En el estudio de fotos, en pleno corazón del barrio Italia, Máximo se pasea relajado, encantado de retratarse junto a su mamá para esta portada. A los 13 años es un niño sencillo, de buen carácter, atento y feliz, muy diferente a lo que muchos podrían suponer tratándose del hijo preadolescente de una diva.

Su madre lo mira con ternura. De todas las portadas de Cecilia Bolocco —y que deben ser fácil un centenar— ésta probablemente sea las más espontánea; abraza a su hijo, le da besos pero sin parecer cargante, y él posa con toda naturalidad, fotogénico igual que ella.

Es la primera vez que figuran juntos en una producción. Cecilia había recibido propuestas, pero esta vez consideró que era un buen momento: su hijo ya está grande, sabe lo que es ser una persona expuesta y lo asume como parte de su vida; en su Instagram suele subir fotos con ella y claramente no le molesta ser hijo de ‘la Bolocco’; ha sido su partner —como ella lo llama—, compañero de infinitos viajes, desfiles, eventos y programas de TV, aunque en algún momento —como reconoce ella— sufrió bullying de parte de algunos compañeros de colegio.

“Hubo momentos bien duros…. Pero gracias a Dios tenemos una comunicación maravillosa y él tuvo la fortaleza de contarme y el colegio tomó las medidas”.

El país entero ha visto la evolución de Cecilia como madre, desde que —junto al ex Presidente argentino Carlos Menem— salió de la clínica con Máximo en los brazos, después de someterse a un complejo tratamiento de fertilidad; muchos también fueron luego testigos de su separación y de cómo sacó adelante a su hijo sin un compañero al lado…

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—¿Cómo estamos mi partner?, le pregunta Cecilia a su niño mientras la maquillan

—¡Feliz!, contesta él.

Sin duda es un buen momento. Sobre todo ahora que llegó a sus vidas el empresario José Patricio Daire, Pepo, la pareja de Cecilia desde hace un año y cuatro meses y quien se ha convertido en una figura central, al punto de que Máximo lo llama “papá” y él, que lo adora, lo presenta públicamente como su “conchito” o su “sexto hijo”. “Hoy tenemos la familia que siempre soñamos”, agrega la diseñadora conmovida.

Además, 2017 es un buen año para la animadora: el 27 de abril lanzará su nueva propuesta otoño-invierno para Falabella y en octubre cumplirá una década como su diseñadora exclusiva y un total de 20 colecciones. Otro hito potente será a fines de mayo, cuando se conmemoren los 30 años desde que fue coronada Miss Universo en Singapur.

Claro que la fecha más importante en la vida de Cecilia fue el 19 de noviembre de 2003, cuando a las 04:22 nació Máximo Menem Bolocco. “Fue un regalo, una bendición. Se me había roto la bolsa y partí a la clínica; estaba en trabajo de parto, entró una de mis hermanas y me tomó una foto; aparezco con una sonrisa, una paz, cada vez que veo esa imagen 
—que está en la pieza de Máximo— me conmueve. Luego no dormí, quedé como suspendida; una sensación tan particular, porque emociones y alegrías he tenido muchas, pero ésta era pura espiritualidad, como si mi alma se hubiese elevado. Me sentí la mujer más poderosa de la tierra. Ahí sí que fui de verdad una reina”, asegura.

Admite que tiene un vínculo especial con Máximo. “Me conoce perfectamente; no le puedo esconder nada, y aprendí que para que él estuviera bien —que es el gran anhelo de una madre, que su hijo sea feliz— yo también tenía que aprender a ser feliz”.

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Se impuso esta tarea hace tres años. Luego de lamentar cada día por no haber formado una familia numerosa, de sufrir por no tener un compañero a su lado, empezó a agradecer por cada día de su existencia y a sentirse privilegiada. “Esa fue una gran enseñanza. Tienes que estar bien independiente de las circunstancias, porque la felicidad —si es que queremos usar esa palabra tan compleja— es una decisión, una actitud, no es algo que simplemente llega. Cuando uno decide ser feliz y actúa acorde a ese impulso vital, agradeciendo lo que se tiene, la vida cambia”.

Porque Cecilia, tal como muchas mujeres en Chile, tuvo que sacar adelante a su hijo sola. “Esa fue mi realidad: ser madre y padre; tiene por supuesto su carga adicional de responsabilidad, de peso, sobre todo al no contar con un cómplice para decidir y decir: “mira en lo que estamos, cómo salimos de esto, cómo enfrentamos esta situación, cómo planificamos, cómo contenemos a nuestro hijo, en fin…”. Fue un ejercicio en soledad”.

No le gusta hablar del tema, pero es sabido que el contacto con Carlos Menem no es muy frecuente. Después de dos años sin ver a su padre, Máximo recién pudo visitarlo en diciembre pasado. Pero cuando se le pregunta por el tema, ella responde tajante: “Esta entrevista es por el Día de la Madre, no del padre…”.

—Para Máximo no debe haber sido fácil ver tan poco a su papá…

—Hubo momentos en que sintió pena, rabia… Recuerdo que un día me contó que estaba triste, que sufría tanto; le dije que lo entendía tan bien: “lloremos juntos, pero después por favor entiende y observa tu vida y date cuenta de lo bendito que eres, de todas las cosas maravillosas que tienes porque aquella vida feliz que nos enseñaron o nos dijeron que teníamos que tener, no es real; todo el mundo tiene carencias o vive con problemas o con situaciones complejas, dramas mucho mayores; pero si uno se empeña en centrarse en lo que le falta será siempre miserable; pensemos en que estamos juntos, que nos amamos, que tienes una familia preciosa, con montones de primos, tíos, abuelos, en todo lo magnífico que nos rodea, y si hay un pedacito de tu corazón que está triste y que es lógico que así sea, que no opaque el resto de tu felicidad, para que aquella alegría que está en tu corazón te permita enfrentar la tristeza”. Terminamos abrazados, riéndonos.

“Cosita rica, venga para acá”, le dice a Máximo que llega con un gran vaso de bebida y un plato con papas fritas a instalarse junto a su madre. “Se los traje para que coman”, dice con dulzura mientras estamos en la entrevista.

—Tenemos mucha confianza, ¿cierto cachorro?—, le dice ella y él asiente con la cabeza.

—Llama la atención que siendo usted una figura pública, Máximo sea un niño tan sencillo y normal.

—Es que yo tengo una vida muy simple. Cuando empezó a darse cuenta de que éramos observados por tantos, que nos miraban distinto, comenzó a preguntarme: “mamá, ¿y yo soy famoso? No, le contestaba, tú eres conocido y sólo serás famoso dependiendo de cómo construyas tu vida, además que la fama puede ser buena o mala, y tú eres conocido por las circunstancias que te trajeron al mundo, por ser hijo de dos padres públicos”. Otras veces me dijo: “y mamá, ¿te van a venir a buscar en limusina?, ¿por qué no animas el Festival de Viña? porque tú eres la reina de Chile…”. Y yo: “a ver, a ver, vamos aterrizando…”, (ríe). Así que ha aprendido a vivir una vida normal ¡porque no le ha quedado otra!

—¿Y usted también es como cualquier mamá? Cuesta imaginarla a primera hora de la mañana, llevando a su hijo al colegio…

—Voy con las pintas más estrambóticas, o sea, en buzo, porque no alcanzo a arrreglarme. La primera vez todos me miraron sorprendidos, pero después fue un poquito menos y así. Lo que digan de mí, ¡problema de ellos! (Ríe).

—Ahora él está en edad de ir a las primeras fiestas, de pololear…

—Lo voy a dejar y a buscar a las casas de los amigos cuando hacen sus fiestas, pero no ha sido para nada complejo. Tiene muchas amigas, amigos y llegan hartas niñitas a tocar el timbre de la casa (dice mirándolo con ternura). Hacen juntas, así las llaman ahora.

—Siendo madre de un hijo único, no parece aprensiva; se ve que le da su espacio, su libertad.

—No soy obsesiva; hay que ponerle límites por supuesto y ser inamovible, y luego que exista mucha honestidad y que él tenga su rango de acción. Me ha resultado muy bien; como somos muy partners y hemos pasado mucho tiempo juntos tenemos esa apertura que para una mamá es fundamental una vez que su hijo llega la adolescencia; lo peor es cuando los niños hacen las cosas a escondidas, empiezan con las mentiras y el “ay, mamá, no te metas”. El sabe que tiene libertad, pero también debe responder ante esa confianza que he depositado en él.

—¿Y qué ha significado Pepo en la vida de Máximo?

—Ah (suspira), imagínate. Son muy compañeros; ellos se entienden mucho y se quieren; y creo que la mirada de Pepo es muy importante porque él también fue hijo único y lo entiende.

—Me fijé que Máximo lo llama papá, que ve en él a una figura paterna.

—¿Podremos poner eso en la entrevista (le pregunta a su hijo), que le dices papá a Pepo?

—Sí, obvio (contesta él). El es como mi papá; lo quiero mucho, me ha tratado como su hijo y es bacán, en todo sentido: deportista, entrete, amoroso, me quiere, yo también lo quiero mucho.

—¿Que has aprendido de él?

—Seguir adelante, siempre.

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—Ahora han formado una familia mucho más grande de lo que eran antes ustedes dos, ¿qué siente Cecilia?

—Somos un choclón con los hijos de Pepo, y bueno, es una bendición, por todos lados. El se preocupa de todo; me acompaña a comprarle el uniforme a Máximo; ahora que se iba de camping, que tuviera todo, le da consejos; los sábados lo lleva a deportes en el colegio, se organizan juntos para hacer panoramas, a andar a caballo, le enseñó a bucear y le sacó carnet de PADI (certificado de la Asociación Profesional de Instructores de Buceo). Está en todo.

Cecilia cuenta que fue una historia de amor para los tres. “Cuando conocí a Pepo ellos se hicieron amigos mucho antes de que empezara nuestra relación; engancharon, y cuando yo tuve que partir a Estados Unidos porque estaba con arreglos en la casa de Miami, él se lo llevó cuatro días al campo y le enseñó a andar en moto, a jugar polo. Se hicieron partner mucho antes de que nosotros tuviéramos una historia de amor. Y a partir de ahí lo ha incluido en todos los panoramas. Dice que es su sexto hijo, su conchito”.

Y agrega: “Pepo tiene una relación muy linda con Máximo, luego conmigo y, por último, como parte de este conjunto donde es el padre de esta familia. Es como si la vida nos hubiese preparado a cada uno de forma individual para que cuando nos encontráramos todo fluyera de lo más natural. Cuando las cosas tienen que ser, son, y no hay que hacer ningún esfuerzo. De repente lo miro (a Pepo) y me cuesta imaginarme la vida sin él; como si siempre hubiese estado. Y lo mismo de Máximo, que le diga papá…”, se emociona.

—¿Máximo les ha pedido que se casen, que vivan juntos?

—A cada rato (ríe). Y Pepo me mira como diciendo (y levanta las cejas) tiene razón y nos reímos. Las cosas a su tiempo. Nuestra intención es seguir más allá de si vivimos en el mismo lugar o de si nos casamos: estamos juntos, somos una pareja y constituimos una familia con Máximo. Obviamente que tenemos la intención de que esto siga creciendo, pero no hay planes. Estamos muy felices.