Querido ‘hijo’: (así te pusimos, había que preocuparse de todo)
Recuerdo que cuando llegaste al Buenos días a todos hiciste un almuerzo en tu casa para el equipo. Lo pasamos bien. Y en un momento me acerqué a darte las gracias y te dije: “bueno, cuando quieras podríamos juntarnos en la mía, o hacer algo entrete…”. Me respondiste: “es que eso lo hago sólo con mis amigos”. Me dieron ganas de darte un combo, pero después me dije: ‘!pero si es Camiroaga!’ No entendí, hasta que el tiempo nos unió y comprobé, que esa intimidad la compartías con los tuyos, de los que fuimos parte y nos sentimos muy afortunados.

¡¡¡Tanto tiempo sin verte!!! Qué ganas de poder contarte muchas cosas en persona, pero ya nos volveremos a encontrar y tendremos tiempo infinito. Por ahora un adelanto: ¡tuve otra niñita! y tu ahijada aún te recuerda y heredó un amor profundo por los caballos. De vez en cuando hay que llevarla a andar en pony.

Feli, no te vemos pero con la Paloma te sentimos con nosotros. Echamos de menos esos simples carretes, el fogón, el guitarreo, la talla, tu cero glamour, tu despensa pelada, los chascarros, tus calcetines con papas… tu costumbre de vestirte para la ocasión: de polo, de maestro chasquilla, de dandy, de viejo, de lolo palanca, jaja.

La Feña poco a poco sale adelante, pero creo que aprendió a llevarte y entendió que le mandarás un buen compañero. Huevito ya no existe, se enchuló y ahora es Daniel. Nos vemos seguido, también con Bibiano. Tu campo quedó en manos de los García y sigue siendo el campo que soñaste con Luchín.

La gente te extraña. Creo que no hay lugar en el que no te recuerden con cariño, un inmenso cariño. Cuando nació la más chica de mis hijas, una de las enfermeras de la clínica me dijo: “necesito mostrarle algo”. En la sala en que ellas descansan, tenían un mural con tus fotos, recuerdos…

Querido amigo, nos diste varios años que se nos hicieron pocos, pero que agradecemos profundamente. Conocimos a tus seres queridos, a tu familia completa, a tus queridos Rosita y Abel, a los García, y tantos otros por quienes nos heredaste ese cariño inmenso. Fuiste como mi hermano mayor, con esa verdadera amistad, tan parecida al amor de la hermandad.
Viviste tu paso por este mundo a full. Como que sabías que era breve, pero era un vivir a concho opuesto a reventarse. Te gustaba una copa de buen vino, pero nunca en exceso. Te gustaban los habanos, o un ‘pucho’ en la sobremesa. Salir a comer rico de vez en cuando…

Compartíamos la alegría de vivir, de ver la cara linda de las cosas. En invierno, por ejemplo, lo ‘choro’ que era juntarse en la chimenea, caminar con bota de goma por el campo húmedo, el olor a tierra… En verano capeábamos el insoportable calor con una buena ‘consumida’ en tu piscina refrescante… pero llena de bichos ¡¡hasta una rana encontramos al fondo!! O bien a la sombra de los árboles con el cordero. Y la primavera en que las caminatas eran alucinantes y nos impactaba el brote de vida de la naturaleza. ¡Cómo olvidar tu satisfacción y chochera de ver volar en alto a tu majestuosa Alberta!

Me río cuando veo tus personajes. Cada uno tenía algo de ti. Lo simple y guachaca del Washington y el ridículo glamour de Luciano Bello, pero siempre riéndote de ti mismo. Comprendí que es lo mejor. Me enseñaste a reírme de mis orejas, de que teníamos menos poto que rana parada, de tus dedos raros de las manos, de los ojos grandes de la Palo…
Bueno amigo, sé que siempre estás cerca. Te diste el porrazo en un lugar maravilloso, ¡la isla del tesoro a la que casi fuimos a bucear! Recuerdo que en el primer sobrevuelo, tras el accidente, los pilotos nos mostraron desde la cabina una noche despejada. De pronto, apareció Juan Fernández iluminado por la luna y con el mar en calma. Y aunque te buscamos por todos lados, desde ese momento supe que ya no estabas.

Fue duro, pero te fuiste bien acompañado de buenos amigos que tenían mucho en común. Buenas personas, la Silvita, la Carola, el entrañable Cabezón y el gordo querido, el noble Roberto Bruce. Un avión repleto de buena gente.
No vuelvo a tu casa. No me gusta. No dejo flores en cementerios. Ya no estás en ningún lugar en particular. Estás en todos, con nosotros. Vuelves cada vez que te recordamos, igual que los miles y miles de admiradores, de los cuales éramos parte.
Te extrañamos. Ya nos veremos y todo será como lo soñábamos. Un abrazo eterno, querido ‘hijo’.