En una de las escenas del primer capítulo de Amor a prueba, el nuevo reality de Mega, una mujer le pregunta a Junior Playboy  —el seudónimo de José Luis Concha— cuál es su oficio, su ocupación, es decir, en qué se gana la vida. Junior Playboy escuchó la pregunta y respondió: soy rostro de marcas. La escena transcurre en Miami hasta donde la producción del programa llevó a Junior Playboy para que escogiera entre dos mujeres quién sería su compañera de juego en el programa. Algo así como su novia impostada, la mujer que él siempre hubiera querido conquistar en un escenario improbable: Mar Caribe, auto deportivo descapotable con chofer, casona Georgian y un remolino de cámaras siguiéndolo por las calles. El simulacro de prosperidad apropiado para el rostro de una marca de atún en conserva que ha hecho de su vida un guiño de reality, encarnando una suerte de ascenso social de cartón piedra: desde los arrabales santiaguinos, rodeado del eriazo encendido de la población de la periferia, al glamour impostado de la televisión de entretenimiento fisgón.

Amor a prueba concentra en su propuesta la vertiente más derechamente carnal del género y la de asumir un desafío: mantener la fidelidad de los participantes comprometidos con una pareja, frente a la tentación constante de los cuerpos ajenos solteros, dispuestos a la satisfacción inmediata. El programa merodea la estética del porno y la de aquellas viejas series norteamericanas como Dallas y Dinastía, que hicieron del exceso de brillos sinónimo de distinción. La exacerbación del kistch llevado al mercado de la carne: mucha presa a la vista, mucho torso trabajado, mucha sensualidad de afiche de taller mecánico y bastantes ganas de provocar una lucha de barro en bikini por el despecho de una pasión traicionada.

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El nuevo reality de Mega tiene la difícil misión de mantener la audiencia lograda por las teleseries turcas y al mismo tiempo desafiar el declive del género y el de la programación de farándula en la programación local. Los recursos que utiliza no son muy distintos a los ya por todos conocidos en el amplio registro de propuestas exhibidos en televisión abierta y cable, desde Amor ciego hasta Temptation Island. El ingrediente es sumar el rostro amable de una conductora mimosa —Karla Constant— y salpimentar con la picardía noventera del Rumpy.  Amor a prueba es una competencia hormonada, animada con un puñado de figuras extranjeras en permanente migración laboral. Una selección de modelos de discotheque, rostros de poca monta, reinas de belleza caídas en desgracia y figurines de ropa interior. Los competidores son un ramillete humano que le saca el mejor partido posible al fenotipo y el gimnasio, y que apuestan a encaramarse en el rol de los pequeños dioses del encanto. Todo un despliegue de solteros y emparejados en la eterna lucha por la satisfacción de la efectividad de la belleza propia como carnada y la fiesta permanente como hábitat. El programa es una especie de explotación del imaginario de recreo adolescente con competencia de gymkana incluida