El verano, en términos noticiosos, es un limbo amplio y soleado habitado por estudiantes en práctica de periodismo que apenas despuntan en la adultez. La pauta de las redacciones de televisión debe enfrentar, por lo tanto, el desafío de rellenar noticieros centrales y secundarios con reportes de cosas que pocas veces son realmente noticia. Amagos de importancia, simulacros de alarma y humos de colores.

El puntapié inicial ocurre una semana antes de Navidad, cuando salen al aire los primeros despachos sobre en qué consiste el verano, una reflexión editorialmente necesaria que tiene el valor del ritual y que consta siempre de dos ingredientes básicos: la cuña de un experto meteorólogo que identifica la variable básica —altas temperaturas— y la de un ciudadano común que narra sus efectos —“hace calor”—. En seguida viene la reflexión del reportero o reportera. En este punto esta temporada hubo una epifanía cuando en un noticiero la periodista recomendó un secreto de la naturaleza: cuando el sol esté muy fuerte lo mejor es buscar sombra.

Las fiestas de fin de año son sólo un anuncio, un portal para lo que se viene en los meses de mayor calor: vocerías políticas a cargo de algún militante, casi siempre deslenguado, que coquetea con su nueva labor haciendo malabares con el poder otorgado. El verano es el imperio del subrogante, de la autoridad interina y las decisiones aplazadas hasta marzo. Una especie de ensayo general con algo de día de la Marmota con una coreografía bien definida: Los regalos que se compran en la calle Meiggs, la expectación de los fuegos artificiales de Año Nuevo, la relación entre infancia, grifos de agua y fuentes callejeras y los beneficios de tomar helado. Llegado este punto siempre se inserta una cifra que sitúa a nuestro país como uno de los principales consumidores de helado de la galaxia.

Los reportes de playa en general siguen un objetivo único relacionado con nuestra cultura insular: El periodista chileno busca la opinión de los extranjeros sobre los atractivos de Reñaca, el encanto de su vía congestionada y su playita estrecha. La opinión de un mendocino vale por dos chilenos y la de un porteño por cuatro. Un plano detalle del termo para el mate, otro de autos con patentes trasandinas y un cierre con la imagen de una pareja de chicas en bikini jugando paletas. La nota —casi siempre musicalizada— incluye una perspectiva —sobre todo si es la Avenida del Mar de La Serena— y una reflexión en off sobre los beneficios de descansar. En el lenguaje del noticiero de verano ‘belleza femenina’ es asimilable a un collage de traseros en trajebaño.

El litoral central abre un abanico de posibilidades: alza de turistas, baja de turistas, turistas descontentos, alegres, deprimidos, abrigados y desabrigados. Un juego de factores salpicado por algún suceso policial de menor cuantía, el entusiasmo que despierta el Festival de Viña y la conveniencia de comprar los uniformes escolares antes de que marzo irrumpa

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