Para nadie es un misterio que es más fácil y natural para mí hablar que escribir. Y hago esta aclaración, porque me parece increíble que hoy esté aquí, sentado buscando las palabras exactas para expresar lo que siento sobre Felipe Camiroaga al recordar estos dos largos años de su partida.

Lo primero que se me viene a la memoria es que ese 2 de septiembre de 2011 estaba en Tel Aviv cuando por Twitter leí docenas de mensajes dando cuenta de la impactante noticia que llegaba desde Chile. Tal vez como a muchos les ocurrió, mi primera reacción fue negarlo. Prefería pensar que era una más de esas bombas que hoy se lanzan a través de las redes sociales por mentes inescrupulosas, que no tienen ningún sentido de la ética ni la responsabilidad. Pensé de inmediato en cuántas veces somos testigos de lo mismo. Gente que amparada en el anonimato, que da esta nueva forma de comunicación instantánea, se atreve a decir cualquier barbaridad impunemente.

Lamentablemente, a los pocos minutos, medios de prensa chilenos nos enfrentaban a la triste realidad. La noticia estaba confirmada. El avión había caído al mar, y sus 21 ocupantes que iban en una misión periodística y de buena voluntad, habían fallecido, entre ellos Felipe. Ya no había lugar a las dudas ni las especulaciones.

Uno de esos medios me pidió en ese momento que escribiera unas palabras como recuerdo y homenaje, que reflejaran la buena relación y amistad que tuvimos con Felipe. Igual que hoy, fue muy difícil concentrarme en un texto donde pudiera mezclar los recuerdos con lo que significaba la emoción y el impacto de una tragedia tan inesperada y violenta. Además, aún estaba fresca en mi memoria la reunión que habíamos tenido pocos días antes junto a otros animadores preparando la Teletón. En un descanso hablamos animadamente del Caballo Appaloosa que hacia unos meses yo le había regalado. Me mostró orgulloso una foto cabalgando en su rancho, y me señaló lo contento que estaba con tener un ejemplar de esta famosa raza norteamericana casi extinta que se caracteriza por sus manchas o pecas.
Ese día, Felipe estaba especialmente comunicativo, entusiasta y alegre.

Pero el grato recuerdo que hacía en la habitación de mi hotel en Tel Aviv, se vio interrumpido por un llamado telefónico de Chile que me devolvió a la cruda y triste realidad. En el país había una gran consternación y necesitaban con urgencia mi texto.
¡Qué escribir! ¡Cómo empezar! Sólo atiné a improvisar unas líneas que contenían una breve y sincera despedida. Al releerlo me pareció totalmente insuficiente, pero con la emoción y la presión no se me ocurría nada mejor. Decidí dejar el texto ahí y retomarlo a la mañana siguiente. Ya eran las 2 de la mañana. Me levanté muy temprano directo al computador. Mi sorpresa fue grande. No había una sola línea de lo que había escrito la noche anterior. Todo había desaparecido y no había rastro del texto en los archivos. Muy extrañado volví a comenzar. Estaba en eso, escribiendo las líneas finales y el artículo inexplicablemente nuevamente se borra del computador. Sentí que estaba en presencia de una curiosa y sorprendente coincidencia. Intrigado, tuve que guardar todo mi equipaje apresuradamente y partir al aeropuerto para iniciar mi regreso a Chile vía Frankfurt.
A bordo del avión decidí hacer un nuevo intento usando las largas horas del vuelo para escribir en la tranquilidad de las alturas. Era la tercera vez que lo intentaba. Esta vez me costó menos porque recordaba parte importante de lo que había redactado en las dos ocasiones anteriores.

Sólo me faltaba una última frase, que expresara sinceramente mi afecto y mi profunda tristeza por lo sucedido. Estaba pensando en eso cuando se me acerca la azafata y suavemente me susurra en alemán… ‘¿Quiere un té o un café…?’ Levanté la vista y asentí con la cabeza casi sin hacer ruido para no distraerme. Cuando puse mis ojos nuevamente en el computador mi sorpresa se mezcló con incredulidad y emoción… La pantalla estaba totalmente en blanco. El texto con mi despedida a Felipe Camiroaga había desaparecido por tercera vez.
Como muchos saben soy supersticioso. Sentí que había una fuerza que me decía: “No escribas ese artículo”. Fue así como finalmente sólo le mande a don Jorge, el papá de Felipe, y a través de él a toda su familia, mis condolencias y mi gran pesar por lo que había ocurrido.

Han pasado dos años. Se ha escrito, se ha dicho, se ha comentado y se ha extrañado mucho a Felipe. Y yo estoy entre los que aún lo siento muy cerca entre nosotros. Por eso, en su honor acepté hoy el reto de intentar nuevamente un texto donde pueda reflejar quién fue para mí este joven y misterioso soñador, que me brindó su amistad y afecto por tantos años.
Es difícil hacerlo, porque aunque sea una frase cliché, me parece que él no se ha ido, y está aquí dando vueltas como siempre. Creo que en cualquier momento lo veré entrar por esa puerta, escucharé su inconfundible voz, y me regalará su siempre afectuoso apretón de manos. Pienso que de pronto voy a levantar la vista y encontraré su mirada maliciosa acompañada de una sonrisa, y me lanzará uno de sus acostumbrados chistes o alguna broma inocente y bien intencionada.

Wp-DonFrancis-193Recuerdo la primera vez que lo vi a lo lejos, cuando era uno de los conductores del programa Extra jóvenes. Me sorprendió su equilibrada combinación de galán con buena dicción y una capacidad de comunicación fuera de lo común.
Cuando nos presentaron, al saludarnos, noté que junto a todas las cualidades anteriores, había en él mucho de sencillez y timidez que imagino trataba de superar con esa innata vocación de comunicar. Luego lo seguí como actor en Jaque mate y Rojo y miel. Fue en una de esas oportunidades, cuando por casualidad nos encontramos en un set y se me acercó con su bajo perfil característico y me dijo: “Don Francisco, usted que es experto en esto de la televisión… ¿Qué me conviene más, actuar o animar?”. Inmediatamente le conteste: “Creo que son dos caminos diferentes y en mi opinión tienes que elegir uno. Si animas también puedes actuar, cantar y bailar. La animación es un género amplio, pero es un camino diferente al de las telenovelas”.
Desde ese entonces siempre tuvimos una muy buena comunicación e interacción, dentro y fuera del escenario. Pertenecíamos a generaciones muy diferentes y seguramente por eso se interesaba más por escuchar mis consejos, o por mis opiniones sobre esta profesión que para él recién comenzaba.

Pero con sólo agregar una caracterización su personalidad cambiaba. Fue así como transformado en ‘El Washington’ o ‘Luciano Bello’ era capaz de convertirse en un personaje simpático e irreverente. Ahí sin duda aparecía el ‘otro yo’ de Felipe, escondido tras la máscara del actor que le permitía ir mucho más allá de su timidez.
Tuvimos la oportunidad de compartir escenarios dentro y fuera de la televisión en reiteradas oportunidades. Como se dice en la jerga artística teníamos buen ‘fiato’, con estilos de humor que nos criticábamos mutuamente con gran respeto.
Esto también nos permitió intimar mucho más, hablando de nuestras vidas personales, del amor, y además compartir nuestros gustos por actividades tan ajenas a lo nuestro, como el campo, los animales y el trabajo agrícola.

Así descubrí que Felipe vivía dos vidas paralelas. Por un lado era el artista que se embriagaba con el aplauso y por la otra el ‘Indiana Jones’ Chileno, que disfrutaba de la soledad, el retiro, el campo, sus halcones y principalmente sus caballos.
Por mi trabajo en Estados Unidos he tenido bastante contacto con la cultura ranchera, tejana y eso también nos unió. Recuerdo que calzábamos el mismo número en zapatos, y como yo no tenía dónde cabalgar en Miami le regalaba cuanta bota ranchera caía en mi mano. Ese simple detalle sabía que le hacía muy feliz, y usaba esas botas para cabalgar en su campo al igual que los cinturones y sombreros que me regalaban los grupos musicales norteños. Para ser justo habría que decir eso sí, que los sombreros le quedaban algo grandes.

Había otra característica de Felipe que poca gente tiene. Era generoso en el escenario y frente al aplauso. Eso lo pude experimentar especialmente en la Teletón, donde nunca buscaba destacarse frente a los demás. Le bastaba con estar presente.
Con el tiempo he llegado a la conclusión que él le huía a la fama, para refugiarse en la privacidad.
Han pasado dos años y la imagen de Felipe sigue intacta en lo personal y profesional. Nadie ha podido tocar ni empañar su reinado comunicacional.

Son recordados cada uno de los programas en los que participó demostrando su gran versatilidad. Sobresalía en nuestro medio con facilidad en el humor, las entrevistas o la actuación.
Y aquí sigo, buscando más palabras y conceptos para cerrar mi deseo afectuoso de homenajearlo. Su vida fue misteriosa, y también su partida. Por eso no temo en reiterar algo inexplicable, porque sinceramente siento que no se ha ido. Por eso al terminar este mensaje de recuerdo sólo quisiera decirle: “Felipe, te consideré y te considero un gran artista, pero fuiste mucho mejor ser humano. Si te mando un abrazo no es suficiente… Te lo doy junto al aplauso de todos los que te queremos y admiramos”.

>Revisa la carta de Ricarte Soto.