¿Felipe Camiroaga? Transcurrió bastante tiempo antes que  dimensionara su importancia  en la tele criolla. No tenía la menor idea que junto a Katherine Salosny animó Extra jóvenes, un batatazo de los noventa. Ignoraba que —junto a Tati Penna—  peinado a la gomina y con cara de animador precoz dijo: ‘Buenos días a Todos’ inaugurando la larga historia de un programa que todavía es muy apreciado por los telespectadores. Trabajaba en una radio y cuando hacia algún comentario sobre el entretenedor de Pase lo que pase no era precisamente para halagarlo; de rebote le tocaban algunos coscachos a Julián Elfelbein. Precisamente por criticón de la tele, le propusieron a Mauricio Correa, director del matinal y del estelar Con mucho cariño, que me invitara para echarle carbón al tema de la farándula que  ya emergía con fuerza.

En la tele, a los invitados, incluso cuando éstos no tienen ningún atractivo o interés para los telespectadores, se les aplaude cuando ingresan al estudio. Esas palmas son un accesorio de utilería. Felipe cumplió con ese jueguito del cartón piedra cuando me presentó y fue nuestro primer encuentro, bastante desabrido por lo demás.

Pero Correa debe haber encontrado alguna gracia porque me propuso un ‘pituto’ como comentarista del matinal cuando Jorge Hevia y Karen Doggenweiler eran los monarcas. Me sentía muy a gusto con esa pareja y por eso cuando anunciaron el retorno del primer animador del matinal no me cayó muy en gracia. Había que adaptarse a un tipo que desconocía aprendiendo sus ritmos y mañas.
Al principio, casi no interactuábamos y nuestro diálogo era más bien planito. Paulatinamente, la relación comenzó a cambiar cuando durante las tandas comerciales descubrimos que teníamos un punto en común. Camiroaga, no era muy Miami ni se sentía muy atraído por ‘gringolandia’, salvo unas pocas ciudades y las estaciones de esquí. Los Alpes, Andorra, Barcelona, París y otras ciudades del Viejo Continente estaban presentes en esas brevísimas conversaciones. Comencé a interesarme en su pasión por la cetrería y todas las vallas burocráticas que era necesario saltar para que un halcón obtuviera la visa para llegar a Chicureo. En detalle, me explico lo que significaba establecer una relación con ellos y siempre le dije “putas, los pajarracos altivos”.

WP-Ricarte-193Me dejaba hablar de temas que no estaban en pauta, como una suerte de contrabando que funcionaba gracias a su buena onda. Más tarde, al aire, lo traté de necio y se mató de la risa. De esa manera, nació un juego donde un prestigioso animador lidiaba con un comentarista que se dedicaba a joderlo diciéndole que no era tan formidable.
A Felipe le desagradaba la imposición de esas agencias de publicidad, que exigían actuar las menciones para poner de relieve los productos. Por eso, cuando llegó un concurso auspiciado por una margarina, el bribón me proclamo como animador del espacio comercial. Kramer retrató magistralmente todos estos juegos en un capítulo de Animal nocturno.

“Vamos a París”. Como si fuera una invitación para visitar Coquimbo o Rancagua. Me propuso que viajáramos para realizar un capítulo de Animal nocturno. Durante 16 años no retorné a América Latina y ahora sucedía lo mismo, pero en el sentido contrario. “Imagínate —dijo Felipe— recorrer juntos esa hermosa ciudad que dejaste hace tanto tiempo”.
“Ah, ya respondí”, como el tango, volver con la frente marchita y pensar que veinte años no es nada. Por una relación de fascinación y pánico con los aviones he debido rechazar varias invitaciones y esa vez no fue la excepción. Seguramente para Camiroaga que tuvo su licencia de piloto, mis aprensiones aparecerían como puras pendejadas. Inventé una serie de excusas para rechazar algo que también deseaba aceptar.

La única vez que hablamos por celular fue cuando sigilosamente pusimos a punto su apoyo a  Eduardo Frei. Había que encontrar el momento preciso y el lugar adecuado que no comprometiera la imagen de TVN, lo que me parecía razonable pero algo inútil. El primer día que Felipe estuvo de vacaciones en su casa, se realizó el encuentro con el candidato presidencial. No era fácil, porque a los ejecutivos no les gusta que sus figuras se metan en campañas políticas, ya que los telespectadores del bando contrario pueden molestarse. En la tarde, Felipe me comunicó que le habían tirado las orejas, hecho que el director ejecutivo de la época desmintió.

No fuimos amigos porque al salir del canal nuestros intereses y preocupaciones eran muy distintos. Sin embargo, me atrevo a decir que nos apreciamos bastante. En mi clóset cuelgan dos corbatas. Una es de color verde que me la regaló porque fui muy catete para pedirle que me la obsequiara. Otra, verde- azul, me la entregó, porque como me dijo: “antes que comience a molestar, llévesela”. De vuelta de un viaje a Barcelona me entregó un antiguo lápiz de mina enchapado en oro que adquirió en una feria de las pulgas; conocía perfectamente mi hobby de lápices y estilográficas de época. De otro viaje me tocó un video sobre la Guerra Civil Española. Por la casa circula un gato verdaderamente rural, nacido en las tierras del halcón. Cuando Felipe se enteró que mi hija deseaba un minino, llegó al canal con una caja de zapatos donde venía el pequeño vagabundo de piel café y manchas blancas.
Esa era nuestra relación que se interrumpió un viernes, cuando como de costumbre, me despedí con un “chao huevón…”

>Revisa la carta de Mario Kreutzberger