“Un día me dices bueno, al otro me dices no sé” repite el estribillo de la canción Los Adolescentes del dúo Dënver. Este tema, que relata una relación amorosa juguetona y caprichosa, es la cortina musical pop perfecta para la presentación de 4º medio, la nueva serie documental de TVN que explora la vida de un curso en el último año escolar de un colegio de clase trabajadora. La producción es algo así como la cara amable de aquello que presenta la serie de ficción El reemplazante en clave más dramática y en situaciones de marginalidad y violencia extremas. Esta es una propuesta emparentada con los documentales de estilos de vida adolescentes de la BBC inglesa o la PBS norteamericana, en donde las historias se deslizan con agilidad y realismo explorando en las inquietudes de un segmento de la población —el de los jóvenes— que se ha vuelto un fetiche para la cultura de masas.

La figura del adolescente marcó el siglo XX de diversas maneras, todas ellas vinculadas a la exitosa idea de la educación obligatoria como sistema de validación social. Antes que tal noción fuera extendida y sancionada como parte de los derechos ciudadanos el paso de la infancia a la adultez era veloz, sobre todo entre los más pobres. En la medida que la escuela extiende su imperio y los años de instrucción sobrepasan el umbral de los quince años, la figura del adolescente se fortalece y crece en importancia. Muchos se han beneficiado con este fenómeno: Desde la medicina y sicología hasta la industria del entretenimiento, desde la moda hasta la literatura. El adolescente ha alcanzado el rango de lugar común de nuestra cultura, pero también se convirtió en el punto más débil del entramado social; allí, en ese lapso de tiempo, es donde se decide el futuro para la vida adulta. Es aquel momento de la biografía que suele estar representado por dos vías que se bifurcan: la del éxito y la del fracaso. En ese punto es donde se sitúa 4º medio, el de las encrucijadas vitales que inevitablemente llegarán con el final de curso y los resultados de la PSU.

La serie logra un equilibrio entre el realismo documental y los arquetipos de los relatos de ficción adolescente. El guión es un híbrido limpio y bien pulido en torno al curso como grupo —incluyendo una profesora entrañable y severa— y las historias de algunos alumnos: el porro, la chica problema y el estudioso. El realismo es presentado sin andamiaje discursivo sobre la precariedad o los conflictos sociales, sino a través de las voces de sus propios protagonistas como descripciones de su vida cotidiana. La escena en que Carlos —el esforzado estudiante ejemplar— muestra la habitación en la que duerme con sus padres y sus dos hermanos y cuenta que uno de sus sueños es tener un cuarto propio para estudiar, vale más que cien discursos políticos.

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