Anda para variar acelerada, con el pelo revuelto, cero rastro de maquillaje. Ha tenido un año movido, cargado de proyectos, aunque en lo personal ha sido un período complejo. Terminó su historia con quien fuera su pareja durante nueve años, Felipe Erlandsen, aunque reconoce que hace un tiempo que ya no vivían juntos.
El abrupto fin de la historia se conoció hace poco. Catalina y Felipe se encontraban distanciados, en una de las tantas rupturas que habían vivido como pareja, cuando los medios dieron cuenta de que él tendría una relación con la actriz Javiera Acevedo, amiga de Catalina… Un tema doloroso del que la actriz no tiene ganas de hablar, no porque esté desecha, sino porque no quiere avivar más la polémica: “Ese tema ya no es parte de mi vida actual”, asegura tajante.

Acaba de llegar de unos días en el resort Las Tanusas, al norte de Ecuador, un lugar que ella describe como un paraíso, y ahí se fotografió para el lente de CARAS. “Era increíble; un hotel pequeñito pero full lujo, en un tranquilo pueblo de pescadores. Un sueño, con un mar tibio exquisito. Olvídate el chef, un tipo escultural que salía en la mañana con un arpón a cazar peces que después preparaba para el almuerzo. Había estudiado cocina en Francia y todo lo que hacía era alucinante; un día preparó una crema de ostras negras que te mueres”.

Está guapa la Cata. Mucho más madura y en calma. Ya no es la misma mujer polémica que solía acaparar las portadas. Aprendió a medirse y sabe perfectamente cuáles son sus batallas. En lo profesional las ofertas y proyectos no le faltan: acaba de desechar su participación en la nueva teleserie de Vicente Sabatini (CHV), y ahora está analizando otras ofertas actorales. Mientras, conduce la segunda temporada de SCL Moda de Canal 13 Cable.

“Más que secretos de belleza, creo mucho en las energías y en las sanaciones. Ando llena de amuletos, de protecciones, miles de cosas; me hago descargas todas las semanas y tengo ritos…”, revela.

—¿Algún secreto?
—Bañándote con sal de mar durante media hora tu energía se limpia… Ideal si es un día lunes o con luna llena. Ahora me estoy haciendo unos baños para el amor (ríe): prendes dos velas rojas y en una olla echas tres puñados de sal, tres cucharadas de miel, laurel, romero, ruda y tres naranjas. Lo hierves y luego lo viertes sobre la tina ya con agua; al final le agregas tres rosas rojas. La gracia es que sea el viernes en la noche, que nadie te moleste.

Wp-Cata-450—¿Fuera de eso, qué más ayuda a estar bien?
—Dormir mucho. Necesito mis ocho horas de sueño. Ojalá diez. Hacer deporte y sobre todo el yoga es una verdadera inversión. No conozco a ninguna mujer que lo haya practicado a lo largo de su vida y que sea fea o con mal cuerpo. Es ideal, porque mezclas la salud con la belleza, un complemento perfecto.

—¿Y cómo te relacionas con el tema de la cirugía estética?

—Me da un poco de miedo, aunque no podría decir de esta agua no beberé, sería mentira. A lo mejor a los 50… ¿Aunque sabes qué? Me gustan las arrugas; hay líneas de expresión que son atractivas, y las mujeres que llevan con dignidad los años las encuentro súper guapas. Ya estoy harta del botox, de la línea perfecta, esa cara que no se le mueve ni un músculo. Es poco atractivo.

—¿Se ha puesto?
—Nada, aunque gasto un dineral en cremas. Mi ritual es bastante extenso, ¡y tengo varias!: de ojos, para las líneas de expresión, la boca, los pómulos, el cuello… Las uso mañana y noche. Y siempre me aplico filtro solar. De hecho, como me gusta hacer deporte al aire libre, también tomo vitamina C y unas pastillas llamadas Ultimazer, para prevenir las quemaduras solares; vuelve tu piel más resistente.

—¿Siempre fue tan preocupada?

—Sí, desde que tengo uso de razón. Mi abuela me enseñó. En su época no había cremas y ella sumergía un algodón en leche entera de vaca y se lo aplicaba en la cara. Siempre me inculcó el cuidado de la piel.

—Tan ordenada en sus rituales de belleza, debe haber cometido algún pecado en su vida…
—Una baja de peso tremenda que me pegué una época. No comía nada, todo el día pendiente de las calorías. Pesaba como ocho kilos menos que ahora, y me veía mal, cabezona, huesuda. Pura inseguridad.

Wp-Cta-450-2—¿Qué influía en su baja autoestima?
—Miedos que a veces te crea la otra gente. Después de tener a Sacha (su primer hijo) quedé gordita; recién había entrado a las teleseries con Playa Salvaje, alguien hizo un comentario imbécil y me acomplejé. Ahí partió mi obsesión con los kilos…

—¿Algún trastorno alimenticio?
—No fui anoréxica, pero sí muy obsesiva: contaba las calorías, todo lo que comía era light, sólo tomaba batidos y fruta con yoghurt. Mientras más horas pasaba sin ingerir un alimento, más chora me sentía… Fui súper irresponsable. Así estuve flaca mucho tiempo. Pero cuando quise tener a León, fue complicado. El doctor me dijo: no puedes embarazarte con ese peso, es imposible, estás demasiado flaca. Tuve que engordar cuatro kilos. Pero eso ya pasó y luego volví a la normalidad.

—¿Qué ocurre con el ego, con la autoestima, frente a la edad? Usted ya está a punto de cumplir 39…
—Cero rollo; las etapas hay que vivirlas, es inevitable. Todas tienen sus cosas buenas y yo ahora lo paso mejor. Tengo menos culpas, estoy más relajada, hago lo que quiero. Hace veinte años era una neurótica, histérica, no tenía idea lo que quería del futuro ni de mi vida. Me devoraba la ansiedad. Para que veas tú: ahora soy terriblemente relajada, no ando por la vida pensando en lo que va a pasar mañana. Estoy mucho más grande, más madura y tranquila. Tengo dos hijos que están grandes y ellos son mi preocupación: quiero que sean felices, que vayan por el camino correcto y no hagan estupideces, aunque sé que también es humano equivocarse.

—Se sacó el estrés de encima.
—Confío en mi estrella, en mis ancestros, en mis ángeles. Me entrego a ellos y estoy constantemente agradeciéndoles. O sea, lo que tenga que pasar sucederá. Y la gente que te desea mal, se les devuelve el doble. Todo es un boomerang en esta vida. Todo se paga.