También se refiere a su tristeza profunda por la muerte de Blanca Vicuña.

Eva observa con sus ojos amarillos de gato, siempre atentos. Seria. Llega al estudio acompañada de una amiga y de una maquilladora, a las que pronto se sumarán dos encargados del equipo de comunicaciones de CHV. Frente al espejo y aún durante las fotos da la impresión de estar enfadá, aunque después de un rato hará bromas y hasta pondrá en discusión las instrucciones del fotógrafo: “¿Y tú crees que con tacos aguja y esta alfombra voy a poder hacer ese giro?”, comenta entre divertida y protestando, pero obedece: se pone de espaldas y se gira. Click. Espectacular.

A sus 41 años (los 40 fue una pasada que le costó asumir) Eva Gómez es de esas figuras que se salen de los márgenes de la televisión: es española, dice lo que piensa, habla fuerte, no se desvive por estar en TV (o al menos eso afirma) y ha desarrollado una carrera con altos y bajos, pero ascendente al fin, siempre al alero del mismo canal. Llegó a CHV antes de que lo adquiriera Sebastián Piñera y ahí estuvo cuando pasó a manos de la multinacional Time Warner. Después de nueve años continúa como conductora del matinal y rostro del Festival de Viña del Mar, plato que repetirá por tercera vez este 2013. Nada de mal para una mujer que partió como productora de SQP y al poco tiempo se convirtió en titular de un espacio que llevaba su nombre: El diario de Eva. De ser reina de las tribus urbanas se convirtió en el rostro femenino más potente de la estación. Querida y resistida. En su currículo figura un dato que muchos no pasan por alto: es casada con el segundo hombre más poderoso de CHV, Pablo Morales, jefe de programación y contenidos de la estación. El matrimonio fue en diciembre de 2010, aunque convivían desde mucho antes con los dos hijos del anterior matrimonio de ella (de 16 y 12 años), y con una hija en común, hoy de 6 años.
“No soy ni tan bacán, ni la más guapa o inteligente… pero tampoco soy tan como el loli o pesá… Los extremos suelen ser el pan de cada día en este medio. Si enganchara tendría que tomarme 25 ravotril para salir a la calle”, admite sobre los comentarios que suelen catalogarla como una diva dentro de la estación. A ella le resbala: “Tengo amigos buenísimos, una familia que me adora, hijos sanos e inteligentes. Tan mal no lo estaré haciendo. Así nací y así voy a morir”.

Tampoco transa con el aro en la nariz. No se lo sacó ni para el Festival de Viña, aunque fue tema. “Me gusta y no corresponde que me lo saque”. Y con la misma determinación lleva sus tatuajes. “Para el segundo año me hice uno nuevo”, dice sobre su quinta marca sobre la piel, unas letras chinas que asoman coquetas bajo su hombro derecho. “Significa happiness…”.

CON ANTEOJOS OSCUROS, DE NEGRO, ESTUVO EN LA CLÍNICA LAS CONDES durante la hospitalización y más tarde en los funerales de la pequeña Blanca Vicuña Ardohain. Ahí Eva organizó cadenas de oración, llamó a donar sangre a través de Twitter, en la misa rezó un salmo y no abandonó a la familia de Benjamín Vicuña en ningún instante. Frente al espejo, mientras la maquilladora hace su trabajo, recuerda: “Ahí estuvimos en la medida de lo que pudimos, súper guiados por el cariño, por el corazón. En la clínica no nos daban mucha información así es que lo único que quedaba era acompañar, abrazar y rezar. Lo hago hasta hoy”, confiesa sin mucho ánimo de entrar en detalles. Sólo agrega una reflexión personal: “A veces te quejas por tonteras y no te das cuenta de la fortuna que es ver a tus hijos levantarse en la mañana para ir al colegio. Te olvidas de agradecer, pero siempre, siempre hay que dar gracias a Dios”.
Eva fue a apoyar a una de sus grandes amigas, de las pocas que —asegura— tiene en nuestro país. “Soy comadre con Jose Vicuña —dice sobre María José, pintora, hermana mayor de Benjamín—; ella es la madrina de mi hija Triana y también de Blanca… Somos amigas desde la Expo Sevilla ’92, cuando trabajé ahí como promotora; al Benja lo conozco desde que tenía 16 años y estaba en el colegio. Ellos fueron mi familia cuando llegué acá en 1995. Me abrieron las puertas de su casa y de sus corazones”.
La Expo Sevilla fue toda una oportunidad para esta hija de padre militar y madre modista. A los 21 años ya realizaba diversos trabajos para aportar a la economía familiar. “He cuidado niños, limpiado escaleras, hecho clases de baile. Lo volvería a hacer sin ningún problema”, asegura.
En el famoso stand del iceberg entabló lazos con dos chilenos: con su gran amiga Jose Vicuña y el ingeniero Fernando Pesce, por quien tomó un ticket con destino a Santiago. Acá se casaron y tuvieron dos hijos. El matrimonio no duró, pero su amistad con Vicuña se mantiene a pesar del tiempo y los dolores.

La muerte de Blanca la ha hecho recordar con más fuerza a su papá, quien murió a los 65 años de cáncer cuando ella estudiaba periodismo en la Universidad Diego Portales. “Nos dejó recuerdos tan frescos; es triste, pero así debe ser… Uno debe ver partir a sus padres pero nunca sus hijos; va contra natura que sea al revés”.
Ese es su mayor miedo. No le inquieta quedar sin trabajo, sin plata o bienes. “¡Hombre! Se me quemó la casa el 2001, con todo. Se salvó un traje de flamenca y nada más. Eso fue un 1 de mayo y quedó una pura viga de pie. Ahí perdí el apego a las cosas; tenía manteles que nunca usé porque jamás encontré un momento, cosas que traje de España, platos preciosos. Me dejó una enseñanza gigante: que todo lo material se recupera y que la vida es para ser feliz, gozar el día a día porque nadie sabe lo que va a pasar mañana”.
—¿Y las pérdidas afectivas, de pareja, cómo las vive?
—Duele, eso sí que duele…  pero son cosas de la vida, trances en los que siempre hay algo que aprender. Cuando consigues echar para el lado el dolor, ves que siempre las cosas pasan para algo. Por ejemplo, ahora trato de ver más a mi mamá, de estar más cerca para no tener ninguna deuda cuando ya no esté. Imagínate, ya cumplió 80.
Para celebrarlo, se fueron las dos solas a Venecia. “Todo lo que le gustaba se lo compraba, le daba besos, la llevé a comer, la perseguía, le sacaba fotos. Un regalo para el alma. Esto no me lo quita nadie; esas sonrisas, las caminatas, las conversaciones…”.

‘EL TIEMPO HA PASADO VOLANDO —DICE SOBRE SU MATRIMONIO CON PABLO MORALES—. Nos casamos el 18 de diciembre del 2010, días antes de mi primer Festival de Viña del Mar. Igual convivimos siete años y llevábamos nueve juntos; la única diferencia fue saber que en el cajón hay una libretita de familia’.
—¿Entonces por qué se casó?
—Sentí que tenía que hacerlo. Más por el rito, ni siquiera por el vínculo; comprometerme frente a mis hijos, mi mamá y mi familia en España. Quise decirles ustedes son partícipes de algo que para mí es tan importante y quiero que también lo hagan…
—Qué conservador suena.
—La verdad es que me gustaría ver a mis hijos casados. Es mi lado romántico.
—Hay gente que después de mucho tiempo conviviendo se casa y todo se va a la punta del cerro… ¿No le da susto?
—Y hay otros que pololean re poco, se casan y duran toda la vida. Según mi mamá, el matrimonio es una lotería, no hay que dar nada por hecho ni por sentado.
Hoy la vida de esta pareja se centra en la hija de ambos, Triana. “Pablo soñaba con ser padre. Nuestra vida casera pasa totalmente por ella”, cuenta.
—¿Pero qué ocurre con el tiempo para ustedes, para la seducción?
—Ya habrá, ojalá toda la vida, aunque nunca se sabe…
—Todos los días juntos en el canal. Buscarán una escapadita los dos solos.
—Ni nos topamos. Todos mis asuntos los veo con Jaime (De Aguirre, director ejecutivo). Soy la única en CHV con ese trato. Y en la casa no se habla de pega, nunca se ha hecho.
—¿Una regla de convivencia?
—Se dio naturalmente. En la casa los temas son otros: ¿pagaste el teléfono?…, tengo reunión de colegio… El trabajo nunca ha sido un tema.
—Y cuando en la prensa se publicó que él había llamado a Carola de Moras para llevarla al matinal, ¿eso tampoco se conversa?
—¿Estai loca? ¿Tú crees que él sabe que yo estoy haciendo esta entrevista ahora? Por cierto que no. La pega es pega (dice molesta).
—¿Qué le pasó cuando vio esa nota en el diario?
—El es el gerente de Producción del canal, trabajo que hace espectacularmente. No tiene por qué darme ninguna explicación, ¿te imaginas que tuviera que comentarme todas las reuniones que tiene en el día? O sea, me agota, me mata.
—En estos diez años ha debido lidiar con el hecho de ser pareja de un hombre importante en CHV. ¿Cuánto le ha jugado a favor y cuánto en contra?
—Fue tema un tiempo. Trataba de llegar antes a las reuniones para que nadie hablara, me afectaba todo, me decían que no me reía para la foto, que hablaba fuerte, que era pareja de Pablo y me moría… Hoy me da lo mismo. Tal vez son los años pero ya no me entran balas. No me puedo hacer cargo de las tonteras que se dicen.
—¿Le ha cerrado puertas en otros canales ser la mujer de Morales?
—Nooo. Me han hecho muchas ofertas, pero las que he encontrado atractivas me han llegado a mitad de contrato. Hubo una (de Canal 13) que la pensé… Meme Ducci me llamó y me sentí muy halagada, pero el canal estaba pasando por un mal momento y decidí quedarme. Mi contrato vence en diciembre del 2013; si me ofrecieran un proyecto que me guste —lo que no tiene que ver con horarios ni con que se trate de un estelar—, ¡obvio que acepto! CHV no es mi hijo; sin ellos me muero pero puedo vivir perfectamente sin el canal.
—A propósito: El matinal de Chilevisión no ha tenido buenos resultados. Llevan seis meses y figuran quintos en sintonía.
—El rating no me preocupa; trato de hacer el mejor programa del mundo, pero claro, después llaman a reunión y preguntan qué pasó… Es responsabilidad mía y del equipo, no es un tema que me urja, que me vaya para la casa bajoneada.
—Sin embargo, debieron hacer cambios drásticos; despidieron a varias personas, entre ellas a la editora periodística, y quieren plantear un giro hacia lo social.
—No tengo ninguna injerencia en quién llega y quién se va. Sí te puedo asegurar que toda la energía está puesta en hacer un tremendo programa. En ese sentido el cambio editorial me viene como anillo al dedo; me gusta mucho moverme en el área social. Sí creo que nos hace falta reírnos más, la gente quiere pasarlo bien, que le cuenten las cosas de forma entretenida.

‘SOY MUY CONFIADA, LE CREO A TODO EL MUNDO. LO HE TRATADO HASTA CON TERAPIA. Así como soy apasionada, también soy súper querendona, siempre creo que estoy en las mejores manos, que puedo estar segura… Y no todos son así. Aunque también me he llevado buenas sorpresas’,  dice mostrando ahora su lado vulnerable.
—¿Hace cuánto va a terapia?
—Voy y vuelvo, siempre antes de Viña me pego un par de sesiones. Para ver cómo me organizo, cómo lo hago con los niños y porque empiezo a dormir mal entre los nervios y la ansiedad.
—¿Toma pastillas para los nervios?
—Sólo flores de Bach, terapias alternativas, imanes. No soy muy buena para los remedios.
—Le gusta sentirse una mujer fuerte, que se la puede.
—Soy mucho menos fuerte de lo que te puedas imaginar. Soy llorona, hago pucheros. Necesito que me digan te quiero, que me pregunten cómo estoy. Que se preocupen si estoy enferma. Que sepan qué me gusta.
—¿Hasta dónde está dispuesta a tolerar para mantener un matrimonio?
—Cuando hay hijos a veces hay que sacrificar el matrimonio por la familia.
—¿Le ha tocado pasar por crisis, terapias de parejas?
—Hemos ido a terapia pero no de pareja. Me sirve mucho. Todos los matrimonios pasan por crisis: me pregunto si lo estaré haciendo bien con mis hijos, que tan felices los estoy haciendo. Las crisis existen y te hacen crecer y es bueno que existan. Sólo los tontos son felices porque creen que está todo bien.
—Y cuando surgen rumores de que su matrimonio no anda bien, que están separados…
—Siempre aparece en los medios, sobre todo para los festivales de Viña. Hasta me he llegado a reír. Otras, me da lata… Trabajo en un programa y trato de hacerlo con todo el cariño. No vendí mi matrimonio ni el nacimiento de la Triana. No vendo mis momentos felices y tampoco lo haré con los difíciles. Jamás diré nada que ponga en jaque la estabilidad emocional de las personas que quiero.
—¿Qué pasa si su pareja la traiciona, hasta ahí nomás llega todo?
—Depende… Una infidelidad no es una traición.
—¿No?
—Es una forma pero hay otras que duelen tanto y no necesariamente involucran un tercero.
—¿Lo dice por experiencia?
—No, nunca me ha pasado. Pero cuando esas cosas suceden hay que ver cuánta parte de culpa tuviste. Las cosas en una pareja son responsabilidad de los dos.

LOS 40 AÑOS LE CAYERON DE GOLPE. ‘FUE UN TEMAZO, tuve que convencerme de que los 40 son los nuevos 20… (ríe)’.
—Más aún cuando se trabaja en televisión.
—Lo tengo clarísimo. Antes de que me peguen la patada porque no doy un primer plano prefiero irme. La televisión chilena es implacable. Acá hay pocas mujeres mayores que yo en TV: Patty Maldonado, Raquel Argandoña y Kathy Salosny. Imagínate que yo soy la mayor de CHV. Qué atroz, nunca me había dado cuenta…
—Pero sigue siendo vista como una mujer guapa. ¿Le coquetean los hombres?
—Cuando recién llegué me miraban pero nadie se acercaba. Hoy son más atrevidos, osados. Yo en cambio nunca trato de seducir a nadie. Soy bruta.
—¿Cómo es eso?
—Me arreglo poco, digo lo que pienso. Lo mío va por el sentido del humor: prefiero contar un buen chiste que mostrar escote. La mina rica no me nace. Soy más a la antigua, me muero de vergüenza entrarle a alguien… Tampoco soy muy polola: en mi vida he tenido cuatro novios.
Pero lo sexy le brota por los poros. Frente a la cámara se desata. Lleva un vestido corto y lentamente deja caer la tela para mostrar la espalda… “¡Me van a matar en la casa! ¡Es que nunca he mostrado tanta piel!”, exclama.
—¿Qué tal es la sexualidad a los 40?
—Uy,  ahí yo creo que empieza. Dejas atrás los mitos, los pudores y ya no eres tan alocada como a los 20, cuando lo único que quieres es tener encuentros todo el tiempo. Hay más calma, te sientes más segura. Con el paso de los años descubres que la sexualidad es mucho más que hacer el amor.

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