Quienes conocen el singular mundo de las novelas negras del cubano Leonardo Padura y a su detective Mario Conde ya saben que los estamos invitando a sumergirse en una adicción especialmente fascinante.

Como Raymond Chandler hizo con su Philip Marlowe, Conde finalmente llegó a la pantalla, esta vez convertido en miniserie (algo muy siglo XXI), en una adaptación hecha por el mismo Padura, junto a su mujer Lucía Lopez Coll.

El resultado es una producción alucinante, que filma a Cuba como casi nadie lo ha hecho, en una producción dirigida majestuosamente por el español Félix Bizcarte, que se complace en mostrarnos La Habana en vistas aéreas que recorren sus coloridas y derruidas azoteas, el skyline de la ciudad en el crepúsculo con su impresionante mar y que también se introduce en callejones, edificios y casas donde se amontonan familias con televisores y aparatos telefónicos que uno creía que ya no existían.

La rotunda decadencia de La Habana en toda su evidencia y belleza, con su tráfico inexistente -ya saben, solo circulan unos pocos autos de los años 50, cientos de veces reparados-, la música (la prohibida, el rock, que escuchan el protagonista y sus amigos) y la de las calles y bares; las mujeres hermosas, naturalmente sensuales y desparpajadas. Todo está allí.

“La Habana, que de tanto decaer, se fue a la mierda”, como dice su protagonista.

Conde (Jorge Perrugorría) es un teniente de la policía, conflictivo en sí mismo y con su realidad, un hombre de sueños rotos. Lo suyo, de verdad, es escribir novelas, pasarse de tragos con los amigos criticando la dura realidad cubana, hombres desencantados de una ilusión que no fue. “No poder escuchar rock, ir a una guerra que no es tuya”. Lo dice mirando a su hermano, inválido gracias a una bala recibida en Angola.

Sorprende que una historia así haya podido ser filmada en suelo cubano (también se rodó, partes, en España). Conde, a su pesar, es un romántico en toda la línea.

Una noche desierta conoce a una bellísima chica, una colorina de pelo largo y shorts muy cortos. Se ha pinchado la rueda de su auto y ella debe dirigirse a Matanzas. Le dice que es ingeniera, que ha venido a visitar a su madre.

Conde solo sueña volver a encontrársela.

Esa misma noche, en imágenes que se intercalan, ha ocurrido un brutal crimen en un edificio: una joven profesora del instituto donde Conde ha estudiado ha sido violada y asesinada. Un anciano vecino ha escuchado ruidos molestos y también ha visto subir hombres por las escaleras, pero la luz, cuando la hay, nunca es suficiente como para distinguir a alguien.

La investigación del crimen -que involucra tráfico de drogas y sexo- escala hasta alturas prohibidas, evidenciando la corrupción en altas esferas intocables.

Las pesquisas se van intercalando con el romance -cuyo desarrollo nos resulta igualmente misterioso- y la cotidianidad de las familias, que sobreviven a la escasez de todo, pero cuyo espíritu no decae. Un carácter que asoma en la sensualidad natural, el trato afable, los afectos.

Algo que sabe muy bien filmar el director, que maneja los tempos magistralmente.

Pocas veces se ven en pantalla escenas de sexo con tanta carga de erotismo verosímil.

Una de las muchas cualidades de esta miniserie filmada con agilidad, sorprendente en su abierta y sincera crítica en pleno suelo cubano, que exuda admiración y afecto por esos seres que no han perdido su singularidad y encanto.

Muy buena.

DATOS

Lo que se llevó a la pantalla está tomado de la tetralogía literaria incluida en Pasado Perfecto, Vientos de cuaresma, Máscaras y Paisaje de otoño. Estos libros fueron editados entre 1991 y 1998, tras el fin de la Guerra Fría, en lo que se llamó en Cuba “el período especial”, cuando la desintegración de la URSS tuvo como consecuencia que el régimen perdiera su vital soporte.

¿Dónde? En Netflix. 4 episodios de 90 minutos cada uno.

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