Va a cumplir 50 y tiene facha de 20. Ultraflaca y tonificada, Amparo Noguera da clases de sensualidad mientras posa para la cámara con un sugerente corsé, short de terciopelo y tacones. De mirada penetrante, se proyecta resuelta, como si tuviera el control total de sus decisiones y de su vida, la que ha estado marcada por ir contra la corriente y salirse del molde, por lo que —confiesa— más de alguna vez se ha sentido juzgada y vista como bicho raro.

Lo cierto es que Amparo es la contradicción misma: mientras posa como las diosas, cuenta que de sexy, ¡nada! Hasta incluso piensa que su gran atractivo, con el que ha conquistado a los más guapos de Chile, es precisamente su poca feminidad. De resuelta muy poco, ya que admite que aún arrastra inseguridades y miedos, y aunque por un lado es contraria al sistema y se rebela a todo lo que huela a convencionalismos, por el otro, asegura que jamás tendría una relación lésbica porque precisamente lo convencional, ¡le pesa!

Definitivamente, su única certeza es el teatro; es su columna vertebral y el piso desde donde se para y se arma. En eso siempre quiso ser la mejor, al punto que la dejó sin tiempos para ser madre, pero sí posicionada —según los críticos— como la mejor actriz nacional. Hoy vuelve a robarse la película como Clara Arancibia, la exitosa periodista de la nocturna de TVN Vuelve temprano —inspirada en el caso de Jorge Matute Johns—, cuyo hijo adolescente es asesinado en extrañas circunstancias, y de paso destapa la doble vida de muchos adolescentes ABC1 y su relación con las drogas.

Esta serie además de sacar fuera su lado más dramático, la reencontró con su ex pareja Francisco Melo, tras diez años de una bullada ruptura que el propio actor hizo pública en una sentida entrevista, mientras ella optó por el silencio. “Es una historia antigua, él tiene su vida armada con Daniela (Lhorente), y yo la mía… Hablar de él como mi ex ya no, ¡han pasado diez años! Sólo puedo decir que es un gran actor, me encanta trabajar con él y ojalá podamos seguir trabajando juntos. No hay mucha amistad todavía, hemos estado separados mucho tiempo, no nos habíamos reencontrado… Quizás ahora las cosas pueden cambiar”.

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A pesar de su obsesión por el trabajo, Amparo reconoce que nunca le interesaron los protagónicos. “Las cosas se han ido dando… Me encontré con directores como Alfredo Castro, Rodrigo Pérez, mi padre (Héctor Noguera), que creyeron en mí y me han aportado. Y bueno, ¡yo también he puesto harto de mi parte! Mi trabajo es lo más importante, es lo que me arma; y puede que me entregue en exceso, pero no lo concibo de otra manera, ya son 30 años en esto. Hace muy poco me dieron mi primer protagónico; nunca los busqué ni he hecho nada por conseguirlos. Si me preguntas ¿qué personaje quisiera ser?, ¡ninguno!, sólo que mi pega tenga un sentido”.

—¿En qué es ambiciosa, entonces?

—En que me cuesta renunciar a trabajos; en eso tengo una ambición grande, no puedo decir no. Tanto así que nunca me han reemplazado en alguna obra, me costaría mucho. Y si rechazo un papel, me produce curiosidad la actriz que lo hizo… Quizá no tengo metas porque se me presentan las cosas sin buscarlas. Ha sido una mezcla de suerte y de inteligencia para mantenerse…

—Al revisar sus casi 50, ¿conforme con lo que ve?

—Sí, contenta… Aunque también insatisfecha; ¡mira qué contradictoria!, pero eso es la vida. No tengo nada resuelto, he hecho el camino que he podido… Mis decisiones las tomo día a día, aterrada de que si suelto una cosa se me va a derrumbar otra; vivo asustada, como sobreviviendo…

—¿Y sus miedos persisten a estas alturas?

—Estoy empezando a dejarlos, recién a los 50… Me di cuenta de que el tiempo para lo privado tiene un valor enorme, antes no había momentos para eso. Y hay cosas que se me pasaron, que ya no hice, como tener hijos por ejemplo…

—¿No fue una decisión deliberada entonces?
—Nada ha sido una decisión deliberada en mi vida, las cosas me han ido ocurriendo. Mi única determinación ha sido trabajar, así he entendido mi existencia. De las pocas cosas que tengo resueltas es que soy una actriz de calidad y que mi trabajo es valorado. Son las señales que recibo: a la nocturna le va muy bien, he participado en montajes clásicos importantes (Señorita Julia, Casa de muñecas, El jardín de los cerezos) con muy buenas críticas y público. Hay un camino recorrido y me tranquiliza que no haya sido de golpe, porque hoy todos los pasos me parecen lógicos, me lo merezco.

“Mirando para atrás, lo único que cambiaría sería ese temor. Sentía que tenía que resolver, avanzar y avanzar, por esos miedos que aún no sé de qué se tratan. A todas las propuestas laborales decía sí, porque un trabajo llevaba a otro; y así fue, no me equivoqué. Hay miles de cosas que pude no haber hecho, que me costaron mucho. Me metí en obras difíciles, con directores complicados, donde cualquiera hubiese desistido; sin embargo, yo permanecí. Y siempre pensé que iba a tener tiempo para hijos… Estaba tan perdida que incluso hace muy poco dije ‘yo todavía me estoy formando’, ¡y ya era una vieja poh!”.

Amparo insiste en que ahora está aprendiendo a no transar su vida afectiva que conforman su familia más directa (padre, hermanos, sobrinos) y el actor Marcelo Alonso, su pareja de hace diez años. “Creces y la familia cobra un lugar importante; es la parte social más entretenida que tengo, mucho más que mis amigos. Esta te acepta tal cual, no te pregunta ni pide explicaciones de nada”.

—¿Ha tenido que darlas?
—En este país cualquiera que rompe esquemas o se sale del margen tiene que dar explicaciones por esos “errores”. Chile es tremendamente convencional, pequeño, intolerante y enjuiciador… Me ven como un bicho raro, por eso me he movido en un espacio pequeño de artistas y actores ¡donde somos todos raros! Y el resto es mi familia, que me conoce mucho. Los que me miran extraño son lejanos, los que no comparten mi vida, y que sin embargo se sienten con el derecho a opinar y preguntar. Los cuestionamientos más horrorosos e íntimos me los han hecho los que no son mis amigos. Y ahora la pregunta cambió, ya no es ¿los hijos cuándo?, sino ¿por qué no los tuve?Wp-Amparo-450-2

—¿Le hicieron falta?

—Ahora siento que me lo perdí, porque son ricos los niños, me encantan…

—Si pudiera retroceder, ¿se habría dado el tiempo o repetiría su historia?
—Debo ser honesta conmigo; si no hice algo es porque no quise finalmente, de lo contrario los hijos estarían. Y cuando haces o dejas de hacer cosas, claro que te preguntas cómo habría sido, pero ya no es un tema que me inquiete. Habría sido bueno, bonito, pero no hay pesar.


—No es madre, sin embargo con Vuelve temprano puso en el tapete la doble vida de muchos adolescentes y sus carretes extremos, y que sus padres desconocen… ¿Será tan así o hay una exageración del tema?

—En un sector de la juventud sí, mientras otra parte está en la calle intentando cambiar la política de este país. Hay una doble vida que tiene que ver con la droga, que es transversal y también existe en la clase alta. Y accede a ella el cabro que tiene hambre y no tiene ninguna posibilidad en la vida, y también el que se cree dueño del mundo y piensa que no le pasará nada. Lo que debe rescatarse de esta teleserie es que existe la posibilidad de conversar, de contarse la verdad, pero para eso hay que aceptar que los hijos son diferentes.

—¿Cree que se ponen muchas expectativas sobre los hijos?

—En estas familias poderosas, al que se sale de los márgenes, al que quiere ser bailarín y no médico, ¡le queda la escoba!, si al final son ellas las que han escrito las normas morales, religiosas y económicas de este país. Las mismas que tienen las tierras, los terrenos, el mar; nos han dicho cómo vivir, cómo experimentar la maternidad, la sexualidad. ¡Oye, si a Zamudio lo patearon y mataron en la calle por gay!, recién ahora se está abriendo el tema… Y tienen esa doble moral de ser solidarias pero juzgadoras a la vez. Y me sorprende cómo van a misa, ¿te has fijado? Las iglesias de los balnearios caros se repletan sábados y domingos, ¡¿cómo tanto fanatismo en todo?! No digo que no haya que tener plata, ¡me encantan las lucas!, pero esa actitud de redención permanente, de pedir por los otros, no me la creo.

—¿Y qué papel entraría a jugar la droga en esto?

—La vida de la gente convencional y con mucho dinero es bien fome, por muchas casas en el sur o en balnearios caros —que me encantan por lo demás, ¡otra contradicción!—, hay una manera de ser. La señora que va a su mansión en Zapallar con 10 nanas y 20 jardineros lleva su misma vida que en Santiago, no tiene otra posibilidad, y sus hijos para salirse de eso, buscan sensaciones nuevas que no encuentran en sus casas millonarias. Y el problema es que no tienen la sensibilidad para utilizar las drogas, porque éstas pueden usarse para evadirte, retrospecciones, abrir lugares en tu cabeza… Pero estos cabros en su desesperación no le sacan provecho a un pito o a un ácido por ejemplo, sino que le dan hasta borrarse, ¡y es porque se creen dueños del mundo!

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—¿En su época se carreteaba distinto?

—Ahora hay más drogas, plata y acceso. Nunca tuve mayor atracción por la droga, me fumé mis pitos, me pegué mis rayas de cocaína, pero más que nada para entrar en onda, no era mi fuerte. Jamás me vi obligada a ocultarlo, quizá porque mis padres se encargaron de decirme que me querían como era, sólo por existir. Eso te relaja, no sentía que debía actuar de determinada manera para satisfacerlos a ellos o a este país espantoso que es Chile, donde hasta los barrios están segmentados y su gente no se cruza, y no se cruzará nunca mientras se mantenga el sistema económico. Espero que con Michelle Bachelet la cosa cambie, hizo un trabajo social importante, tiene sentido común, de su país, aunque no decide sola. Alguna parte de su programa tendrá que cumplir, un camino deberá comenzar a abrir… Su llegada es un tremendo aporte, se potenciarán las libertades individuales que no ocurre con los gobiernos de derecha.

—¿Por qué dejó de participar en campañas políticas?

—Hay una decepción, y la cosa estaba demasiado álgida como para tomar partido. Además que los que realmente la llevaron, fueron los estudiantes en la calle. Ellos movieron el tema, y no son muy concertacionistas que digamos.

Será Blanche Dubois en Un tranvía llamado deseo; el clásico de Tennessee Williams, y que Alfredo Castro montará a fines de marzo en el GAM. Su personaje será la desequilibrada, prejuiciosa y arribista protagonista de esta obra norteamericana que toca temas como la locura y el deseo, y donde participarán además Marcelo Alonso, Paloma Moreno y Alvaro Morales.
De deseo Amparo sí que sabe; ha sido el objeto de atracción de los más regios de Chile. Y la pregunta se vuelve recurrente, ¿qué tiene la actriz que los vuelve locos? Ni ella lo tiene claro. “No tengo idea, no sé qué será, pero han sido todos guapos… Los hombres con que me he relacionado han tenido que ver con mi trabajo; éste genera cierta intimidad, es seductor…”.

¿Hay una cosa de admiración hacia usted?
—Yo creo, pero ha sido mutua. Todas mis parejas han sido hombres muy inteligentes, y yo no lo soy tanto… A Alonso le gusta mucho mi humor, se ríe harto conmigo y me encuentra poco mina para mis cosas…

—¿Es más bien masculina?
—Sí, en la manera de ver las cosas y en lo poco sexy. Mi sueño erótico sería ponerme un short como el de estas fotos, taco alto, entrar a un lugar, fumar, bailar medio calentona y que todos queden impactados, ¡pero no me resulta! (ríe) No tengo esa feminidad evidente, aunque al parecer es atractivo también para algunos; a Alonso le gusta. Lo mío es el humor, la risa, la intimidad más absoluta cuando estoy con un hombre. Además de la física, genero una conexión interna-emotiva fuerte, de esas que te dan miedo, en que piensas que te vas a caer dentro del otro…

—Ha dicho que entró a depender de Marcelo Alonso, ¿aquí se queda?

—El ha visto quién soy, y con gran esfuerzo de su parte, lo ha aceptado. Y no me ha pedido cosas que no podría hacer, y se ha bancado paquetes y rollos míos sin tratar de cambiarme. Me critica a menudo, pero siempre a nivel de propuestas para facilitar un poco la vida.

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—¿Tan complicada es que se requiere de un esfuerzo para estar con usted?

—Sí, súper complicada, mal genio, con pésimos despertares, neurótica, rabiosa, trabajo mucho, me amargo… Como te decía, sus críticas son para abrir una puerta; ahora, si ya es mucha la pataleta, me dice: “sabes que no, no sigas por esto y esto otro”. El tampoco se ha sentido exigido como muchos hombres de este país de ser el macho proveedor, y eso alivia. Nuestra adultez ha contribuido a ver las cosas de determinada manera, de que la felicidad son momentos, que lo cotidiano es fundamental y que además de la pasión, está el valor de la compañía. Tenemos muchos espacios de libertad que los ocupamos trabajando, ahí debemos darle una vuelta. Sería rico de repente irnos cuatro meses de viaje ponte tú…

—¿Y por qué no lo ha hecho?
—Porque al final uno vive como puede, no como quiere; si no, nadie miraría al otro, ni se sorprendería con una pintura, con una canción o con la revista Caras. Uno vive como puede vivir, con lo que fue capaz de armar. Y en mi caso, es lo que hay.

—María Gracia Subercaseaux dijo a Caras que ella se enamora de la persona, más allá del sexo que tenga. ¿Comparte esa idea? ¿Tendría una relación con otra mujer?

—No me ha tocado hasta el momento, y ya no la tuve…

—¿Lo habría experimentado, entonces?

—No, me habría asustado un poco. Mi parte convencional es súper fuerte, a pesar de todo mi discurso. Te reitero, uno vive como puede, no como quiere ni como piensa. Hay ciertas cosas que puedes manejar. Lo cierto es que nunca estuve en una encrucijada como para pasar al otro lado. Sí creo que puedes amar a alguien más allá del género, y será algo cada vez más común; en eso ha contribuido la ciencia. Ahora ya no dependes de un hombre para embarazarte, puedes armar diversos tipos de familia, entonces la sexualidad —que hasta ahora ha sido muy utilizada para armar grupos y comunidades—, comienza a andar por otro carril, y se puede dejar sólo como un espacio de placer. En lo personal, no me resulta atractiva la cosa lésbica, ni la figura femenina; la conozco demasiado. No me atrae decirle a mi pareja que me duelen los ovarios, y que sepa de lo que hablo. Me entretiene la diferencia, no saber cosas de los hombres, me gusta su temperatura física, la piel que tienen. Definitivamente me mata lo masculino, lo viril.