¿De qué club cree usted que fue hincha Pinochet? Un 47 por ciento cree que de Colo-Colo. ¿Y Piñera? El 36 por ciento piensa que es albo y otro 26% sostiene que es de la UC. ¿Frei Ruiz-Tagle? Un 37% lo identifica con la U y el 12 por ciento con la Católica. ¿Qué creen de Lagos? Un 25% piensa que es de la U. ¿Y Bachelet? Un 55 por ciento no la relaciona con ningún club, pero un 17% cree que es de la Chile y un 16% de Colo Colo. ¿Allende? Un 18% lo identifica con el cacique y un 11 por ciento con la U. 

En el epílogo de la reedición de Goles y autogoles (Editorial Ebooks Patagonia), la investigación que en 2001 arrojó las primeras luces sobre la utilización política del fútbol en Chile, el periodista Daniel Matamala (Valdivia, 1978) publica una encuesta que Plaza Pública-Cadem realizó especialmente para esta nueva versión del título, que desde esta semana está disponible en librerías. En el estudio de opinión no solamente consulta sobre la identificación que hacen los chilenos de sus líderes políticos, sino también de las estrellas actuales de este deporte. A Arturo Vidal, por ejemplo, un 40 por ciento lo identifica con la izquierda y un ocho por ciento con la derecha. Sobre Alexis Sánchez, un 30 por ciento piensa que es de izquierda y un 10 por ciento lo ubica en la derecha. 

A lo largo de 343 páginas, el periodista de la Universidad Católica y Master of Arts en Periodismo Político de la Universidad de Columbia desentraña episodios desconocidos sobre la poco explorada trenza entre la política y el fútbol —sobre todo desde la dictadura a la actualidad— y analiza aquellos eventos que han pasado inadvertidos para la mayoría de los ciudadanos. En las últimas líneas de la investigación, sin embargo, como si quisiera entregar una buena noticia, Matamala se pregunta si la larga historia política de los clubes chilenos de la que habla en el libro condiciona a los hinchas. “La respuesta, rotunda, es no”, escribe el periodista de la U. “Después de todo (después de BHC y de Ambrosio; después de Allende y de Pinochet; después de Piñera y de Délano; después de Ruiz-Tagle y de Yuraszeck), los dueños del corazón de los clubes no son ni Penta ni Larraín-Vial, ni la UDI ni las sociedades de inversión. Son los hinchas”.

De esto y otros asuntos hablamos en esta conversación realizada en una sala de reuniones de CNN Chile.

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—Pese a que Chile es futbolizado, se debate bastante poco de los poderes que se mueven con el fútbol. 

—En general creo que hay poca conversación sobre estos temas, más allá de algunos círculos restringidos. Siento que la ley de sociedades anónimas deportivas, por ejemplo, pasó piola. No hubo debate real acerca de qué significaba que los grupos económicos o que un político se apoderara de un equipo.

—¿Qué buscan los políticos en el fútbol?

—Generar un lazo tan fuerte como el que une a un hincha con su club. En el Chile antiguo, la gente se identificaba con un partido político por una historia personal o familiar. Eso se perdió. Los políticos buscan en el fútbol identidad, historia, identificación, porque entre el mundo de la política y los ciudadanos esos nexos están rotos. 

A fines de 2015 Matamala publicará una investigación sobre la influencia de los grandes grupos económicos y el dinero en la política en distintas áreas, no solamente en el financiamiento de campañas. Este nudo de poderes es el que explora también en el capítulo de Goles y autogoles donde aborda la trama oculta que en 2002 supuso la aprobación de la ley que permitió, con el consenso de los diferentes sectores, convertir a los clubes de fútbol en sociedades anónimas.

—¿Por qué te parece relevante esa ley? ¿De qué da cuenta?

—Este episodio tiene que ver con la forma en que el poder intenta acercarse e incluso apoderarse de uno de los fenómenos sociales más interesantes y masivos de Chile, que es el fútbol. Existe un triángulo del poder político, económico y el poder emocional y simbólico del fútbol —por darle un nombre— que con las sociedades anónimas por primera vez se unifica. 

—“En el comienzo de todo, estuvo Piñera”, escribes en el libro.

–Porque Piñera es el que presenta el proyecto original, el 10 de marzo de 1998, en su último día como parlamentario. En todo el trámite del proyecto de ley están estas fuerzas: está Piñera, pero hay también grupos económicos. En la discusión hay momentos súper interesantes, como cuando Aníbal Pérez, diputado PPD, dice: “Si aprobamos esta ley, Piñera va a ser el dueño de Colo-Colo y Yuraszeck de la U”. No es que tuviera una bolita mágica, sino que ellos ya estaban trabajando en el Congreso para aprobar la tramitación del proyecto y luego tenían el plan de hacerse cargo de los clubes. No es que haya dos procesos separados en que nosotros como sociedad hayamos tomado la decisión que era la mejor forma de organización y luego llegaran algunos grupos que estaban interesados, no. Son dos procesos paralelos: la ley la impulsan grupos interesados en apoderarse del fútbol.

—¿Por motivos económicos?

—Más que por motivos económicos —esa es mi interpretación— por imagen y de prestigio. 

—Todo sucedió en el gobierno de Lagos.

—El gobierno de Lagos fue el que llevó adelante esta ley. No hubiera sido ley si no hubiese sido porque la Concertación estuvo de acuerdo. Había cierta presión. El gobierno no podía permitirse que Colo-Colo —que estaba en quiebra— desapareciera. De alguna manera, esto se le acerca como la solución en un momento de bastante crisis y, como le ha pasado en otras ocasiones, la Concertación no tenía un proyecto propio. Hubo un poco de ingenuidad, que es lo que reconoce el ex ministro Francisco Vidal: algunos de ellos no le tomaron el peso al hecho de que estaban regalando una herramienta política importante a quienes pudieran hacer alianzas con grupos económicos. 

—A diez años de la promulgación de la ley, ¿qué se ganó? ¿Qué se perdió?

—Ahora hay menos problemas de sueldos y cotizaciones impagas, por ejemplo. Más orden. Dicho eso, ¿qué se perdió? Primero hay una pérdida de la identidad básica que el socio es el dueño de su club. Hoy en Colo-Colo, la U, la Católica, el socio puede ser dueño del club, pero la sociedad que lo administra no depende de él. Está ese riesgo: un club de fútbol, que debería ser patrimonio de los hinchas, puede terminar siendo un instrumento al servicio de alguien. 

—Sucede también, como señalas en tu libro, que los gastos en el fútbol son públicos y las ganancias privadas.

—Actualmente los clubes —sociedades anónimas con fines de lucro— están discutiendo cómo se reparten los excedentes de la Copa América, que se realizó porque el Estado hizo una inversión tremenda en estadios. La infraestructura la mejoró el Fisco con platas de nuestros impuestos. El caso de Juan Pinto Durán es otro ejemplo. El gobierno tuvo que recular porque, ¿qué hace el Estado entregando lo que sea —fondo, terreno, gestión, lo que sea— para un negocio particular como es la Selección Chilena donde los excedentes que genera van a sus dueños que son los clubes? 

Hay dos capítulos sobre la relación de los dos últimos presidentes con el fútbol: ¿Quién es Chile? ¡Piñera! y La tía Bachelet. “Dos presidentes, dos lecciones de manual. Goles y autogoles”, escribe el periodista. 

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—¿Hay algo realmente genuino en  la relación entre la política y el fútbol? ¿O todo lo que vemos los ciudadanos es calculado?

—Las cosas entre la política y el fútbol funcionan cuando hay una base de autenticidad, eso es súper importante. La pura operación política al final muestra sus fisuras. Por ejemplo, en el caso de Bachelet, ¿por qué logra usar bien esta relación con el fútbol? Porque hay algo auténtico ahí. Efectivamente, a ella le gusta el fútbol y tiene una relación de cariño con los jugadores de la selección. Se crea algo real y la gente se da cuenta. Por el contrario, eso no le sucedió a Piñera. Como Presidente intentó forzar las cosas y este hecho lo llevó a caerse en un precipicio. 

—Piñera fue uno de los presentadores de tu libro en 2001.

—Yo digo en broma que quizá fue culpa de ese libro original todo lo que pasó después. 

—El fútbol fue importante, según señalas, para que llegara a la presidencia.

—Piñera armó una estrategia, que en un primer momento fue súper exitosa. Cuando era candidato en 2005, se había quedado corto: una cantidad importante de votantes de derecha en estratos populares, que le habían dado su preferencia a Lavín en primera vuelta, no había votado por él en la segunda. Hombres del estrato D. Lo sentían como un millonario, lejano. Pero entre las estrategias que arma para enfrentar la campaña de 2009, está hacerse cargo de Colo-Colo. Y le va bien, fue una época gloriosa del club, lo que le permitió mostrar un lado distinto para el público que era más reacio a él. Un lado más emotivo, si se quiere, más de hincha. 

—Dio frutos.

—Si se comparan las dos elecciones, de 2005 y 2009, Piñera justamente sube mucho en los votantes hombres de comunas populares, como Alto Hospicio o La Granja. No digo que haya sido solamente por Colo-Colo, hay otras estrategias, pero evidentemente él logró gracias a ese club entrar en un público que para él era súper difícil.

—Todo empezó a marchitarse cuando llegó a La Moneda en 2010.

—El gran error de Piñera fue pensar que la misma estrategia que le había servido como candidato le iba a servir como presidente. Hizo una continuidad y no entendió que corría riesgos distintos. Decidió seguir siendo uno de los dueños de Colo-Colo porque tenía el sueño de ganar una Copa Libertadores y celebrarla como uno de los propietarios del club y como mandatario. No podía ser más perfecto. Pero no observó que cualquier cosa que hiciera Colo-Colo le iba a repercutir a él como Presidente de la República. Y más todavía cuando nombra subsecretario al principal accionista de Colo-Colo —Gabriel Ruiz-Tagle— y cuando además le permite a ese subsecretario seguir siendo dueño de las acciones del club. Es una locura que no tiene nombre: estabas poniendo a cargo del deporte en Chile al dueño de la principal sociedad anónima deportiva del país. Fue una decisión que a mí me pareció incomprensible siempre. Y pagó costos altísimos.

—Como su relación con el presidente de la ANFP, Harold Mayne Nicholls, y el DT Marcelo Bielsa.

—Se fue creando un ambiente que claramente iba escalando y que Piñera debió haber desactivado antes. No vio el tremendo poder que tenía Harold Mayne Nicholls, que era Bielsa. El presidente de la ANFP tenía ahí un poder simbólico gigantesco que finalmente utilizó. Tenía una granada para lanzarle, se la lanzó y eso le hizo un daño demoledor al gobierno. 

—¿Intervino Piñera en la salida de Mayne Nicholls?

—No tengo ninguna prueba. Ahora, él era uno de los dueños del club y su subsecretario de Deportes era otro de los dueños del club que estaba articulando la oposición a Mayne Nicholls. Por lo tanto, aunque Piñera no haya actuado directamente, se puso en una posición, aunque sea por omisión, de que lo que hiciera Colo-Colo tenía relación con él.

—A Bachelet, en cambio, su relación con el fútbol parece resultarle siempre. 

—Lo de Bachelet con el fútbol funciona porque hay una conexión emocional y circunstancias que colaboran. Justo le toca el final de su primer mandato con alguien como Bielsa, que políticamente tiene mucho que ver con ella: es un hombre de izquierda. Fue una especie de magia que se causó en un momento, Bachelet se da cuenta de que ocurre y la aprovecha. Resulta evidente que desde el gobierno se intenta sacar partido a esto lo más que se puede, de una manera que resulta bien exitosa.

—En el libro dices que, en el primer mandato, Bachelet utilizó el dinero del Estado para influir en el mundo del deporte. 

—La construcción de la red de estadios Bicentenario fue importante, porque le permitió a Bachelet tener una identificación con el fútbol con una expresión concreta. O sea, a Bachelet no solo le gusta el fútbol y no solo se lleva bien con la selección, sino que además construyó los estadios. Hasta el episodio famoso del zapato volador resulta divertido en un momento en que la Presidenta tenía una alta popularidad. La política tiene esas cosas: cuando alguien está con la racha goleadora, parece que todo lo que pasa suma. Probablemente si a Bachelet hoy se le saliera el zapato en una inauguración de un estadio, todos dirían: esto demuestra la ineficiencia del gobierno, que hace todo mal.

—¿Cuándo comenzó el romance entre Bachelet y la Roja?

—Cuando recibió a la actual selección en La Moneda luego de que la delegación se vio involucrada en un enfrentamiento con la policía en el Mundial Sub 20 de Canadá en 2007. Este episodio es muy marcador del principio. Eran cabros muy chicos, que estaban recién asomándose al fútbol, y sienten que Bachelet, más allá de ser la Presidenta que los recibe, es como la mamá, la tía acogedora, que los abraza, que los apoya en un momento difícil. Hay que pensar que en general, para la mayoría de los futbolistas chilenos, que vienen de entorno muchas veces complejo, la figura de la mamá es importante. No eran las súper estrellas que son hoy día y sentir que estuvo para acompañarlos, para apoyarlos, los marcó mucho. Hoy todavía esos seleccionados tienen un cariño súper real y auténtico por Bachelet. Le dicen la mamá, la tía, y ese afecto no es artificial.

—En este segundo mandato, sin embargo, ni el triunfo en la Copa América ha ayudado a la popularidad de Bachelet.

—Yo creo que la relación entre Bachelet y el fútbol ha seguido funcionando bien. Lo que pasa es que no hay que sobreinterpretar. El fútbol es importante para la imagen, puede servir para generar lazos de empatía, pero no va a tapar una crisis política ni va a hacer que un mal gobierno parezca bueno. A Bachelet le sigue sirviendo tener una buena relación con el fútbol, pero le ayuda dentro de un ámbito acotado. Si ganas la Copa América y generas un sentimiento de euforia, y a los dos o tres días tienes a tu coalición nuevamente peleándose todos con todos, con más escándalos de corrupción destapándose por todas partes, ni el fútbol te va a ayudar.

—¿Cuál es el político más frontal en su relación con el fútbol?

—Piñera y Bachelet han utilizado el fútbol para fines políticos. Y lo han hecho sin mayor timidez en cuanto a la forma. Ambos lo han hecho y les han resultado en algunos momentos y en otros no, pero los dos han sido ejemplos muy claros de los potenciales y de los riesgos que tiene esa relación.