En el primer capítulo de la nueva versión de la serie Cosmos el astrofísico Neil deGrasse Tyson, su nuevo conductor, hizo lo que toda una generación seguramente estaba haciendo frente a la pantalla: recordar la figura amable y cálida de Carl Sagan, el creador de la serie emitida en Estados Unidos por primera vez en 1980. Tyson contó que cuando era un joven escolar del Bronx, le escribió a Sagan, detallándole sus intenciones de convertirse en científico. Sagan lo recibió en su casa y habló con el muchacho marcando con esa conversación su futuro. “La ciencia es una posta entre generaciones” dice Tyson en el primer capítulo de Cosmos, consciente de que gran parte de la audiencia de la nueva versión del programa es la misma que se deslumbró en los ochenta con una serie que fue capaz de mezclar contenidos educativos y entretenimiento en un relato deslumbrante y a la vez cercano.

En gran medida el cóctel resultaba gracias al carisma de Sagan. No era simplemente un presentador, sino el científico investigador que a la vez difundía en lenguaje sencillo y actitud bonachona algo que de otro modo pudo haber resultado un fiasco. Reemplazarlo era un desafío del que Neil deGrasse Tyson sale bien parado.

El astrofísico —que ha hecho parte de sus investigaciones en el Cerro Tololo— es el guía que encamina en un viaje zigzagueante: desde el pasado al presente, desde el universo infinito al orden microscópico, desde la historia humana a la evolución animal. En un mismo capítulo es posible engarzar los orígenes del sistema solar, con una versión animada de la historia de Giordano Bruno, la evolución del ojo humano y las grandes catástrofes que casi extinguieron la vida en el planeta.

Cosmos es un ejercicio de estructura narrativa que se enfrenta ni más ni menos que a la vastedad de dudas del conocimiento científico y a dar cuenta de los hallazgos más disímiles. Con ese material construye una historia. El ensamblaje en este caso no sólo tiene que ser coherente, sino también visualmente atractivo, un desafío mayor, porque las imágenes no sólo deben servir de ilustraciones sino también ser en sí mismas parte del relato. La versión original tenía la ventaja de sorprender con el diseño visual de las imágenes a una audiencia que por primera vez asistía a un programa educativo que los utilizara.

Treinta años después ya nada es lo mismo. Hay señales de cable consagradas a la difusión de historia natural y las series de ficción han incorporado una convención de efectos seudocientíficos —CSI mediante—  que neutraliza la posibilidad de sorpresa. Aquello que podía ser novedad, no lo es. El peso debía balancearse entonces con los contenidos y en el ritmo en el que la narración los va desplegando. Cosmos logra el cometido siguiendo una ruta propia en un viaje que inevitablemente nos deja una doble sensación: lo poco que sabemos y lo insignificantes que somos.

> Revisa el tráiler de Cosmos 

Comentarios

comentarios