De túnica negra y larga, delgada, a cara lavada y con una belleza brutalmente simple, Claudia di Girolamo Quesney (56, tres hijos, dos nietos, en pareja) llega tranquila a conversar a un café del Barrio Italia. Está a punto de comenzar a grabar la nueva vespertina de Chilevisión, con la que junto a Vicente Sabatini pretenden recuperarse del fracaso en La Sexóloga, que se convirtió en la teleserie menos vista de la era people meter. El desafío es grande: en marzo, cuando estrenen, pretenden volver a ofrecer teleseries con alto contenido social, pero que no dejan de entretener. Tal como lo hicieran por años en TVN.

Su nuevo rol la tiene como Sofía Parker, una mujer de 50 años, dueña de Seasons, una exclusiva boutique del barrio alto. El papel tiene algo a la Meryl Streep de El diablo viste a la moda, mezclado con señora pituca y unas pinceladas de la emblemática editora de modas de la revista Vogue, Anne Wintour. Sofía Parker es una mujer clasista y prejuiciosa que mide a la gente por cómo se viste o dónde vive.

Nada más alejado a Di Girolamo, que como una transeúnte cualquiera, llega en sandalias, sin una gota de pintura y con un celular que ella misma llama “de palo”, que solo sirve para recibir y hacer llamadas. Dice que no ve farándula, que le encanta ir al cine con los “melli” –sus nietos– a ver las películas de Pixar; que está leyendo El despertar de los cuervos de Javier Rebolledo, Poco Hombre de Pedro Lemebel y que acaba de comprarse el último libro de Diamela Eltitt.
A contracorriente, la primera dama de las teleseries nacionales no se guarda ideas. Intensa y como buena hija de italiano, desata su pasión con sutileza y fuerza, ya sea en el teatro, donde recordó crudamente los cuarenta años del Golpe militar y ahora, cuando se prepara para dirigir a Paly García (Gloria) y Coca Guazzini en La Anarquista (Teatro UC, mayo-junio 2014) y luego a su hijo Antonio Campos en El montacargas, en el GAM. En política, no se guarda apoyos a Bachelet y a la Asamblea Constituyente.
Mientras enciende un cigarrillo y toma un vaso de agua, de inmediato reflexiona sobre cómo la pantalla castiga los años. Más tarde, un taxista le comenta: “Se ve más joven en persona”. Ella se ríe.

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“La televisión es perversa con las mujeres, no tienen permiso para envejecer. No hay personajes para mujeres mayores… El formato resiste mucho al hombre, que se va poniendo como el vino, que las canas le vienen, que la guatita es sexy, pero en uno, nada es atractivo”, dice.

—Pasan a ser directamente abuelitas…
—Claro, a tejer en una silla mecedora y sin personajes interesantes.

—¿Cómo manejas el tema de la sensualidad y la belleza con el paso de los años?
—Los años dan una tranquilidad y una suerte de seguridad que uno atesora como algo muy preciado. Delfina Guzmán comentaba que cuando uno se vuelve vieja, tiene permiso para hacer y decir lo que uno quiera y aparentemente en la cotidianidad, cuando uno se encuentra con mujeres de más edad, es entretenido escucharlas: Ya no hay peligros ni roles a los cuales someterse, por lo tanto hay una soltura en la sensualidad y sexualidad grande. Los filtros se corren y se vuelven más interesantes que cuando estás restringida a un deber ser. Eso lo dan los años.

—¿Y tú te sientes con esos permisos?
—La madurez te da ciertas seguridades, certezas, no muchas, pero esas salen del inconsciente y tienen que ver con el camino recorrido.

—En tu trabajo has estudiado mucho el rol femenino en la sociedad. ¿Qué es ser mujer hoy en Chile?
—Existe una gran responsabilidad en ser mujer en un país subdesarrollado que discrimina fácilmente, súper conservador y creo que las mujeres tenemos un trabajo para despejar estereotipos como los de la sexualidad, la sensualidad, como interactuar con un hombre para parecer atractiva… Son roles que la sociedad impone.

—En Gloria hay una mujer que decide vivir su madurez, su vejez, con dignidad.
—Ahí hay alguien que ha asumido un rol que le dictó la sociedad y de pronto se da cuenta de que está absolutamente viva, carnal, sexuada y tiene la valentía de romper y lanzarse a la vida.

—¿Y tú te has lanzado a eso, como Gloria?
—La vida de los actores siempre es un lanzarse constante. Vivimos el límite. Nuestra vida puede ser muy fome, cotidiana, tranquila, pero necesitamos ese caos donde ejercer esta “locura” que nos hace hablar de lo rígido del sistema, de lo que nos imponen. Por eso estamos en caos, queremos descuartizar lo establecido. Yo necesito el caos.

—¿Cómo construyes un personaje a priori planteado como una persona clasista y prejuiciosa?
—Ella es dueña de una tienda de marcas exclusivas, como de Alonso de Córdova, de clase alta, muy vinculada al mundo de la moda, muy viajada y enterada de los últimos diseños. Ella es clasista y discrimina socialmente por este exceso de sofisticación y de conexión con ese mundo con matices frívolos y ajenos a la realidad. Ella se fija de inmediato si alguien es gorda o flaca, morena o rubia… Califica de esa manera, lo que es súper injusto. Esta mujer se ve enfrentada a ese clasismo y es puesta en un punto de quiebre y tiene que revisarse. La teleserie trata sobre eso: de cómo pesan los apellidos y los cargos por sobre el talento y las cualidades. Aquí se va a oponer el sector popular con la clase alta de manera que en esta boutique conviven ambos mundos.

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—Ese tipo de discriminación tiene poco de ficción.
—Queremos hablar de la inclusión. Creemos que es un tema que está en la mesa muy fuerte. Lo injusto de la educación, la salud, el acceso a la cultura. Queremos trabajar desde ese punto de vista, sabiendo que es una comedia romántica, con todas las reglas del género, pero aportar un poco a la discusión…

—Que era lo que hacían con Vicente Sabatini en TVN, instalando esos cruces sociales en las teleseries.
—Claro, acá hay gente que vive en Puente Alto y se demora horas en llegar a su trabajo,  sin ningún incentivo ni reconocimiento, haciendo algo que no les gusta, queriendo haber estudiado, con grandes frustraciones personales y laborales porque el sistema es así y no ha habido grandes movimientos, todo lo contrario… la economía de mercado apunta a un crecimiento estructural por sobre uno social. Eso de la ley del chorreo ya es muy impresentable, incluso para la derecha.

—Estas temáticas no cuajaron cuando llegaron a Chilevisión y ahora recién las están retomando.
—Después de esa época hermosa post dictadura de contenidos potentes, había una gran necesidad de hablar de nosotros mismos: de las tomas, las minorías, de las salitreras… todos esos fueron aportes de identidad. Luego vino un tiempo donde se buscaban temas en este nuevo sistema y que convocaran. Allí hubo experimentos, teleseries argentinas que hablaban de esta nueva forma de vida, fría, rápida, muy desechable y estresante. Ahora creo que se pueden volver a rescatar los grandes temas del país,  que no se han resuelto. Hay  que convocar a las personas a ver de otra manera el género de las teleseries, es una deuda que tenemos con los telespectadores.
Di Girolamo es pura sangre. No se le puede entender si no se conoce la importancia que le da a su familia. Sus hijos Raffaella, Antonio y Pedro, más sus dos nietos mellizos, hijos de Raffa, la sicóloga-sexóloga y escritora del clan, son la razón de ser de Claudia. Así de simple.

—¿Qué cosas te fragilizan como mujer?
—Siempre mis hijos. Son vidas que uno trae al mundo con tanto deseo que cuando te encuentras con esas vidas de carne y hueso y con identidades tan precisas, empiezas a recular como mujer y ya no hay ego. Uno se olvida de sí misma. Pasas a ser la herramienta que ellos pueden usar para aprender a vivir y ser mejores seres humanos. Me fragiliza no hacerlo bien como mamá.

—¿Eres mamá o mamá-amiga?
—No pretendo ser amiga. Las amistades se escogen. Procuro ser una persona con la que ellos pueden contar siempre, hagan lo que hagan. Es amor incondicional, un misterio grande.

—Tienes dos nietos. ¿Cómo es la nonna Claudia?
—Soy absolutamente estúpida. Me fascinan los gemelos… tienen doce años. Me encantan los niños y su mundo es alucinante, están locos. Me entretienen mucho y siempre hemos estado muy cerca. No me dicen nonna, me dicen Pinky, porque mi madre me puso así antes de nacer y los que me conocen desde chica, siempre me han llamado así. Llego al éxtasis con ellos cuando les preparo comida, cuando vamos a la playa armamos cóctel con maní, papas fritas y bebidas y conversamos de la vida. Los grabaría para recordar las palabras que usaron…

—En el cotidiano, ¿dónde se nota tu sangre italiana?
—Mi mundo fuera del teatro es únicamente la familia. Tengo muy pocos amigos, hombres todos, contados con los dedos de una mano.

 

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—¿No los necesitas?
—Tengo a mis hijos, una familia a la cual dedicarme. Tampoco he necesitado en general contar con amigos. Me da pudor verme envuelta en situaciones de mujeres y las escucho hablar. Inmediatamente tiendo a dar un paso atrás y observar la situación.

—¿Por qué?
—¡No tengo idea! Me gusta más sentarme a discutir, a conversar… Hay un rol femenino que me incomoda: el de la “chiquilla”. Cuando se ejerce el femenino de manera superficial, banal, me inhibo. Prefiero ser más hombrecito… Jajaja. Discutir de política… Eso es italiano. Tengo algo medio mafioso, de la familia siempre primero de manera fanática, consciente. De mostrar amor con la comida, los gestos, ser de piel, de abrazos, combos, juegos, de cocinar a la hora que sea lo que pidan. Disfrutar.

—Otra cosa muy italiana son las pasiones exacerbadas, ¿las manejas?
—No pretendo, me dejo llevar. Con el trabajo me pasa lo mismo. Y eso viene de mi nonno, de mi papá, que pelaban el ajo incansablemente por la familia.

—¿Qué obsesiones tienes aparte de la limpieza, como has contado antes?
—Jajaja. El silencio es una obsesión. Me molestan muchísimo los ruidos.

—¿Y cómo lo hacen cuando Vicente quiere ver tele en la noche?
—Es que nosotros no vivimos juntos… Todo en casas separadas. ¡Eso es muy moderno y sano! Siempre lo hemos llevado así. Yo vivo con mi hijo Pedro, él con su hija y nos juntamos, compartimos. Hay un respeto por los procesos ahí, por no ser invasivo, por no imponer y dejar que los niños busquen su camino y una vez resuelto, uno puede resolver qué hacer. Evidentemente hay un sueño de vivir juntos, pero mientras no se establezcan las vidas de los niños, no se va a hacer. Es lo justo y lo que nos merecemos. Yo no creo que los hijos tengan que irse de la casa. Me gusta el cordón umbilical, estar pendiente. Me hace bien.

—Tu personaje Sofía Parker es muy buena para prejuzgar. ¿Cómo enjuicias tú a la gente?
—Esa es otra cosa que dan los años, yo no prejuzgo. En la juventud todo es blanco o negro. Sobre todo para alguien que creció en dictadura. Partí con la dictadura a los 17 años y cuando terminó tenía treinta y tantos. Viví en un blanco y negro constante, impuesto. Y de a poco me di cuenta de que lo importante es despejar la violencia y la agresividad a la hora de hacer un juicio de alguien.

—Después del fracaso de La Sexóloga quedó la impresión de que desapareciste de pantalla y éste, para la gente, va a ser tu regreso. ¿Cómo reflexionaste sobre ese fracaso?
—No desaparecí de ninguna parte, solamente no hubo proyectos. Se estaba haciendo una revisión en el canal sobre lo que había sucedido y se evaluaron planes nuevos, lo que me parece súper sano… tomarse un tiempo para reflexionar. Ahora los audiovisuales o los actores no sabemos cuándo a algo le va a ir bien o no, por lo tanto vivimos constantemente con la idea del fracaso. A mí no me asusta el fracaso. No se me mueve nada.

—¿En qué momento empezaste a ver la vida con más sabiduría?
—No estoy muy consciente de mis procesos, nunca lo he estado. Nunca he ido a terapia, me he dado los tiempos.

“Con Los 80, Los archivos del cardenal o Ecos del desierto quedó demostrado que las personas están interesadas en verse a sí mismas, en reconocerse, en revisar la historia, en entender lo que ocurrió, si es que se puede, y yo creo que eso no va a pasar hasta que nos enfrentemos políticamente a esos hechos”, dice mientras sus posiciones ideológicas aparecen sin que nadie las llame.

Se pregunta “cuánta valentía han tenido los gobiernos de la Concertación para enfrentar esos temas. Y me parece que queda muchísimo por hacer. No ha habido justicia… Cerrar el penal Cordillera es un adorno. Hay que repetir hasta la saciedad: no vamos a avanzar en nada si no aclaramos qué sucedió. Es una herida abierta. Hay que abrir las ventanas y las puertas para discutir…”.

—Sobre el primer gobierno de Bachelet dijiste que te gustaba su trabajo, que era “honesta y una guerrera valiente”, pero esta vez no participaste en su campaña. ¿Qué cambió?
—No pude estar en campaña por el teatro y los ensayos, pero ella me convoca absolutamente. También la Asamblea Constituyente. Pero la sensación que he tenido con Michelle Bachelet esta vez es tan potente que creo que no necesita caras, porque su plan de gobierno es muy sólido y me parece honesto que diga que es un trabajo que va a durar más de cuatro años. Ella invita a un sueño común con el que comulgo completamente.

—¿Qué sientes cuando escuchas a Evelyn Matthei hacer brotar esos temores sobre el regreso del caos?
—Eso es una caricatura que da risa. Qué pena que la derecha no entienda que ese mundo no existe. Hay que poner en la mesa temas valóricos importantes. No es un peligro el matrimonio igualitario. Los homosexuales tienen derecho al matrimonio con todas sus letras, tienen derecho a adoptar, a formar familia con amor y generosidad. Me parece que en esos temas la derecha está a años luz de lo que está pasando. Me provoca una sonrisa tierna. Viven en otro país.

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—Y sobre otros formatos televisivos. ¿Qué opinas del fenómeno de Soltera otra vez? ¿La viste?
—La vi poco. Yo creo que es una teleserie femenina pero en un sentido que me parecía insólito… Mujeres grandes, maduras hablando de qué te dijo, que para dónde vas a salir… Y no hay problemas profesionales, de hijos, de familia. Viéndolo así, quizás está apuntando a que nosotros tenemos que revisarnos y relacionarnos de manera más madura. En ese sentido tiene un giro positivo.

—¿Te sentiste interpretada con las declaraciones de Alfredo Castro después de La Doña, donde dijo que las teleseries provocaban una “podredumbre humana y espiritual”?
—Con Alfredo somos muy amigos. Discutimos sobre ese tema y lo que me queda claro es que lo que quiso hacer fue instalar una discusión con respecto al género. Remover y dar un alto muy firme a los contenidos que se estaban haciendo y cómo se estaban haciendo. Me pareció que en un sentido tenía razón, pero le dije que la forma no era la adecuada, pero respeto su opinión y creo que fue un aporte a mejorar lo que se está haciendo.

—¿Qué te parece que la televisión nos esté mostrando una realidad donde todos son jóvenes y exitosos, donde ser viejo es casi una enfermedad?
—Siento que pasa eso sobre todo con las mujeres. La televisión pierde carne y vida cuando no hay un abanico fiel de lo que son las familias, donde está el abuelo, el papá con problemas…Se apunta a una sociedad mucho más efectiva y eficiente y al parecer eso dura hasta los 35, 37… Los 40 ya son una edad conflictiva. Eso se ve en las empresas, en las personas que se contratan en la televisión. Falta sabiduría, calma, reflexión y tranquilidad a la hora de tomar decisiones. Este avasallamiento de la juventud que es muy bonito y encantador, arrasa a veces con estructuras que se han construido por años. Y los años cuentan.