Dos caracteres –desde sus particulares personalidades– que subyugan al espectador por igual contribuyen de manera importante a que esta serie no sea nada más que otra fascinante historia policial sobre crímenes horrendos. Que también lo es (ufff ¡y qué adictiva!).

Si “The Fall” no podría existir sin Stella Gibson (Gillian Anderson) y “The Killing” sin Sarah Linden (Mireille Enos), en “The Bridge” la detective Sonya Cross (la bellísima Diane Krüger de “Bastardos sin gloria“) es una singularísima persona, pero aún así no lo es todo en esta historia: su compañero de pesquisas, Marco Ruiz (Demián Bichir, candidato al Oscar en 2011 por “A Better life”) le hace un más que importante e interesante contrapeso.

Adaptada de la serie sueco-danesa, esta historia de crímenes, tragedias y misterios que se van sucediendo en cascada, y que de a poco encuentran su conexión, cobra aquí la fuerza de las siderales distancias entre dos países de Norteamérica (EE.UU. y México). Diferencias que no se acercan ni en el más mínimo rango a las que pueda haber entre Suecia y Dinamarca.

El Puente de las Américas es esa inmensa aduana que separa El Paso, Texas, de Ciudad Juárez, tristemente célebre por la desaparición y muerte de cientos de mujeres y por la explotación sexual de muchachas jóvenes, que convierten el lugar en una sucesión de miserables e improvisados prostíbulos, donde mandan los sanguinarios y crueles carteles.

En esa frontera se resumen las dramáticas desigualdades entre EE.UU. y México, que hacen que miles de hombres, mujeres y niños arriesguen su integridad y sus vidas por cruzar el letal desierto para llegar a la tierra prometida, a cualquier precio.

Bajo este contexto, en el Puente, se encuentran la detective Sonya Cross, una mujer con un evidente y bastante severo síndrome de Asperger, aguda investigadora y obsesionada con su trabajo, y el detective Ruiz, del Departamento de Policía del estado de Chihuahua.

Se acaba de producir en esa sensible frontera un corte súbito de luz, que se repone enseguida, y tras ello, allí, en medio del puente, aparece un cadáver.

Con su vehemencia habitual, Cross reclama para sí el caso, y Marco, un hombre de familia, sereno, uno de esos escasos policías honrados en un medio podrido, se encoge de hombros y asiente, no sin sonreír frente a esta gringa rara.

Pero a pocas horas de la noche, surgirá una sorpresa: no es un cadáver, son dos. Y uno le atañe a Ruiz. Sonya despierta a Marco por teléfono y lo conmina a sumarse y presentarse inmediatamente en las oficinas de El Paso para continuar la investigación.

Así, dos seres que parecen venir de otra galaxia, deben trabajar en conjunto, esquivando además el reclamo para sí del caso por parte del FBI, el sheriff y otros organismos. Y las restricciones que el jefe de Ruiz impone, un capitán al que el detective debe interrumpir en la noche mientras juega cartas en un lugar de mala muerte para pedirle permiso para tomar el caso.

Un pivote clásico, aquel de generar contrastes con la pareja dispareja, aquí adquiere otra dimensión tanto por los caracteres y biografías de los protagonistas como por el escenario criminal en que se mueven. El choque cultural es a todo nivel y se transforma en una metáfora político-social.

La serie está plagada de humor, mucho del cual, ciertamente, surge de estos contrastes.

Imposible no reírse de “la gringa” cuando, tras ser informada por Marco que uno de los cadáveres corresponde a una de las 250 chicas que desaparecieron sólo el año anterior en Ciudad Juárez, ella pregunta: “¿A serial killer?”. La dimensión social de esa tragedia está fuera de su radar.

Pero su cabeza estadounidense, que vive de reglas (otras reglas en realidad) no está tan perdida, finalmente. Aunque sea sólo en este caso.

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