En este recorrido, la diseñadora se mostró tal cual es. Sabe lo que quiere, lo que le importa, lo que detesta. Está acostumbrada a ir de celebridad por la vida, pero puertas adentro es una niña regalona. Y Máximo, su hijo de 10 años, es la conexión con la realidad y su compañero.

Después de un chapuzón y algo de snorkeling, seguimos en la lancha que nos lleva a una pequeña isla, donde nuestros anfitriones del Pearl Tikehau Resort prepararán el famoso poisson cru (pescado crudo con leche de coco) in situ. Almorzamos rústicamente, no hay más que música, sol y aguas turquesa a varios kilómetros a la redonda. Cecilia está relajada, es una más del grupo, sin quejarse le hace el quite a los mosquitos que aparecen de vez en cuando y señala que este es un regalo que hay que tomar sin remilgos. La observación es coherente con la etapa que vive: “Estoy deshaciéndome del pasado, soltándome de verdad para lograr renovación”, comenta mientras fuma (una cajetilla diaria).

Es algo que partió hace tiempo cuando se dio cuenta de que en lo profesional era valiente y desinhibida, pero en su vida personal se frenaba. “Decidí elegir cómo y dónde quiero vivir, con quiénes quiero juntarme… Muchos ni siquiera se preguntan qué sueñan, viven pensando en las responsabilidades y aseguran: ‘cuando tenga todo resuelto haré lo que me apasiona, lo que realmente quiero’. Pero nunca se termina y el tiempo pasa”.

Fue el pintor Claudio Bravo, a quien entrevistó en Marruecos, el que le dio la clave. “Al pintar levitaba, se le olvidaba si era de día o noche. ‘Muchas veces he pensado si soy yo realmente quien pinta’, me dijo. Así es cuando uno está conectado con sus talentos. El tenía mil cosas que hacer, pero todas giraban en torno a su pintura. Yo siempre he sentido que tengo que vivir sin importar lo que esperan de mí. He sido muy libre a pesar de que desde que gané el Miss Universo (1987) me pusieron una etiqueta en la frente. Y no es que no me importen los otros, pero vale más estar en paz conmigo misma. Desde joven busqué el camino, pero con el nacimiento de Máximo se produjeron cambios esenciales en mí. Me di cuenta de que mi hijo iba a crecer y a equipar su alma nutriéndose de mí. Ahí empecé a trabajarme con conciencia, porque para que él esté bien yo debo estar plena, agradecida, en armonía”.
El primer cambio fue salir de la televisión. “Cuando no tenía nada más que mi carrera, estaba bien ahí, porque es un remolino tan vertiginoso que llenaba muchos espacios”.

—Pero la TV fue tu vida por veinte años.

—No, en realidad no. Fue una gran oportunidad, tuve maravillosas experiencias, fui privilegiada, viajé por el mundo, hice programas en inglés, me tocó cubrir una guerra en vivo… Tuve la suerte de estar con los mejores. Fue una carrera llena de bendiciones, pero había un pedazo de mí, esa Cecilia interna, que quería algo más, necesitaba sentir que mi vida tenía un valor contundente que no lo da lo que haces, sino el estado interior. Cuando lo haces de verdad, sin analizar, sin calcular, es como si cruzaras un portal . Ahí aparece una nueva vida.

—¿Lo hiciste sola o con ayuda de otros?
—Partí leyendo de religión, pero la clave fue Eckhar Tolle y El poder del ahora, que llegó a mis manos hace años. Sus palabras resonaron en mi interior con tanta verdad. Son cosas sencillas, pero esenciales. En todo caso esto no es un libro ni una persona, es un camino.

Reconoce que la mayor lucha ha sido con ella misma y su obsesión por la perfección. Cuando entendió que perseguía un imposible comenzaron a desaparecer sus ‘rabias’ y las explosiones de humor. “Es una suerte de aceptación profunda, un trabajo que uno hace permanentemente, y así como me salgo de mis casillas, debo entender que es parte de mí, que no me voy a castigar por ello, porque uno igualmente se atormenta al creer que tiene que estar siempre bien, si también puedo estar triste, cansada, sentirme mal y no hay problema con que así sea y mientras más rápido lo acepte, más luego desaparece. Hoy me dura muy poco el enojo. Antes sentía que estaba perdiendo el tiempo si no concretaba algo, me ponía nerviosa ver como las personas que trabajaban conmigo retrasaban los procesos que, según yo, tenían que cumplirse. Vivía apurada. Era enferma de autoexigente y perfeccionista. Me martirizaba”.

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—¿Estabas atenta a las críticas?
—No… Si a mí nunca me ha importado mucho lo que dice el resto, no es arrogancia, es que he sido tan exigente conmigo que ni una palabra de afuera era más dura que la mía.

—¿Cómo te martirizabas?
—No me permitía descansar hasta que las cosas estuvieran perfectas y muchas veces no lo lograba, entonces sentía una gran frustración y al día siguiente volvía a lo mismo. Igual tenía buenos resultados y la gente lo reconocía, pero para mí no era suficiente, sentía que lo podría haber hecho mejor. Vivir así era un martirio. Había un dejo de insatisfacción permanente.
El más difícil de someter ha sido su ego. “Un duro trabajo, porque el ego busca el éxito y se maneja con una fuerte dosis de autoestima. También de la victimización, de frases como ‘quién se hará cargo de mí’. La verdad no me he deshecho totalmente de él, lo desafío continuamente dejando esa parte obsesiva mía porque las cosas siempre estén bien hechas. Porque si piensas que la clave está en la satisfacción, ese es el ego que programa todo, si la vida no tiene que ver con un plan o estrategia, sino con experimentarla, con vivirla porque si uno vive de acuerdo a un diseño se pierde el momento más pleno y mágico que es ahora. Aspiro a eso: vivir ahora. Y medito, me gusta mucho el silencio”.

—¿Cómo meditas?
—Sólo siento mi respiración. No voy a ningún centro, no sigo a ningún gurú.
No le hace el quite al miedo ni al dolor. “No soy de meter las cosas debajo de la alfombra. Voy de frente. Hay temor a lo que puede suceder, a que no resulte algo, pero si te enfrentas a ello, desaparece”.

La soledad, sin embargo, ha sido un fantasma más difícil de encarar, debido a una sensación de profunda melancolía que la acompañó desde niña y luego viviendo en Estados Unidos. “Por mucho tiempo me sentí sola aun estando acompañada… Son cosas que prefiero no contar. Hubo una época en que vivía con una sensación de desamparo profundo”. Se sintió así hasta hace unos 10 años. Los mismos que tiene Máximo. Entonces comenzó a ‘retirarse’ la melancolía hasta casi desaparecer. “Hace unos tres años pude casi superarlo y ahora hasta puedo contarlo”.

—¿Soledad a pesar de tu familia?

—No tiene que ver con estar sola o con alguien. Es algo interno. Quizás es no sentirse parte de esto que es maravilloso (muestra el mundo). —Interrumpe el relato y queda en silencio unos minutos, reflexiona—. Es difícil explicarlo con palabras, pero no tiene que ver con otras personas necesariamente, se relaciona con sentirse parte de algo más grande. Hoy estoy conmigo, tengo a mi hijo maravilloso, grandes amigos porque he ido construyendo una vida y cuando uno se siente parte de un todo ya no hay desamparo, estás contenida por la vida. Aunque hay momentos de ‘recaída’… porque son hábitos muy profundos que quedan.

La ayudan sus redes, pequeñas, pero fieles. Amigas, como las que fueron a acompañar a Máximo a su presentación de gimnasia mientras ella estaba en Tahiti. En ellas y en otros buenos amigos confía. “Aunque han ido apareciendo personas que quizá no son tan cercanas en las que creo. La idea es no andar tan acorazada por la vida, es la única manera de que aparezca gente maravillosa”.

—Hablas de andar acorazada, ¿de qué sufrimientos te proteges?
—No es nada en especial, es que nos enseñan desde chicos la raíz del miedo: a desconfiar de los otros, de lo desconocido…

—Pero cuáles son tus dolores
—En su gran mayoría han tenido que ver con la traición, la decepción y la única manera de sanar ha sido a través del perdón. Gracias a Dios he aprendido a perdonar desde mi corazón.

—¿Y cuánto tiempo te acompaña el dolor?
—Hay sensaciones que quedan de un aprendizaje, una experiencia muy dolorosa, pero obviamente esas heridas ya no sangran, son como marcas de distintas batallas. Los dolores duran lo que tienen que durar nomás. Le doy gracias a Dios por no huirle y poder sanar.

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Partimos al mercado de Papeete, allí se transan pescados, frutas, verduras, artesanías y coronas de flores: el símbolo de fiesta en la Polinesia. Cecilia conversa con las mujeres que tejen gardenias y jazmines, es cercana y cálida. Se prueba varias trenzas de tiare, con ellas haremos, al día siguiente, algunas fotos en la playa. En el ferry que nos lleva a Moorea cuenta que siente deseos de volver a escribir. Hacerlo fue su especie de ‘terapia’ luego de casarse con Michael Young a comienzo de los ’90. “Estaba viviendo en Estados Unidos, me sentía muy sola y empecé a escribir. Tenía un cuaderno al lado de la cama y a veces me despertaba inquieta, no encendía ni la luz y escribía compulsivamente. Era una cosa de desahogo”. No sabe qué pasó con esos cuadernos, sólo le queda claro que después de releerlos se dio cuenta del momento de crisis por el que pasaba. Al poco tiempo se separó de Young, regresó a Chile e inició una carrera en la televisión chilena. El resto es conocido.

Hoy esas ganas de poner en el papel lo que piensa se deben a que desde hace unos meses está dando charlas. La primera fue para jóvenes del liceo comercial Camilo Henríquez de Los Angeles. “Les hablé sobre éxito y fracaso, de cómo nos inunda el miedo cuando tenemos que tomar una decisión, de los obstáculos y cómo transformarlos en oportunidades. También de cómo la búsqueda del éxito no es el camino”.
Luego la llamaron de otros lugares, incluso de la versión TED en Santiago.

—¿Cómo preparas las charlas?

—Veo los puntos que quiero entregar y luego pienso en ejemplos. Hablo desde mi experiencia. Creo que al final es lo más valioso porque ahí está el resultado, no estoy diciendo algo que leí en alguna parte, estoy compartiendo mi aprendizaje.

—En las charlas le quitas importancia al dinero, pero sí lo tiene en tu vida…
—La verdad es que a mí nunca me movió una razón económica para tomar una decisión y siempre me ha ido bien, he buscado lo que me entusiasma y cuando uno vive con pasión, el dinero, el éxito y todas esas cosas son resultado del trabajo bien hecho.

—Es fácil decirlo desde la comodidad.

—Sé que muchos piensan que tengo una vida de privilegios, pero me he sacado la cresta, lo he pasado mal, realmente yo he construido mi vida… No quisiera dar detalles, pero durante mi adolescencia viví momentos complicados, trabajé desde bien chica y pagué mi universidad… Sé cómo son las cosas.
Prefiere cambiar de tema. Mientras recorremos Tahiti, le envía fotos a Máximo. Un verdadero diario ilustrado de viaje. Tiene con él una relación estrecha. Hablan por whatsapp. Viven juntos en una casa en Lo Curro. Antes de construirla —y después de divorciarse de Carlos Menem (2011)— estuvo a punto de radicarse en París. Tenía un puesto en la industria de la moda, pero prefirió quedarse para que Máximo se criara rodeado de su familia. “Es un niño muy inquieto, bueno para el deporte, sensible y muy consciente de su entorno, de sus compañeros”.
Añade que ha soltado su rol de madre. Que antes vivía con la ansiedad de hacerle la vida linda. Luego supo que era mejor ser sólo su mamá.

 

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—¿Qué relación tiene con su padre?
—Bueno, a él le encantaría tener un papá. Lo que pasa es que nunca ha tenido uno, entonces no es algo que perdió de pronto… Cuando Carlos volvió a Argentina —él estuvo un año con nosotros— Máximo tenía un año, y al comienzo lo iba a ver a menudo, pero cada vez nos empezaron a poner más problemas, cada vez era más difícil ir.

—Pero debe tener una imagen paterna.
—Hasta hace poco sentía una gran ilusión de tener un padre como sus primos o sus compañeros, hasta que vio que eso no era posible, pero tiene tantas otras cosas… Y también le he enseñado que hay que disfrutar lo que hay y no detenerse en lo que falta, porque la vida entonces se va en añoranzas en vez de bendecir lo que uno tiene, que por lo general es harto. El es un niño muy feliz.

—Quizá más grande busque su lado Menem.
—Yo igual trato de llevarlo todas las veces que se puede, que nos dejan pero…

—¿Quiénes no los dejan?
—Es que para llegar a Carlos siempre hay que hacerlo a través de un secretario, a veces es muy fluido y otras no. Coordinamos las visitas por mail y a veces después de tener todo listo para viajar nos llega un correo cancelando la visita. La razón nunca la he tenido clara. Preferiría no seguir hablando de mi hijo, esta entrevista es sobre mí.

—¿Y tú añoras algo? ¿El amor de pareja por ejemplo?
—Hasta hace un tiempo estuve con la ilusión de encontrar a ese compañero… pero ahora ya no.

—Pero has tenido parejas, siempre se te vincula con empresarios…
—Pero no he tenido un proyecto. No tengo un amor romántico en mi vida ahora, tampoco lo añoro, si aparece, veré.

—¿Hay candidatos?
—Siempre, pero si no estoy enamorada no me involucro.

—Pero puedes tener amigos.
—Ah, sí tengo.

—¿Con ventaja?
—Aaah sí, pero en este minuto no. Salgo, lo paso regio, tengo amigos, de todo, pero amor no, el deseo de estar con alguien permanente tampoco. Y estoy muy entretenida con lo que hago, muy emocionada con las charlas, estoy disfrutando mucho de Máximo, tengo una relación preciosa con él, cada vez más linda.

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—Pero tu hijo crecerá y ahí tal vez querrás rearmar la vida de pareja.
—No sé. Me he dado cuenta del valor de la amistad. Quizás es porque hoy no tengo un compañero con el que haya una historia y pueda decir: “qué rico construimos una vida juntos”, entonces no me imagino, no tengo el modelo.

—Pero más allá de lo social, ¿le pesa estar sola, mientras sus hermanos, por ejemplo, están emparejados?

—No. Todos me dicen que me busque alguien puertas afuera, pero no estoy ni esperando ni cerrada al tema. Si llega bien, si no también.

—¿Qué requisitos debe tener ese hombre?

—No sé, no estoy haciendo planes, ni deseando algo específico. Si llego a encontrar a alguien con quien quisiera compartir mi vida… bueno si es así se va a dar, pero si no aparece, igualmente estaré feliz de seguir con la vida que tengo hoy.

—¿Pero alguna vez se proyectó en pareja?

—Sí, en algún momento tuve la idea de compartir y formar la familia para la cual uno —de alguna manera— está programado… Pero eso dejó de rondarme, ya no lo tengo como una visualización de lo que quiero. Me saqué esa idea de la cabeza.

—Debe tener muchas solicitudes.
—No tantas… No es que no quiera, puede suceder, sólo que no estoy pendiente de eso. Tiene que ver con dejar de controlar todo.

La entrevista sigue en la habitación de Cecilia en el Pearl Beach Bora Bora Resort construida sobre el agua. La bahía de Faanui y atrás el monte Otemanu en el pueblo de Vaitape son el telón de fondo. La Bolocco está en la terraza tendida al sol. Respira profundo, fuma, come piña. El próximo año tendrá 50. “Cuando cumplí 40 fui tan feliz, empecé a vivir de verdad. No volvería a tener 30 por nada del mundo y menos 20”.

—¿Cómo te imaginabas a los 50?
—¡Una vieja decrépita!, pero me siento extraordinaria, me miro al espejo y digo ¡guau!  Cuando estaba en el colegio me acuerdo que decía: ‘cuando llegue el año 2000 voy a ser una anciana… ¡¡de 35 años!!’. Nunca pensé en los 50… En todo caso, esta es la Cecilia que más me gusta, me tengo a mí finalmente, es una sensación muy rica, en paz y eso no quiere decir que no esté dispuesta a vivir la vida de forma vertiginosa, soy una aventurera y voy a todas, pero en el interior hay una suerte de calma.
Sabe que tiene que empezar ¡ya! con ejercicios para seguir flexible y tonificada. Por eso toma vitaminas, come mucho pescado, verduras, casi nada de pollo y muy poca carne roja. En contraste la agobia tener que arreglarse. “No me maquillo nunca, me liberé de eso hace rato, tú ves como ando en el día a día, muy sencilla. Ahora, si tengo que ir a una fiesta voy espléndida porque soy muy estética”.

—¿Has pensado en la cirugía?

—Le tengo pánico. Ahora si se me cae la cara… pero me da miedo no reconocerme después… Para empezar me cuesta ponerme en manos de alguien para que me arregle, por eso nunca pude trabajar de modelo. Hasta me carga que me hagan el pelo…

—¿Por eso no varías de peinado?
—Claro. No imaginas lo que me costó cuando me teñí rubia.

—Pero se quedó con el color.
—Porque en cuanto terminé de grabar la teleserie (Morelia, 1996) fui a la peluquería y le dije a la niña: “tíñame de mi color”. Cuando me vi me deprimí. Como no me maquillo, con el pelo oscuro me veía tan, tan blanca, que andaba pésimo. Regresé a la peluquería y me quedé así. Me acostumbré, ¡ya está! Pero nunca cambio de look.
Vuelve sobre la vejez: “No es que esté resignada, pero considero una tontera luchar contra el envejecimiento. Además me siento como una cabra chica”, dice riendo.

—¿Has pensado en la muerte?
—Siempre pido: “Dios mío que no me pase nada porque para Máximo sería muy fuerte”, es un golpe que quisiera evitarle por muchos años. Y la verdad es que he sido tan consciente de mis procesos, primero martirizándome y hoy soltando el control… He estado tan viva que pensar en la muerte es una sensación de: “puchas será, si ya he vivido 50 vidas”.