Ryan Lochte (28) de héroe y fantasía sexual pasó a ser hazmerreír por culpa de las cámaras de Televisión.

Si ya era famoso, tras los Juegos Olímpicos de Londres fue catapultado a categoría de estrella mundial. El nadador estadounidense no sólo se colgó medallas doradas por su país, sino que también impuso moda (usó las comentadas placas dentales tricolor para competir) y alcanzó estatus de símbolo sexual con su cuerpo perfecto y seductora mirada celeste. Impactante.

Cumplió con creces las expectativas de aquellas revistas que lo pusieron en su portada a torso desnudo –desde Vogue a Time– y más: asumió rol de figura hollywoodense en programas de TV, alfombras rojas y editoriales de moda, además de mezclarse con la crema y nata, como quedó claro en sus días de piscina y fiestas con el príncipe Harry en Las Vegas. Celebrity dentro y fuera del agua. De sonrisa fácil, pero inalcanzable.

Pero Lochte abrió la boca. Frente a la cámara.

Todo ese millonario trabajo de imagen que combina talento, simpatía y seducción se desplomó para aquel público con acceso al control remoto. Y la culpa es de una palabra: reality.
El nadador sucumbió a la tentación de protagonizar su propio show. Y el resultado es muy, demasiado, excesivamente real. Casi al nivel de que los propios realizadores le faltan el respeto con el retrato que construyen de él en pantalla. Lo dejan como un verdadero bobo.

En el reality show What would Ryan Lochte do? (¿Qué haría Ryan Lochte?), que en Chile transmite el canal E!, junto con reírse de todas las veces que se orina en la piscina, exponen al medallista como un cabeza hueca que apenas puede entender lo que le preguntan sus productores cuando lo entrevistan para que comente lo que graban de su vida.

La maldad no es sólo hacia su imagen. Es lamentable para los fans. Para las chicas que soñaban con él. ¿Para qué tanta realidad? Adiós al Adonis. Chao fantasía.

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