y yo, ¡la hicimos!