Si hay algo que define actualmente la política internacional es el miedo. El terror a una catástrofe provocada por los inmigrantes de países pobres que buscan una vida en las naciones más prósperas. Ese miedo cobra la consistencia del pavor cuando los recién llegados abrazan una causa religiosa que es usada como punta de lanza para atacar a potencias de pasado colonialista: pobreza, integrismo y venganza. En ese punto aparecen las bombas, la muerte y con ella la palabra terrorismo. La serie británica Bodyguard se desarrolla en ese ambiente, el de la cultura en torno al terror a los atentados y el control de los extranjeros como sujetos sospechosos. La seguridad nacional como una meta para la que es necesario sacrificar ciertos derechos. El sargento David Budd, interpretado por Richard Madden, lo sabe de primera mano. Budd volvió a Inglaterra luego de luchar en Afganistán para integrarse al equipo de protección contra el terrorismo. El retorno no solo significó cambiar el campo de batalla por el rol de guardaespaldas, también enfrentarse a los traumas de guerra que acabaron destruyendo su matrimonio y alejándolo de su familia.

El sargento Budd parece solo encontrar satisfacción en su vida a través del cumplimiento del deber. Todo el resto está en ruinas porque los antiguos lazos están rotos. Los despojos familiares son la consecuencia de una crispación generalizada: algo ya no funciona en la nación y la única manera en que la política responde al malestar es proponer más y más seguridad. Él será testigo privilegiado cuando se le asigna el rol de custodio de la ministra de asuntos internos, una mujer de convicciones conservadoras amenazada por distintos flancos. Ella y la superior del sargento Budd —curiosamente dos mujeres— representan aquello a lo que ni los ciudadanos comunes ni el propio guardaespaldas tienen acceso: la información secreta y los flujos de poder que controlan las decisiones que marcan la política del país.

Bodyguard podría haber sido una serie sobre un hombre herido de muerte por un destino que lo acorrala entre el deber y la lealtad con su propio pasado. También podría haber sido una reflexión sobre la masculinidad cuestionada. De hecho, en sus tres primeros capítulos ese resulta ser el principal atractivo de esta producción que logró índices de sintonía históricos cuando fue emitida por la BBC durante 2018. Pero a partir del cuarto capítulo la narración se rinde a golpes de efecto que diluyen la densidad inicial de la trama, abandonando a los personajes a una historia que acaba como una vieja serie de acción norteamericana, de esas que dejan moralejas y no toleran la presencia de ambigüedad moral.